Escribe: José Vadillo Vila1.
Para leer libros como «Ochenta días», de Enrique Prochazka, hay un requisito: se necesita la atención total del lector. Porque este se sumergirá en una experiencia intelectualmente retadora.
Penetrará a universos enigmáticos, oscuros. Necesitará, también, del entendimiento de algunos conceptos con los que se moverá junto a los personajes prochzkianos por estos mundos turbios y fascinantes.
Es una concentración reconfortante, en pro del placer estético que nos propone un escritor como Prochazka, con todo su bagaje intelectual y experiencia vital.
Un ejemplo es el relato «Combustión interna». Tenemos al ingeniero eléctrico Tom Knowles y sus preocupaciones propias de su trabajo teórico y práctico, mientras se gana la vida resolviendo problemas a los mineros de las zonas más alejadas de Tasmania. En paralelo, aparecen los textos de divulgación científica escolar que publica su hija, Kelly. Ambos avanzan por caminos independientes. Prochazka los entrelaza mientras el narrador-personaje intenta comprender las altas fiebres y otros efectos, parecidos a una enfermedad autoinmune, de quien recibe una fuerte descarga de radiación en un yacimiento minero. Tom enfrenta la crisis familiar, la falta de respuestas de la medicina y solo le quedan las conjeturas matemáticas, las hipótesis, los límites del conocimiento científico.
Hablaba del lector atento, también, porque un relato como «Notas breves sobre nuestra geología» brinda información sobre la Cara de Cidonia en la superficie marciana y, a partir del fenómeno geológico, de la pareidolia, de la leyenda y el dato sobre la colina del Kalkajaka en el Parque Nacional de Black Mountain, en Australia, va abriéndose camino hacia la reflexión sobre el hombre, una mirada sobre aquella «impronta vaciada de un gigante rostro humano».
2.
En la cartografía de la narrativa fantástica contemporánea hecha en América Latina, Enrique Prochazka (Lima, 1960) es un hombre importante. Si bien ha publicado novela y microficción, su gran veta creativa está relacionada con el género del cuento.
Comprendo, a partir de la lectura de «Ochenta días», que Prochazka -a algunos autores les asienta bien solo mencionar su apellido- va en busca de lectores que pueden interesarse en las dos preocupaciones centrales que nos plantea su narrativa:
a) historias que parten de un conocimiento o preocupación científica o filosófica; y,
b) historias donde los personajes entran en contacto con la naturaleza y en extremada soledad, a partir de la práctica de las actividades deportivas que demandan exigencias físicas.
En «Las figuras allá abajo», el autor amalgama ambas preocupaciones. No solo se trata de uno de los mejores cuentos del libro, sino de lo más reciente publicado en literatura fantástica. Es un gozo literario, llena la imaginación del lector.
3.
Los espacios abiertos son fundamentales en «Ochenta días».
Este contacto con la naturaleza no es idílico ni apto para las guías turísticas. Los personajes prochazkianos interactúan con una naturaleza agreste, indómita, retadora, que minimiza nuestra humanidad. ¡Ahí radica su singular belleza! Somos vulnerables y frágiles frente a ella. En esas circunstancias, la libertad se vuelve tangible.
Sus personajes caminan, escalan, resbalan, se golpean, van en busca de respuestas, de espacios para meditar, para reencontrarse, para violentar o calmar los fuegos internos.
Ese salir fuera, alejarse del resto de la humanidad, les permite plantearse interrogantes, profundizar o, en el caso de «Caleta Yungay», tomar determinaciones que solo esperaban ese contacto con el ecosistema más cruel y retador para escribir su punto final. Por otro lado, «Caleta Yungay» es un cuento perfecto para una adaptación audiovisual.
Hay una huella borgiana, que no se limita a la cita en este cuento, sino a todo el conjunto; es su forma de presentar las historias al lector, la finura para llevarlo a espacios donde la lógica pierde piso, que emparentan a Prochazka con el escritor argentino.
Algunas de las ocho historias pueden resultar particularmente perturbadoras, pero, en el fondo, en la mayoría, los personajes aprenden a vivir con esas dudas o experiencias que lo marcaron. O se resignan a las mismas.
4.
Otra singularidad es que, en la gran mayoría de las historias, los protagonistas son personajes femeninos. Mujeres que se enfrentan o buscan en esas soledades, lo que, tradicionalmente, en los productos literarios tienen exclusivamente como protagonistas a personajes varones.
La protagonista de «Lucrezia y el ojo de vidrio», con la que se inicia el volumen, es una boxeadora negada a los atractivos físicos, que recorre pueblos con espectáculos en cuadriláteros y luego se refugia en espacios alejados de la civilización. Mientras «Gemelos», la penúltima historia, es la única donde el autor tiene un personaje homónimo y siembra de dudas sobre las identidades, que sazona con referencias a expedicionarios, al ajedrez, a la posguerra, a margraves… En aquel edificio de Södermalm, en Estocolmo, todo parece caber.
Quien lea «Ochenta días» querrá buscar más de este autor rara avis. Creo que podremos satisfacer gran parte de esa curiosidad sobre la narrativa de Enrique Prochazka leyendo la antología de todos sus cuentos denominada, simplemente, «Prochazka» (2024). Lectura pendiente. Será también una aventura para leerlo con todos los sentidos puestos y en zapatillas.
Ficha:
Prochazka, Enrique. «Ochenta días» (Lima, Grupo Editorial Peisa, 2026). Pp. 135.
(FIN) JVV/JVV
Publicado: 4/6/2026