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Andrés Avelino Cáceres: los 100 años como mariscal del "Brujo de los Andes" [crónica]

Hace un siglo el héroe de la Guerra del Pacífico recibió el bastón de mando

Foto: ANDINA/archivo.

16:23 | Lima, jun. 15.

Por José Vadillo

Hace 100 años, el 6 de junio de 1920, el "Brujo de los Andes", Andrés Avelino Cáceres, recibió el bastón de mariscal. Fue un hecho celebrado por las multitudes: un héroe, en vida, era reconocido por la sociedad a la que sirvió.

En el ayer, no era común ver a los héroes caminando entre mortales. El frontis de la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia y Defensores Calificados de la Patria, en la cuadra cuatro de la avenida Arequipa, en el Cercado de Lima, se corona con un óleo que representa el momento cuando el presidente Augusto B. Leguía le entregó el bastón de mariscal al general Andrés Avelino Cáceres (1833-1923). 

A las 10 de la mañana de aquel domingo 6 de junio de 1920, las tropas de la guarnición de Lima estaban formadas en estricto orden castrense, frente al monumento a Francisco Bolognesi, en la plaza epónima. 

Pero las veredas de Paseo Colón, Alfonso Ugarte y todas las vías adyacentes, estaban pletóricas de curiosos, que llegaron desde los confines de Lima -que era una ciudad por entonces pequeña- para los festejos de la Jura de la Bandera. Sobre todo, para ver de cerca al barbado héroe de la Guerra del Pacífico, la leyenda viva: Andrés Avelino Cáceres. 


Un genio, el “Brujo de los Andes”, quien también era un demonio feliz (dixit Arguedas): hablando en castellano y quechua, lo que fue una ventaja para su táctica de guerra de guerrillas frente al enemigo. Al respecto de sus proezas en los Andes, el coronel chileno Marco Aurelio Arriagada, había escrito a su jefe, Patricio Lynch, en una comunicación fechada en Huaraz el 21 de junio de 1883: “Bastante difícil es, señor general, dar caza al famoso Cáceres desde que tiene tantos elementos de movilidad y está acostumbrado a hacer larguísimas jornadas”.  

Frente a las tropas


Cuenta el diario La Crónica que ese 6 de junio de hace un siglo, tomaron sus emplazamientos “los regimientos de infantería, artillería y caballería, los cuerpos movilizables, los alumnos de la Escuela de Ingenieros, de Normalistas, de Artes y Oficios y Colegio de Guadalupe.”

Sesenta minutos después, llegó a la plaza el mariscal Andrés Avelino Cáceres rodeado de altos jefes del Ejército. Tomó asiento en el tabladillo levantado en frente del héroe Bolognesi, en medio de militares, miembros del Congreso y funcionarios. 

El clarín anunciaría la llegada del presidente Augusto B. Leguía que llegaba con su comitiva de honor. A las 11:30 a.m. se inició la ceremonia y los jefes de los diferentes cuerpos tomaron juramento de fidelidad frente al pabellón nacional. Dicen que la muchedumbre de curiosos entonó las notas del Himno Nacional. Fue en ese momento, que se dieron cita con la historia. 


Cumpliendo la ley


La Asamblea Nacional de 1919 había firmado la ley número 4008, que confería al General de División Andrés Avelino Cáceres “la clase de Mariscal del ejército nacional”. 

Sin embargo, el “Brujo de los Andes” tuvo que esperar varios meses para que el gobierno de Augusto B. Leguía (1863-1932) cumpliera con el artículo 4 de aquella ley. Entonces el presidente, firmó el documento el 3 de junio de ese año y que saldría publicado en la edición de El Peruano del 5 de junio de 1920: 

“El domingo 6 del actual, en presencia de las tropas existentes en esta capital, y practicada la jura de la bandera, el Presidente de la República, personalmente, efectuará la entrega al ilustre mariscal don Andrés Avelino Cáceres, del bastó del mariscalato. 

“En ese acto, las tropas rendirán al mariscal referido los correspondientes honores militares, hecho lo cual pasará aquél la revista de ordenanza. 

“Dado en la Casa de Gobierno, en Lima, a los tres días del mes de junio de mil novecientos veinte.

A.B. Leguía 

Antonio Castro.” [1]


El héroe multidimensional 


Ahí, ese domingo 6 de junio de 1920, frente a la multitud, a los jóvenes militares que juraban fidelidad a la bandera, estaba Andrés Avelino Cáceres, la historia viviente. Héroe de la Guerra del Pacífico, el militar, el político, el líder del Partido Constitucional, el expresidente de la República. 

Cáceres había dejado el poder en 1895, y regresó al país una década después, tras vivir en Argentina, Francia e Italia. 

“Mientras otras figuras de entonces han sido recordadas por inmolarse por la patria en un contexto bélico desfavorable, ése no fue el caso del mariscal, quien comandó al campesinado indígena de la sierra durante tres años en la lucha contra las tropas chilenas invasoras, en la llamada ‘Campaña de la Breña’ (1881-1883). Sin embargo, él finalmente fue derrotado, con lo cual se acabaron los últimos focos de resistencia peruana”, escribió el historiador Iván Millones.[2]  

En el molde de Aníbal


Además de héroe de la Breña, Cáceres fue Presidente Constitucional durante el difícil periodo de la Reconstrucción Nacional. El historiador Jorge Basadre consideraba que el famoso Contrato Grace, firmado por Cáceres, fue pernicioso para los intereses del país.

“Con fe en Dios y en los destinos del Perú, y manteniéndonos en paz con todas las naciones, acometemos la gran obra de la reconstrucción de la patria”, dijo el militar ayacuchano en su primer discurso ante el Congreso como primer mandatario, en junio de 1886. 

“No es un secreto decir que al paso del tiempo se había ganado grandes amigos y discípulos, así como enemigos y detractores, pero desde cualquier postura en que se le observe arrastraba admiración. El propio Manuel González Prada, un rival de pensamiento y obra, escribió: ‘Hace frente a los enemigos de fuera y a los traidores de casa. Palmo a palmo defiende su territorio, día a día expone su pecho a las balas chilenas y peruanas. No se fatiga ni se arrienda, no se abate ni se desalienta. Parece un hombre antiguo, vaciado en el molde de Aníbal.’” [3]


Insignia de mariscal


El acto de la jura de la bandera había llegado a su fin, fue en ese momento que sucedió lo más esperado: el presidente Leguía entregó a Cáceres el bastón-insignia de mariscal. Leguía, detrás de una mesa cubierta de rojo, donde estaba bordado en hilos de oro el Escudo Nacional, leyó un largo mensaje que terminaba así:  

“Señor Mariscal:
En nombre de la Patria, que agradece vuestros servicios y bendice vuestro nombre, os entrego este símbolo de vuestra suprema gerarquía militar. Recibidlo y ostentadlo con ese noble y sereno orgullo que dan conciencia del propio desprendimiento y la satisfacción del deber cumplido hasta la eternidad. 

Nosotros, -yo, especialmente, al ponerlo en vuestras manos,- os prometemos inspirarnos siempre en vuestras virtudes y proezas, hasta alcanzar algún día lo que vos no pudisteis conseguir: la redención de nuestros hermanos cautivos, la reintegración de nuestros territorios detentados, la reposición del Perú a lo que fué, su exaltación a lo que debe ser. 

Todos esperaban la voz del venerables militar y político. Cargando las condecoraciones que le entregaba el Estado, con las barbas blancas de la vida transcurrida, tomó la palabra:

“Señor Presidente:
El Gobierno de la República -que Ud. Con el mayor patriotismo dirije- ha querido enaltecer dignamente al Ejército restableciendo la histórica categoría de Mariscal que la Asamblea Nacional me ha hecho el alto honor de conferir a iniciativa del Poder Ejecutivo. 

Quiero ver en esta noble actitud de los poderes públicos, el homenaje rendido en mi persona al heroísmo y constancia de los valientes que sufriendo los más grandes sacrificios y desafiando la muerte, supieron pelear como bravos en Tarapacá, San Juan, Miraflores, Marcavalle, Pucará y Huamachuco, manteniendo siempre en alto, la bandera de la patria y el honor de las armas nacionales. Los gloriosos episodios de la Guerra del Pacífico, constituirán en todo el tiempo, la lección de moral más hermosa para las nuevas generaciones de jefes y oficiales del ejército, que sabrán responder en toda hora a la confianza que el Perú tiene depositada en su patriotismo y firme concepto de sus deberes cívicos. 

Susamente honrado por la altísima distinción de que soy objeto, vinculado estrechamente a la persona de Ud. A la que ofrezco hoy como siempre mi concurso y esfuerzo los más leales y decididos, conservaré la insignia de Mariscal que se me entrega señor Presidente, con el afecto y la gratitud más intensas, haciendo votos porque la Providencia depara días venturosos al primer mandatario de la República y a las armas nacionales.” 

Después de la ovación, el mariscal Cáceres, tal como lo estipulaba el decreto gubernamental, pasó revista a las tropas de las que recibió honores y luego se dio el desfile militar, con los regimientos que se dirigían a sus cuarteles. 

Luego, el mariscal Cáceres, invitado por Leguía, subió al carruaje presidencial, desde donde se dirigieron al palacio de gobierno. 

Al día siguiente, lunes 7 de junio, la Sociedad Tacna, Arica y Tarapacá, organizó una velada literario-musical para conmemorar la batalla de Arica. Entre los números figuró la declamación de la poesía “El último cartucho”, de Zoila Cáceres 
 
Un año después, el 27 de julio de 1921, se inauguró con toda pompa la plaza San Martín. Llegaron delegaciones de diversos países, siendo la más importante la de Argentina, encabezada por el embajador, el monseñor Luis Duprat, quien trajo por barco Granaderos y caballos tucumanos. En la ceremonia, un invitado de honor fue el mariscal ayacuchano, al que los medios de comunicación volvían a dar importancia en la historia del país.

La despedida del taita 


A Leguía le tocó honrar y también despedir con honores a Cáceres. El 10 de octubre de 1923, el militar y político peruano dejaba de existir, a los 89 años, en el balneario de Ancón, donde buscaba dar batalla a su nuevo enemigo la arterioesclerosis. 

Los oficiales y subalternos del Ejército guardaron luto durante ocho días. Era la mejor forma para despedir a un soldado mayor. Hubo ceremonia fúnebre de cuerpo presente en la Basílica Metropolitana, con guardia de honor de las escuelas Militar y Naval, y de todas las tropas acantonadas en Lima y el Callao. 

Pasado el mediodía se inició el camino hacia la Cripta de los Héroes. Lo más emotivo, dicen los cronistas de la época, fueron los homenajes de la gente de a pie, sin discurso, miles de hombres, mujeres y niños, pobres y ricos, en autos o a pie, esperaban en silencio el paso de los restos de Cáceres. Una cuadrilla de aviones de la Escuela de Las Palmas voló sobre el cielo de Lima cuando el ataud se depositó en el mausoleo, la morada de los gigantes.  

Iván Millones dice que por la megalomanía de Leguía y la conspiración antileguiista de políticos caceristas, es que durante el Oncenio, tiempo de las grandes estatuas y espacios públicos con nombres de héroes, Cáceres fue el gran ausente de este tipo de homenajes. Otro factor es que señala el historiador, es la condición de “serrano”, pese a ser hijo de hacendados ayacuchanos, que menospreciaban ciertos círculos de la clase política limeña. Recién en la década de 1950 se erigió el primer busto del indiscutible héroe.  

(*) Con información del Centro de Documentación de El Peruano.   
(**) Se respeta en estas transcripciones la escritura del castellano de la primera mitad del siglo XX. 

[1] 
Antonio Castro y Arellano (1876-?) fue un militar y político. Firmó el documento en su calidad de ministro de Guerra y Marina. También fue senador por La Libertad durante el gobierno de Augusto B. Leguía.

[2]
Millones Maríñez, Iván. "El Mariscal Cáceres: ¿un héroe militar o popular? Reflexiones sobre un héroe patrio peruano". Iconos, Revista de Ciencias Sociales no. 26. FLACSO, Quito. Septiembre 2006. Recuperado aquí

[3]
Varios autores. Cáceres (Lima, Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, 2014). Recuperado aquí

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(FIN) DOP/JAM
JRA



Publicado: 15/6/2020
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