Escribe: José Vadillo VilaIntimida. Los ojos de Judas parecen perseguirte por toda la sala. Señalarte, pecador, para compartir contigo la delación. Lo hace con mirada siniestra desde La última cena, óleo sobre tela de casi tres metros de altura, que llegó Museo de San Francisco y Catacumbas de Lima desde el taller del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, en el siglo XVII.
Rubens (1577-1640) rompe con lo que otros pintores representan de esta escena, donde Judas -oscuro, renegado- casi no mira a nadie. Su Judas no parece arrepentimiento. “Esa mirada nos dice que está decidido entregar a Cristo por las treinta monedas”, resume Cayetano Villavicencio Wenner, historiador y curador de este museo.
El pintor utilizó para este cuadro la técnica de la perspectiva, otorgando a los ojos del personaje bíblico una calidad: parecen perseguirnos por toda la sala y más allá.

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En la sala de Profundis del Convento Cuatricentenario de San Francisco de Jesús el Grande de Lima se exhiben los once óleos del taller de Rubens que sintetizan su visión sobre la vía crucis de Jesús. Son cuadros de gran formato, de casi tres metros de alto. El pintor buscaba mover a la transformación e, inclusive, la conversión del espectador. Por eso uso también otra técnica: el claroscuro, donde algunos elementos sobresalen del resto por su “luz”, para darle dramatismo a los personajes.
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“De profundis” significa “desde lo más profundo de mi alma”. Cuando Lima era una ciudad virreinal y de conventos, en el de san Francisco vivían más de 300 frailes. En esta sala, rezaban antes de pasar al refectorio. Lo hacían, sobre todo, por sus hermanos franciscanos fallecidos. Por eso, también, la parte central de la sala se abre a un sótano donde reposa un cenotafio. Para los investigadores, en esta zona del convento estarían enterrados los primeros religiosos, quienes habitaron el convento, a partir del año 1547.
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La pregunta es, ¿cómo llegó a Lima esta colección invaluable, única en el país, de Rubens, uno de los más importantes pintores de Europa?
Villavicencio recuerda que tanto los religiosos franciscanos como los de otras congregaciones buscaban embellecer sus “casas”. “Tenían amplios salones para los que buscaban temáticas para la meditación”. Bajo esa óptica, encargaron obras religiosas al taller de Rubens y de otros maestros, durante los siglos XVII y XVIII. Hay una relación de fray Juan de Benavides, del año 1674, del Archivo de la Provincia Franciscana, que demuestra la filiación de la serie pictórica con el taller de Pedro Pablo Rubens o “Rubenius”, como dice el documento.
Al llegar del Viejo Mundo, los cuadros se instalaron en la casa de retiro de la Tercera Orden Franciscana (primera cuadra de la avenida Abancay). Y desde el siglo pasado se ubican en esta sala del museo.
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“Rubens era un pintor y retratista palaciego, rico, muy solicitado por las cortes europeas, a las cuales retrataba en su vanidad y boato, y tenía un taller donde formó a muchos pintores”, dice Villavicencio. En su taller trabajan sus colaboradores, como Jordaens y Van Dyck, y diversos discípulos. Pero hay algunos cuadros con el sello particular del pintor.
Los especialistas consideran que hay cuadros 100% de Rubens como El ingreso de Jesús a Jerusalén / Domingo de Ramos. O Jesús ante Caifás, en el cual, el rostro de Cristo, sereno, bondadoso, transparente, contrasta con los demás personajes, que presionan hacia el máximo castigo: su muerte.
En Flagelación de Cristo, que lo representa atado a la columna mientras recibe latigazos por un sayón. Parte del estilo del pintor gravita en la fisonomía reforzada de los personajes.

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Pero los cuadros con mayor carga simbólica para los creyentes son los últimos: El camino al calvario y La crucifixión. “Cuando uno visita de manera metódica esta sala, paso a paso se da la transfiguración espiritual y, al mismo tiempo, el seguimiento cronológico de los pasajes últimos de la vida de Cristo”, explica el historiador.
En Semana Santa, frente a cada uno de estos cuadros, los devotos oran. Contemplando La crucifixión, los martillazos en las extremidades de Cristo retumban hasta el alma de los visitantes. “Hay que contemplar estos cuadros con un espíritu de desprendimiento y de amor por aquel que dio amor hacia nosotros, por el Cristo que después llega a resucitar”, finaliza Villavicencio.
Datos:
- Hace dos décadas el cuadro El encuentro de Jesús a Jerusalén (Domingo de Ramos), fue enviado a una exposición a Europa. Se le seleccionó de todos porque es el más “luminoso” del conjunto. Los otros son totalmente claroscuros.
- Más de 20 salas incluye el museo para su visita por los turistas.
Cifra:
- El museo recibe entre 500 y 1300 visitantes diarios, dependiendo de la época del año.

(FIN) JVV /JVV
Publicado: 1/4/2026