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Alberto Ísola: "Hoy el individualismo es el estilo de vida" (entrevista)

"No hemos creado un público”, señala

Alberto Ísola. Foto: ANDINA/ Difusión

Alberto Ísola. Foto: ANDINA/ Difusión

11:32 | Lima, oct. 13.

Por César Chaman

Actor, director y maestro, Alberto Ísola ha recorrido un extenso camino por diversos escenarios, una experiencia que lo pone en condiciones de evaluar su propia trayectoria y los avances y desafíos del teatro peruano.

Alberto Isola

 Aquí la entrevista que brindó a suplemento Variedades del Diario Oficial El Peruano.


La cantidad de referencias a su trabajo teatral es notable en la prensa y en internet. ¿Se siente un referente del teatro peruano?
–Bueno, llevo ya varios años en esto, no he parado de hacer teatro desde 1970 y creo que mi trabajo, en general, salvo resbalones que todo el mundo tiene, es de calidad. Además, enseño. Por tanto, si lo que hago me convierte en un referente, bienvenido.

–Usted ha definido la felicidad como “la posibilidad de seguir evolucionando”. ¿Cuál es el siguiente paso de su evolución?
–Primero, seguir haciendo teatro, sobre todo con las nuevas generaciones. Eso es muy importante: renovarse, trabajar con directores y directoras, dramaturgos y dramaturgas, actrices y actores nuevos que te dan otra mirada. Por otro lado, estoy haciendo una maestría de Literatura Hispanoamericana que me vino muy bien porque la literatura es una de mis grandes pasiones. En ese contexto, una de las cosas que he emprendido es la investigación. Me interesa mucho la historia del teatro peruano.  

–Ofreció un libro…
–Sí, en eso estoy. Yo no sé cuánto tiempo más seguiré actuando, dirigiendo o enseñando, de modo que el campo de la investigación –y no por descarte– es interesante.

–¿De qué trata su tesis?
–Sobre la historia del teatro peruano entre 1919 y 1950, cuando la dramaturgia estuvo en manos de poetas, como Vallejo, Valdelomar, Ríos. Es una investigación de por qué y qué pasó con estos poetas y el teatro de esos años.

 –Cuando se queja de su ser ‘comodón’, ¿cómo imagina una vida menos cómoda? 
–A ver, mi vida, si la miras bien, es de todo menos cómoda. Trabajo 14 horas diarias y tengo que desplazarme de un lado a otro de Lima. El sentido exacto es que me gustaría arriesgar más, a nivel creativo; me gustaría experimentar más, correr más riesgos. Pero en la vida cotidiana soy un genovés digno de sus genes: los Ísola tienen fama de ser no solo aventureros sino muy trabajadores.

–¿La idea de la comodidad lo transporta a Ancón, donde pasó su adolescencia, al cine Bahía?
–Esa es toda una época que yo valoro mucho recién ahora.

–¿A partir de algo?
–No, yo creo que con el tiempo vas madurando. Esto último suena a cliché, pero es verdadero. Yo siempre he tenido la imagen de mi adolescencia como una etapa difícil, porque era inhibido, tímido. Uno tiene la tendencia a borrar esos años, pero luego dices: “No, esa fue una etapa muy importante”. Entonces, el cine para mí fue una fuente constante de inspiración; creo que la mejor educación que he tenido en la vida me la dio el cine Bahía, un pequeño cine de balneario, que en la tarde pasaba una película como Santo contra las Mujeres Vampiro y en la noche ponía una película contemporánea. El cine, curiosamente, antes que el teatro, fue una forma de entrar en el mundo del arte.

Mística


–¿Cree que el teatro peruano ha perdido la mística o es que nunca la tuvo?
–No, yo vengo de una generación en que el espíritu de grupo era fundamental. Y ahora siento que hemos avanzado en muchísimas cosas, a nivel de producción, de técnica, pero esa idea del trabajo de grupo se ha perdido. Y eso tiene mucho que ver con la época; hoy el individualismo es el estilo de vida. 

–¿Podría situar temporalmente a su generación?
–Yo nací en 1953 y comencé a actuar en 1970. Esa etapa incluye a actores como Luis Peirano, Óscar Saba, Jorge Guerra, Gianfranco Brero, Alicia Morales, Gustavo Bueno, Mónica Domínguez, Víctor Prada, todos somos del mismo grupo.
 
–¿Dónde empieza la siguiente generación?
–La generación de hoy es la de los chicos que tienen entre 20 y 30 años, que son muy buenos, muy profesionales, pero que piensan mucho en sí mismos. Creo que eso le resta algo al teatro.

–Pero, buena parte de ellos son sus alumnos…
–Por supuesto. Créeme que en las clases yo sigo tocando las mismas cuerdas, pero lo que te rodea es muy distinto. Tú puedes plantear cosas en clase, pero el medio ha cambiado. Ya no hay grupos, salvo Yuyachkani, y por allí otros dos. El teatro ahora es de grandes producciones; hay trabajo, pero pasas de uno a otro. En ese entorno, la posibilidad de armar un discurso grupal ya no está. 

–¿Siente que hay un público para las obras que hace Alberto Ísola?
–No necesariamente. A mí la gente me dice: “Oye, tú haces obras y se llenan”. Y yo digo: “No”. Yo he tenido obras con muy poco público también, porque lo que le importa a la gente, en realidad, es la obra, no el actor. Lo que pasa es que no hemos creado un público constante.

–Usted está en un programa…
–Participo en el Programa de Formación de Públicos del Gran Teatro Nacional…

–¿Y tiene metas cuantificables?
–A ver, es como una botella tirada al mar, también. Hablas con chicos que están en secundaria. La idea es que esos chicos, apenas salgan del colegio, sientan que para ellos el teatro es una opción interesante. ¿Cuántos de ellos volverán? Eso es algo que tienes que ir midiendo poco a poco. Pero sí me parece que es una iniciativa importante y yo ya he hecho dos espectáculos para ese programa. 

Pesimismo


–Es un pesimista confeso. ¿Qué le llena de pesimismo en la actualidad?
–Leer el periódico, lamentablemente, en estos últimos días.

–Hay médicos que recomiendan no ver noticias…
–Sí, yo sé, A mí me lo han dicho. Pero no puedo empezar el día sin leer el periódico. Apenas me levanto, a las seis de la mañana, leo el periódico.

–Pero, si le causa malestar, ¿por qué lo lee?
–Porque me parece importante saber dónde estoy. Definitivamente, tampoco soy morboso, no me meto a leer las peores cosas. Pero, en todo caso, es un pesimismo creativo. Yo no siento el pesimismo como un camino hacia la inercia o el abandono. Hay una frase de Samuel Becket que siempre cito: “Inténtalo, equivócate; vuélvelo a intentar, equivócate mejor”. Es uno de mis lemas de vida. Equivocarse significa seguir aprendiendo. 

–Usted es severo con los críticos de teatro…
–Bueno, acá, que yo sepa, ninguna crítica puede conseguir que una obra funcione o no funcione. Te diría que con Sara Joffré, como crítica de teatro, tuve una larga historia de cariño, admiración y guerra maravillosa. Nos peleábamos bonito.

–¿Cómo se pelea bonito?
–No a gritos, por cierto, pero nos decíamos cosas. Cada vez que nos veíamos, ella me decía: “¡No estás cumpliendo con tu misión histórica!”.

–¿Y cuál era esa misión?
–Luchar por un mejor teatro peruano. Y yo le decía: “Eso depende de lo que estemos hablando”. Lo que me gustaba de Sara es que sabía reconocer cosas buenas.

–Usted considera que la labor del actor es defender a su personaje. Cuando representó al dictador Leonidas Trujillo, ¿cómo lo defendió?
–(Risas). Me parece muy interesante. Me inspiré en La Caída, una película alemana sobre Hitler. Cuando sales de ver la película, no dices “Hitler era buena persona”, pero entiendes las cosas. Y, a mí, una de las cosas que me ayudó a entender a Trujillo fue que nadie se le enfrentó…

–¿Y las hermanas Mirabal?
–Pero las desaparecieron. Este hombre es quien es porque la gente construye la oportunidad de que nadie se le oponga. Cuando yo digo “No lo juzgues”, no es para que pienses “Ah, el general Trujillo era bueno”, sino que muestro todas sus características y el porqué de las situaciones y las cosas.

–Cuando advierte la falta de público para el teatro, la pregunta obvia es de qué vive la gente que no tiene las posibilidades de Alberto Ísola.
–Bueno, Alberto Ísola vive de la enseñanza. Yo no vivo de las entradas del teatro.

–Pero, los otros, los que no son Ísola…
–Yo creo que todo el mundo, con distinta fortuna, hace lo mismo que yo. A mí me encantaría vivir del teatro, venir aquí todas las noches y saber que puedo vivir el mes con lo que gano. Pero te voy a decir una cosa, en ningún lugar del mundo la gente vive del teatro, sino del cine, la televisión y de la enseñanza, que en mi caso es una cosa que me apasiona.

Alberto Isola

Teatro peruano


–¿Qué le falta al teatro peruano actual?
–Para mí, primero, mística grupal, la idea de pensar en grupo. Eso se pierde. Siento que ahora los actores vamos de una experiencia a otra, lo cual es bueno, pero nada ayuda más que un grupo que piense colectivamente para ir avanzando.
 
–¿Artísticamente y políticamente, también?
–No necesariamente en términos políticos, pero sí ideológicos, sea cual fuera la ideología que profeses. La idea es vincular tu trabajo con lo que pasa en el mundo, aunque eso no se refleje de una manera inmediata. También extraño la curiosidad, la pasión por investigar, por saber más del teatro. Cuando teníamos 17 años, nuestras conversaciones trataban sobre Gorski, Brecht, el teatro de creación colectiva. Pero las conversaciones de los jóvenes actores de hoy no van por ahí, para nada.
 
–¿Por qué se acercan al teatro los jóvenes?
–Creo que algunos, no todos, se acercan porque están pensando en la televisión y el cine, o porque les gusta el teatro y lo ven como un espacio importante de creación. Lo que a mí me aterra es que esa búsqueda no tenga raíces.
 
–En La Tempestad, ¿el perdón de Próspero puede tener una lectura en el contexto de la política peruana actual?
–Es una pregunta complicada, me parece muy relativo. No creas que no lo he pensado, porque, además, es inevitable que la gente piense eso, ¿no? Pero estamos hablando de distintas condiciones.
 
–Pero el de Próspero fue un perdón difícil, a él le pasaron cosas fuertes…
–Por supuesto, yo lo sé. Pero te puedo hacer la confidencia de que no sé si yo hubiera perdonado tanto como él. De repente es una cuestión personal. No lo sé. Me tocas un tema que me parece muy importante y que me da muchas vueltas. No tengo una respuesta específica.

(FIN) CCH




Publicado: 13/10/2017
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