La Civilización Caral (3000-1800 a. C.) constituye uno de los referentes más antiguos de planificación territorial y manejo sostenible del entorno frente a los riesgos naturales. En un territorio expuesto a sismos, inundaciones y fenómenos climáticos recurrentes, las poblaciones caralinas desarrollaron estrategias que evidencian un profundo conocimiento del paisaje y de las dinámicas ambientales.
Uno de los principales riesgos en la costa central peruana ha sido históricamente la actividad sísmica. Para afrontarla, según el resultado de las investigaciones multidisciplinarias de la Zona Arqueológica Caral (ZAC), Unidad Ejecutora 003 del Ministerio de Cultura, los constructores de la Ciudad Sagrada de Caral-Supe aplicaron notables técnicas de ingeniería antisísmica.
Así, destaca el uso de las shicras, bolsas de fibra vegetal rellenas de piedras, colocadas en los cimientos de las edificaciones monumentales. Este sistema permitía absorber y disipar la energía de los movimientos telúricos, otorgando estabilidad y flexibilidad a las estructuras piramidales.
La ubicación estratégica de los centros urbanos también revela una cuidadosa evaluación del territorio. Los asentamientos fueron edificados sobre terrazas naturales o zonas elevadas, alejadas de posibles desbordes del río Supe.
Asimismo, se implementaron canales de drenaje y sistemas de manejo hidráulico que facilitaban el control del agua durante las crecidas, reduciendo el impacto de inundaciones.
Monte ribereño
La gestión ambiental incluyó la preservación y el aprovechamiento sostenible del denominado monte ribereño, donde abundaban recursos recursos como el huarango (Prosopis pallida), el sauce (Salix sp.), la caña brava (Gynerium sagittatum) y la totora (Schoenoplectus sp.), plantas nativas esenciales para prevenir el desborde del río y evitar la erosión de las tierras de cultivo.
Esta relación equilibrada con el ecosistema contribuyó a la sostenibilidad de la sociedad caralina a lo largo de los siglos.
Las investigaciones lideradas por la doctora Ruth Shady, directora de la ZAC, han permitido comprender que la prevención de desastres no fue una acción aislada, sino parte integral de un modelo de organización social basado en la planificación, el conocimiento científico y la cooperación comunitaria.
De este modo, la experiencia de
Caral ofrece una valiosa lección para el presente: la gestión responsable del territorio, el respeto por la naturaleza y la inversión en infraestructura adecuada son pilares fundamentales para reducir riesgos y fortalecer la resiliencia de las sociedades frente a los desastres naturales.
Vulnerabilidad
En la actualidad, el país enfrenta nuevamente escenarios de vulnerabilidad ante el incremento del caudal de los ríos y la activación de quebradas —huaicos— producto de intensas precipitaciones, situación que ha motivado la declaratoria de emergencia en numerosos distritos.
La naturaleza solo cumple sus ciclos naturales, sin embargo, ahora tiene estos efectos catastróficos, porque no existe un adecuado manejo territorial, se producen invasiones en las quebradas y se han destruido los montes ribereños. Este contexto refuerza la vigencia de la herencia cultural de la
Civilización Caral y la importancia de planificar el desarrollo en armonía con el entorno natural.