Mario Vargas Llosa: 1981-1982, los años entre la TV, la novela y el teatro [crónica]

A los 90 años del nacimiento del nobel peruano, retratamos lo que fue parte de su intensa vida pública.

Mario Vargas Llosa en entrevista en la década de 1980.Foto: Archivo Histórico del Diario Oficial El Peruano.

Mario Vargas Llosa en entrevista en la década de 1980.Foto: Archivo Histórico del Diario Oficial El Peruano.

06:00 | Lima, mar. 30.

Escribe: José Vadillo Vila

¿Cómo era la vida de un autor famoso? Para 1981, el estruendo del Boom Latinoamericano (que Mario Vargas Llosa integraba con Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y José Donoso, entre otros) continuaba amplificando su radio de acción. Cada uno de sus integrantes aquilataba fama y producción literaria.

En los setentas, el nombre de Mario Vargas Llosa (MVLL) se había agigantado a ambos lados del Atlántico. Sumaba premios literarios y sus opiniones y posiciones políticas encendían pasiones. Y los cables, que reproducía la prensa local, siempre tenían algo que contar sobre él. 

1981 fue un año singular en su carrera literaria: lanzó una de sus obras cumbres, La guerra del fin del mundo; debutó como conductor de un programa cultural en el horario estelar de la televisión peruana; La señorita de Tacna, obra dramatúrgica inspirada en su tía abuela “Mamae”, empezaría a cosechar elogios en los teatros de América y España. A su vez, La tía Julia y el escribidor (1977) traería sus propias olas gracias a una teleserie estrenada en Colombia. La primera y la última noticia del año sobre MVLL estarían relacionadas con esa novela. 

Piura, 29 años después
La primera noticia de Mario Vargas Llosa de 1981 llegó desde París. Su novela La tía Julia y el escribidor, con la cual había iniciado otra etapa en su literatura, una con fuerte presencia del humor y la radionovela, que el crítico británico Graham Greene podía considerar en la categoría de novela ligera o de “enterteinement”, había sido traducida al francés como La Tante Julia et le Scribouillard y publicada por la prestigiosa editorial Gallimard. El 27 de febrero, esta ficción vargasllosiana fue reconocida con el premio al mejor libro extranjero en Francia. 

En marzo, el escritor estaba de regreso en Piura. Habían pasado 29 años desde que vivió y estudió parte de la secundaria en la capital piurana a donde retornaba para dirigir la filmación de un documental para Panamericana Televisión. Con las cámaras recorría el Colegio San Miguel, las calles Merino, Lima y otros escenarios donde había pasado parte de su adolescencia en la década de 1950. Los periodistas lo seguían y recibía invitaciones de las autoridades y agasajos. Volvía a deleitarse con la gastronomía piurana, y la matizada con refrescantes “claritos”. Adelantó que “entre agosto y setiembre” se publicaría su nueva novela, llevaría el nombre de La guerra del fin del mundo.  

Contra toda censura
Unas fechas más tarde, en abril, tuvo que suspender las conferencias que iba a ofrecer por la Semana de la Lengua en San Juan de Puerto Rico. Fue llevado de emergencia al hospital San Jorge. “Una suerte de tifoidea” lo había postrado. Se trataba de “un virus auténticamente peruano, producto tal vez de la contaminación producida por la basura que reina en Lima”, explicó su esposa, Patricia Llosa. El escritor permaneció varios días aislado y con antibióticos en la habitación 412 de ese nosocomio caribeño. El diario Correo, reprodujo hasta el número telefónico (7278310) para quien quiera ubicarlo en el hospital y conocer más sobre su estado de salud. 

Ya recuperado, Vargas Llosa retomó sus actividades académicas y culturales. Y denunció la “incomunicación literaria” entre los países de América y la marginación de la cultura brasileña, una de las más ricas. Ante los universitarios boricuas, lamentaba la prohibición de la entrada a Puerto Rico del escritor uruguayo Mario Benedetti, por parte del gobierno de los Estados Unidos, recordando que la censura es siempre dañina, sin importar la justificación de los censores. Lo sabía bien el novelista: sus libros estaban vetados en Argentina y Cuba. De Puerto Rico partió a San Francisco, California, para dictar diversas conferencias en la Universidad de Berkeley.


Su vida transcurría entre aviones y la soledad de su escritorio. Voló en junio a Bogotá, donde, al ser nuevamente comparado con Gabriel García Márquez, declaró a la agencia UPI: “Mi obra es más realista. Las cosas que escribo se pueden verificar en la realidad, lo que no sucede con las historias mágicas y fantásticas de García Márquez y del escritor argentino Jorge Luis Borges”. 

Ese mismo mes, desde Santiago de Chile, a donde había llegado por invitación del escritor y diplomático Jorge Edwards, luego que el gobierno chileno levantara poco tiempo antes la censura sobre sus obras, integrantes de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) lanzaban sus dardos, molestos porque no se había programado más encuentros entre el peruano y sus pares chilenos. “La visita de Vargas Llosa pareció más la de un personaje del jet set o la llegada de un fabricante de perfumes importados”, dijo Luis Sánchez Latorre, presidente de la Sech. Otro integrante de ese colectivo calificó al novelista peruano como “señorón”. 

La torre televisiva de MVLL
En 1981, MVLL restó horas al ejercicio de la escritura creativa para asumir otro proyecto: conducir y dirigir el programa televisivo La torre de Babel. Se emitieron un total de 26 programas. Durante seis meses, el novelista se dedicó a entrevistar a diversas figuras, sobre todo a escritores y artistas. 

El espacio televisivo semanal se emitía cada domingo en el horario estelar peruano. La realización corrió a cargo de Producciones Panamericana S.A. y el productor fue su primo y cuñado, Luis Llosa Urquidi. El dueño de la televisora de la avenida Arequipa, Genaro Delgado Parker (1929-2017), había logrado convencer al famoso escriba a ponerse delante de las cámaras. 

Vargas Llosa había aceptado, explicó, porque quería romper con el estilo mecánico y frío que tenían por aquel tiempo los noticieros peruanos. Y demostrar que un programa podía ser exitoso sin hablar de política. Los críticos reconocerían el aporte vargasllosiano en la televisión nacional, al buscar tocar aspectos de la “vida peruana”, con una mirada integracionista. Fue su otro de sus aportes.   

Con el proyecto, quería demostrar una hipótesis: “no sólo la vulgaridad, la cursilería y la chabacanería sean la única llave capaz de abrir las puertas al gran público a un programa de televisión”, dijo.  

La primera invitada del programa fue la escritora española Corín Tellado, famosa por sus miles de novelas del corazón. Vargas Llosa entrevistó también a los escritores Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Jorge Edwards, Nicanor Parra, Nélida Piñón, Magda Portal, al pintor Fernando de Szyszlo, al cineasta Francisco Zeffirelli y al general panameño Omar Torrijos, entre otros. (Se trató de la última entrevista que concedió Torrijos, falleció a los pocos días, el 31 de julio de ese año). 

También entrevistó a personajes populares, difundió manifestaciones populares, como el tondero, o temas relacionados a Lima antigua y la universidad peruana, verbigracia. 

El último programa de La torre de Babel lo reservó para una entrevista a la arequipeña Doris Gibson, la propietaria de la revista Caretas. La periodista de temple contó la ardorosa vida del semanario, desde octubre de 1950 y su amistad con el pintor Sérvulo Gutiérrez, entre otros detalles. 

“Yo soy fundamentalmente escritor. La televisión me absorbía todo el tiempo y no me permitía escribir”, dijo MVLL al momento de anunciar su alejamiento de la caja boba, en diciembre de 1981. Un mes antes de su despedida televisiva, en otro medio de comunicación había hablado de un disgusto a nivel creativo: en la televisión no había logrado “ni de lejos lo que hubiera querido hacer”. Sentía una desazón de esa faceta porque la televisión dependía mucho “de la técnica y de una infraestructura que sólo controlas muy relativamente.” 

Entre grabaciones de La torre de Babel, Vargas Llosa se dio unos días en setiembre de ese año para viajar a Cusco donde, junto al grupo Los Jaivas y un equipo de Canal 13 de Chile, registró “A las alturas de Machu Picchu”, un especial sobre el icónico y epónimo disco del grupo de rock progresivo y folclor latinoamericano. Sus integrantes se habían inspirado, a la vez, en el poeta Pablo Neruda, quien escribió esos versos maravillado ante la grandiosidad de la ciudadela inca. 

La tía Julia en teleserie 
A cuatro años de su publicación original, la novela La tía Julia y el escribidor continuaba haciendo noticias. En Colombia se estrenó la versión en teleserie (La tía Julia) dividida en 101 capítulos de 30 minutos cada uno. 

Mientras masas de televidentes se deleitaban con sus personajes, gracias a esta producción peruano-colombiana, a quien no causó gracia fue a la exesposa de MVLL, la boliviana Julia Urquidi (1926-2010). Le indignó, dijo, esta exposición de una obra inspirada en parte en sus vivencias de sus años juntos (1955-1964). “Para mí, la telenovela fue un golpe bajo”, dijo desde La Paz, en julio de ese año. 

“Lo que me molesta es que yo aparezca como una pervertidora de muchachitos y eso no fue así”, respondió a otra agencia de noticias, en agosto. A la vez, anunciaba que lo contaría todo sobre sus años del matrimonio con el escritor en un libro que preparaba y ya tenía título: Lo que no dijo Varguitas. Se lanzaría desde España al año siguiente.      

También buscaban los periodistas a Raúl Salmón (1926-1990), entonces alcalde de La Paz, en quien decían se había inspirado MVLL para elaborar su excéntrico personaje “Pedro Camacho”. Salmón, al igual que el personaje, había trabajado en radio Central de Lima en los apachurrantes años cincuenta, y Vargas Llosa habría quedado obnubilado por su capacidad para escribir ¡hasta diez radionovelas al día! El resto, era ficción. 

“No soy biógrafo, esta obra puede ser verosímil para quien la juzgue; yo recreé una anécdota”, respondió Vargas Llosa a los ataques que recibía nuevamente, por la vuelta a las primeras planas de su novela La tía Julia y el escribidor

Claro está que ser una figura reconocida internacionalmente le convertía en punto de críticas. Desde Colombia, por ejemplo, el escritor Néstor Madrid-Malo criticaba el “vedetismo” de Vargas Llosa: no le perdonaba que haya sido jurado de un concurso internacional de belleza, en Lima. 

La revista Time cerraría el año 1981 considerando a La tía Julia y el escribidor como la mejor novela publicada en inglés en EE UU. Y The New York Times también la incluyó entre los diez mejores libros publicados ese año en el país del norte. 

Canudos, nuevo territorio vargasllosiano
El jueves 22 de octubre, desde el Hotel Bolívar de Lima, la editorial española Seix-Barral lanzaba la esperada nueva obra de ficción vargasllosiana, La guerra del fin del mundo. La edición, con un tiraje de 300 mil ejemplares, se distribuiría en los países de habla hispana. 

Se trataba de la primera obra de ficción de Vargas Llosa que sucedía fuera del Perú. Recreaba la guerra de Canudos, sucedida a fines del siglo XIX, en el sertón, en el nordeste del Brasil. La novela era fruto de cuatro años de trabajo, de investigación bibliográfica, de visitas de campo que hizo MVLL a la zona donde históricamente sucedieron los hechos.

“El trabajo ha sido enorme no solo por la documentación, sino también por las dificultades de escribir una novela sobre gente no peruana, que no hablaba mi idioma, que no era de mi época, que vivían en un contexto histórico que solo podía conocer por los libros. Además estaba lo enorme del tema: es una historia que cubre tantos años, un verdadero chisporroteo de personajes que no acaba nunca”, dijo al diario El Observador.   

La guerra del fin del mundo había nacido como un proyecto de guion encargado por el cineasta brasileño Ruy Guerra. Para documentarse sobre Canudos, el arequipeño leyó el libro de Euclides da Cunha, Os Sertões (1902), y se topó con la rebelión encabezada sobre Antônio Conselheiro. De esta manera dio con lo que denominó “una novela de aventuras” que tenía que ver “con la realidad de nuestros pueblos”.

Como adelanto, a inicios de octubre, el diario La Crónica había reproducido el informe interno del Departamento Literario de la editorial Seix-Barral, a cargo del poeta y crítico Pere Gimferrer. “Ciertamente, La guerra del fin del mundo puede y debe leerse como una novela de aventuras, del mismo modo que el Quijote puede y debe leerse como un libro de entretenimiento, y Dickens o Balzac pueden y deben leerse como folletín, sin dejar por ello de ser literatura excelsa y muy sabia en su armazón. Es en este punto crucial donde la ambición propiamente literaria de Mario Vargas Llosa alcanza el más alto grado de exigencia y rigor: a la vez de novelista preocupado por los problemas de su arte, investigador en los resortes de la técnica narrativa y escritor fascinado por la posibilidad de comunicar el puro relato al lector común, Mario Vargas Llosa se sitúa en ese terreno privilegiado de doble o triple posibilidad de niveles de lectura que fue propio de los máximos novelistas de la edad de oro del género y que constituye la grandeza de los creadores cinematográficos. La guerra del fin del mundo es a un tiempo un apasionante fresco de aventuras, una reconstrucción histórica y una pieza literaria sabiamente trabajada, es decir, reúne a la vez tres rasgos que pueden aplicarse a libros tan diversos y tan ilustres como La cartuja de Parma, de Stendhal, Salambó de Flaubert o Guerra y paz de Tolstoi”, escribió Gimferrer.

La idea complementarse con la opinión del crítico Ismael Pinto, quien en noviembre, en una columna en el diario Expreso dijo: “Porque La guerra… es también eso: una gran metáfora política; como es también un penetrante análisis sicológico de personajes y tipos que, ahora, por derecho propio y prohijando a quien les dio vida -el autor- pasan a esa gran galería de tipos surgidos de la novela. Pero va más allá aún; es también, si se quiere, una búsqueda antropológica, al igual que una denuncia de la inmoralidad y la falta de ética en la política; o, si bien se ve, el espejo oscuro de un maniqueísmo sordo y ciego que, con demencial locura, prepara y precipita su trágico final.” 

De Lima, MVLL enrumbó a España donde realizó diversas presentaciones para continuar promocionando su nuevo vástago de papel. Una de las más importantes fue el conversatorio que ofreció en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid: los estudiantes abarrotaron el salón de actos para escuchar al escriba peruano, quien por entonces ya ponderaba que “la vida es mala literatura, por eso hay que recrear la realidad”. 


Pantaleón recortado
Por esos días, finalmente se estrenaba en Lima Pantaleón y las visitadoras (1975), cinta inspirada en su novela homónima, en la versión que él había codirigido con el cineasta español José María Gutiérrez Santos (1933-2007). El largometraje se había demorado seis años en estrenarse en el Perú debido a la censura del gobierno militar. 

Vargas Llosa reconocía que, cuando rodó esta adaptación de su propia novelística, tenía “una gran inexperiencia cinematográfica”. Demostraría su disconformidad a los recortes que habían realizado la productora norteamericana Paramount, al no asistir la noche del 24 de noviembre de 1981 a la función de avant premier, en el cine Metro de Lima, que se realizó en beneficio de los hijos de los integrantes de la Federación de Periodistas del Perú. 

Las actrices Camucha Negrete (“La Brasileña”), Martha Figueroa (“Pochita”) y Silvia Gálvez (“Pechuga”), aprovecharon el renovado interés para contar detalles de la filmación, en la que habían participado seis años antes, en República Dominicana. 


Una señorita debuta en las tablas
La señorita de Tacna, obra en dos actos, llegó ese 1981 a los escenarios limeños, la ciudad donde se ambientó, de la mano del director argentino Emilio Alfaro (1933-1998) y con un elenco encabezado por su compatriota, la actriz Norma Aleandro. La versión de Alfaro acaba de cosechar un rotundo éxito con una temporada de seis meses en el circuito de Buenos Aires. 

Norma Aleandro prestaba su talento al personaje de “Mamae”, quien ya mayor, desde la capital peruana, va recordando pasajes de su juventud, en Tacna. “Mamae me ha enseñado mucho de la vida. He aprendido a vivir sin temor, a respetar la vejez y verla como algo natural. Esa gran riqueza espiritual que posee me ha invadido y ha logrado que medite de una manera más consciente sobre mi porvenir”, declaró la actriz en la conferencia de prensa, en Lima, que contó con la presencia del propio Vargas Llosa. 


La obra se estrenó el jueves 3 de diciembre de 1981, a las 10 de la noche, en el teatro Marsano de Miraflores. El elenco de nueve actores era mayoritariamente argentino, pero actuaban también dos chilenos y un español, “dejando el sentido nacionalista”, subrayó Vargas Llosa, cuyo alter ego en la ficción era el escritor “Belisario”.  

El crítico Carlos Safer escribió que para Vargas Llosa la columna vertebral de La señorita de Tacna era “el proceso de recreación de una historia”, de cómo la frágil memoria necesita echar mano a la imaginación. Pero la comidilla limeña era una escena en particular de la pieza teatral: el (elegante) desnudo que realizó la actriz argentina Katja Alemann, en la piel de su personaje, “Carlota”, por la necesidad argumentativa de la obra, claro está.   

“Con viva inteligencia e imaginación, [Emilio Alfaro] nos presenta los personajes de Mario Vargas Llosa con gran efectividad. Usa todos los recursos para poner a la consideración del público una obra bella aunque para muchos no es teatro en el sentido tradicional. Trabajar únicamente con recuerdos entremezclados y con pequeñas escenas de poca o ninguna acción ofrece graves peligros. Desde esta óptica la obra está desprovista de un desarrollo conflictivo ascendente. Lógicamente, tampoco hay un clímax. Lo que sí está magníficamente matizado son los momentos dramáticos y los instantes humorísticos”, escribió Jean Rottman en el diario La Prensa

No solo la crítica especializada hablaba de la obra teatral vargasllosiana. El diario Extra, por ejemplo, publicó a doble página ocho viñetas, una versión libre de Dionisio Torres, que sintetizaba la obra para quienes no pudieron asistir a las funciones.

Lima fue el segundo punto de la anunciada gira latinoamericana de La señorita de Tacna. Las presentaciones las realizaría el mismo elenco por teatros de Montevideo, Caracas, Puerto Rico y Santo Domingo. El director, Emilio Alfaro, tenía planeado, luego, presentarla en México pero con otro elenco. 

A la vez, en Río de Janeiro se había estrenado a inicios de noviembre de ese año, una versión dirigida por Sergio Brito, que logró muy buenos comentarios de la crítica especializada. Vargas Llosa había participado también del estreno, ya que a inicios de ese mes presentó en Brasil la versión portuguesa de La guerra del fin del mundo, informó la agencia ANSA.

“El texto de Vargas Llosa presenta un gran poder de síntesis y llega a pintar un preciso cuadro de los tormentos de un escritor a través de frases cortas, aunque certeras, dando la dimensión exacta de lo que padecemos aquellos que lidian principalmente con la ficción”, se comentó en el diario O Globo. 

1982, entre las tablas y el Mundial 
En enero de 1982, antes de subir al avión, en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, Mario Vargas Llosa se reunió con la prensa limeña. El futuro nobel detalló su itinerario: viajaba a Caracas, de ahí a Ciudad de México. En Puerto Rico presentarían su colección de ensayos sobre Camus y Sastre y en Costa Rica asistiría a la presentación de La señorita de Tacna. Su meta era llegar a Londres, Inglaterra, donde estudiaban sus dos hijos mayores. La capital inglesa le daría por varios meses el anonimato perfecto que necesitaba para dedicarse a la escritura. 

Ese inicio de año trajo otro anunció: su programa televisivo La torre de Babel se estrenaría en México, en varios países de Centroamérica y, también, se transmitiría por la cadena más importante en español de los Estados Unidos. 

Para junio, el escritor se trasladaba a Alemania para inaugurar, junto con el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, la Sección Literaria del Segundo Festival de las Culturas Mundiales, en la Biblioteca Nacional de Berlín Occidental. Vargas Llosa presentó allá La guerra del fin del mundo, que ya encabezaba la lista de los libros más vendidos en España. 

De las tierras germanas, el narrador arequipeño apuraba en viajar a España donde escribiría crónicas sobre el Mundial España 82 -evento del balompié global, que se desarrolló entre 13 de junio y el 11 de julio de ese año-, por encargo del diario La Vanguardia, de Barcelona. La anécdota que se hizo noticia es que en el Centro de Prensa del Mundial, en el estadio de Riazor, en La Coruña, a Vargas Llosa le robaron las correcciones de la nueva edición que preparaba de La guerra del fin del mundo

La señorita llega a Madrid
1982 fue también un año muy teatral para Mario Vargas Llosa. En junio se presentó en Lima la tercera versión de Los cachorros (1967). Se trató de una adaptación de Felipe Ormeño, quien también actuaba junto a Alberto Montalba y Margot López. 

“El teatro fue mi primera vocación. Lo abandoné por las novelas, pero en literatura el riesgo es fundamental y por eso acepté la aventura y la gran tentación de escribir mi primera obra teatral cuando mis novelas y cuentos eran ya famosos”, declararía MVLL a El País de España. 

A los 15 años escribió su primera obra, La huida del inca, de la cual no hay originales. Ahora, tras el éxito de La señorita de Tacna llevado a las tablas, trabajaba en Kathie y el hipopótamo, que se publicaría al año siguiente. Anunciaba que sería una gran farsa, “con un humor negro y malsano”. 

“[La señorita de Tacna] es la realización de un viejo sueño: meter un personaje de mi familia, muy entrañable, en una de mis obras. Se trata de una tía bisabuela soltera que era la abuela de todos sin serlo de nadie. Se equivocaba y mezclaba unas con otras historias- que nos contaba cuando éramos pequeños, pero nos la hacía pasar muy bien”, les contó en agosto, en su casa de Madrid, a los actores que trabajaban en la puesta.  

Al mes siguiente, setiembre, finalmente La señorita de Tacna se estrenó. MVLL estaba emocionado: era la primera vez que una obra dramatúrgica suya ingresaba al circuito madrileño. Para participar del estreno, el escritor voló desde Nueva York. En el teatro Reina Victoria el argentino Emilio Alfaro dirigió nuevamente la puesta, esta vez con la actriz española Aurora Bautista (1925-2012) en el rol protagónico de la “Mamae”. 

Estrenar obras en el teatro sería ahora, otra parte del trabajo del futuro Premio Nobel de Literatura. Tres meses después, en febrero de 1983, en otro teatro madrileño, el Olimpia, se presentaba La ciudad y los perros a cargo del grupo Extramuros. En él, el director limeño Edgar Saba había trabajado durante ocho años para presentar una versión original. “Saba hace de la obra un nuevo texto, una nueva proyección y se aventura a la acción”, resumió el escritor Manuel Gutiérrez-Sousa. La puesta tomaba sus propios riesgos, sumándose así a las lecturas que continúan ampliando el universo vargasllosiano. 

(Con información del Centro de Documentación de Editora Perú)

(FIN) JVV/JVV



Publicado: 30/3/2026