Andina

Conoce a la sabia dama cusqueña que derrotó al tiempo

Centenaria Prisca Espinoza Challhua, usuaria de Pensión 65, revela el secreto de su longevidad

Sentada al pie de una rudimentaria escalera de madera, casi adherida a la primera grada, Prisca Espinoza Challhua, la mujer que ha hecho del pasado un presente perpetuo, recibe a las pocas personas que la van a visitar. ANDINA/Difusión

Sentada al pie de una rudimentaria escalera de madera, casi adherida a la primera grada, Prisca Espinoza Challhua, la mujer que ha hecho del pasado un presente perpetuo, recibe a las pocas personas que la van a visitar. ANDINA/Difusión

16:08 | Lima, mar. 5.

La mirada fija. No titubea. De palabra frondosa. Su oído, agotado por los años, aún da pelea. Sentada al pie de una rudimentaria escalera de madera, casi adherida a la primera grada, Prisca Espinoza Challhua, la mujer que ha hecho del pasado un presente perpetuo, recibe a las pocas personas que la van a visitar.

La casa de su hijo Víctor, que luce casi tan añejo como ella, la cobija desde hace veinte años, desde que se quedó viuda. Vivir sola en su natal provincia de Paruro ya no tenía sentido. Una de las viviendas pegadas al cerro, en el sector Huancaro del distrito de Santiago, en el Cusco, se convirtió, entonces, en su nuevo hogar y en el lugar donde tiene tiempo de sobra para evocar imágenes de tantos ayeres acumulados en cien años de vida.

El 2 de enero último Prisca, usuaria de Pensión 65, se convirtió en centenaria. Fue un día más. No como aquel que le hace cerrar los ojos, acaso para verlo con más claridad en sus recuerdos. No sabe con certeza qué edad tenía entonces, pero aquel día tuvo delante suyo por primera vez a la carretera que une al distrito de Paccaritambo, donde vivía, con la Ciudad Imperial del Cusco. 


Aquello fue el parteaguas de su larga vida. Su paso particular a la modernidad. “Antes de la carretera venía caminando con papá desde Paruro al Cusco, que era como una gran ciudad. Nos demorábamos un día completo. La carretera cambió todo”, dice Prisca en un florido quechua.

La pregunta se cae de madura y se la han hecho miles de veces. ¿Cómo ha llegado a los cien años con una salud envidiable? ¿Cuál es el secreto de su longevidad? Prisca lo repite casi de memoria, pero saborea cada palabra. Disfruta el momento de su legado. “Desde niña he comido solo productos naturales, de la chacra. Haba, oca, maíz, papa, olluco, trigo, cebada. Todo abonado de manera natural. Más mi chicha de jora. Además –enumera Prisca–, hay que tener fe en Dios, nuestro Señor, pedirle con humildad que haya trabajo y buena producción en la chacra. También es importante trabajar siempre como en el campo. Los ociosos que no trabajan, no tienen qué comer, ni ellos ni sus familias. Y por último, vivir en paz con todas las personas, sin pelear, con honestidad y guardando las buenas costumbres. Eso lo aprendí de mi padre”.

Heredó el carácter enérgico y a la vez afable de su padre. Lo recuerda solidario, trabajador, pacífico, alegre y profundamente reflexivo. Mezcla que solo puede producir hijos de alta moral, como ella. Pero no siempre la lógica se cumple.


Prisca tuvo cinco hijos: dos mujeres y tres hombres. Hoy viven solo dos de los varones y una de las mujeres, pero solo Víctor, de 80 años y también usuario de Pensión 65, la atiende, la peina, la cuida y la alimenta. Prisca prefiere pensar que la distancia la aleja de sus otros hijos. En el fondo no quiere que esa tristeza borre sus bonitos recuerdos.

En cien años los golpes no han sido pocos, pero no hay lugar para el rencor en el corazón de Prisca. Siempre se despide de las pocas personas que la visitan con una bendición en la que combina el runa simi con el castellano. Los movimientos lentos de su mano derecha haciendo la señal de la cruza en la frente del otro transmiten calma, sosiego. Paz. Amén.

(FIN) DOP

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Publicado: 5/3/2022