“Un escritor solo es escritor cuando escribe; no cuando sale en una foto en el periódico”

Diálogo con J. J. Maldonado, autor de ‘E-mails con Roberto Bolaño’, un libro sobre escritores y mucha literatura

Escritor J. J. Maldonado, autor de ‘E-mails con Roberto Bolaño’. Foto: Seix Barral/Cortesía.

Escritor J. J. Maldonado, autor de ‘E-mails con Roberto Bolaño’. Foto: Seix Barral/Cortesía.

07:00 | Lima, mar. 5.

Por: César Chaman

En la siguiente entrevista, el narrador J. J. Maldonado –autor de ‘E-mails con Roberto Bolaño’ (Seix Barral, 2025)– no solo muestra sus herramientas en el oficio de la escritura; también analiza una serie de elementos que orbitan en el universo literario y el proceso editorial.

El marketing literario, el papel del editor, las relaciones entre escritores en un mercado pequeño y los vasos comunicantes entre literatura y consumo cultural son parte de sus reflexiones, al tiempo que describe el carácter híbrido de su más reciente obra, que puede leerse como cuento, ensayo, crónica o perfiles.

Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Maldonado ha construido su vida en torno a la literatura, a riesgo de no poder vivir íntegramente de ella. “Un escritor solo es escritor cuando escribe –sentencia–; no cuando sale en una foto en el periódico”

En la decisión de ir con Roberto Bolaño en el nombre de un libro donde aparecen también otros escritores, varios escritores, ¿qué tipo de participación tuviste? 
–Inicialmente tuve algunas ideas más conceptuales. Pensé en namedropping, porque en E-mails con Roberto Bolaño aparecen muchos nombres, sobre todo nombres de escritores que existen en la vida real. Otro título que propuse fue ‘Preferiría no hacerlo’, frase célebre de Bartleby, el escribiente, de Melville, donde el protagonista suele decir como un mantra: I would prefer not to. En mi libro esta frase aparece constantemente y me gustaba porque era un título sobre la negación, un título del ‘no’, un título con cierta carga mística. Pero también pensé en Clases de literatura, o Clases de literatura bárbara, que me gustaba mucho pensando en los títulos de Rafael Reig. Entonces, sí, tuve algunas propuestas conceptuales. Pero mi editor me convenció de mantener E-mails con Roberto Bolaño, que es el título del último texto del libro. Y esto porque con Bolaño hay una conexión especial, hay un vínculo fuerte con las nuevas generaciones y con las tradiciones en español del siglo XXI. Hay una comunicación constante de las literaturas con su literatura y que une América Latina con Europa, e, incluso, llega a un país tan problemático como el Perú. 

Lo pregunto porque un público no muy familiarizado con la literatura contemporánea podría decir, a partir del título: “Ah, este libro trata sobre Roberto Bolaño”.
– Sí, trata sobre Roberto Bolaño, pero también de muchísimo más. Hay, por otra parte, una estrategia de marketing. Creo que una vez que el manuscrito se cierra, una vez que se termina de poner el punto final de un libro –cuando ya has trabajado artísticamente, literariamente, poéticamente en algún texto–, cuando se lo entregas al editor, ese texto, esa literatura, esa “obra artística”, se convierte en una mercancía y en producto intercambiable. Porque recordemos algo, no es el escritor quien hace un libro, el libro lo hace una editorial; el escritor solo hace un texto. Es el editor o la editorial que va a utilizar ese texto a modo de materia prima para la fabricación de la “mercancía libro” al comprar los derechos de reproducción de los textos o al pagar por toda la producción de ese objeto libro, a partir de un texto perteneciente a una persona que ha escrito algo que nadie ha pedido que escriba. Por eso me sorprende que muchos se escandalicen cuando se vincula el marketing y la publicidad con un libro. No sé en qué realidad se está viviendo si se piensa así. De ahí que yo entienda muy bien que, editorialmente, se buscó la manera de aprovechar un título que no solo sea atractivo, sino también juguetón, reconocible y, sobre todo, sirva como clickbait

También está el gancho y la confusión con Roberto Gómez Bolaños…
–Exactamente. También servía –para las personas que no conocen a Roberto Bolaño escritor– la idea de jugar con un título que parezca un intercambio de e-mails con Roberto Gómez Bolaños. Algunas personas ajenas al mundo del libro me preguntaron si había conocido a Chespirito. Les dije que lo averiguaran comprando el libro. Ahora que lo pienso, hay mucho de juego en toda la conceptualización del libro. E-mails con Roberto Bolaño es ambivalente con el título, pero a la vez es ambivalente en su género y formato: puede ser una novela, puede ser un cuento, un ensayo, una crónica o un libro de perfiles. Jugar con esa expectativa comercial no me parece mal. 

¿Aquello que anticipó el editor es lo que ocurrió con el libro?
–Hasta ahora ha funcionado muy bien, el libro ha recibido muchos comentarios positivos, ha salido en todas las listas, se ha vendido también fuera de Lima y está por salir una traducción al francés en las próximas semanas. Víctor Ruiz Velasco, que fue quien me editó, tuvo un buen ojo, tanto literario como comercial al mismo tiempo. Supo crear esa simbiosis para darle el ‘soplo de vida’ al libro y lograr que funcione. 


Como autor, ¿vas pensando en esos otros elementos en el momento de la escritura? 
–Eso se piensa y se analiza después. Cuando tenía el borrador del libro, le puse como un título genérico E-mails con Roberto Bolaño porque ese fue el primer cuento o texto que escribí. Entonces se había quedado con ese título y el editor lo vio tal cual. Pero yo ya iba pensando en otras posibilidades. Todo eso lo fui analizando y conceptualizando luego del punto final de la escritura, de mi zona primitiva, digamos. En la escritura yo me ‘contamino’ con otras cosas. Siempre estoy en un modo ritual, escribiendo y consumiendo cosas que aceleren esa escritura y me aceleren a mí como autor.

Este ‘ritual que se va contaminando’, ¿es algo que traes de antes o está de por medio la maestría que llevaste en España? 
–No, yo ya venía con mi propio ritual. Creo que un escritor encuentra su método desde el momento uno. Encuentra su forma de ritual, me refiero no tanto a la forma de estructurar un texto, sino a la forma ritual de abordar una historia. En mi caso, por ejemplo, voy escribiendo primero mentalmente. Lo plasmo todo primero en la página en blanco de la mente y luego aterrizo todo al espacio físico de un Word.

Si ese ritual ya lo tenías, ¿qué aportó la maestría?
–La maestría me enseñó a conocer otras literaturas, a leer a escritores de otros países que nos adelantan en forma, lenguaje y punto de vista; a conocer libros que hablan mejor de la realidad sin necesidad de hacer realismo; a conocer a novelistas ambiciosos y a conocer otro sistema cultural: con becas, residencias, agencias literarias, scouts, premios, estímulos, librerías, etcétera. Tal vez no será lo mejor del mundo para los europeos, pero eso para Perú sería como sacarse la lotería. En suma, vivir en Barcelona y estar en una maestría no me enseñó necesariamente a escribir mejor, pero sí me dio otra forma de mirar el mundo. De ahí que me resulte gracioso ese espíritu triunfalista y de “Marca Perú” de algunos escritores de mi edad, cuando dicen que estamos en un gran momento o que estamos listos para dar la talla frente a cualquier descubrimiento literario de otro país. Siento que esa perspectiva solo puede venir de dos caminos: uno, del alucinamiento y la sobredimensión de uno mismo tras haber salido en dos o tres periódicos de Lima; y, dos, de una preocupante falta de lecturas. Sin duda es una política de los supuestos optimistas para –a partir del discurso– “intentar ingresar” a un espacio internacional que sus propios libros no lo permiten. De ahí la retórica triunfalista, del autobombo. Tenemos estupendos escritores en Perú, sí, pero contados con los dedos. Y son precisamente los que compiten fuera en silencio y no los que hacen bulla diciendo que son geniales y que están en buen momento.  

¿Nadie se hace narrador en una maestría de escritura creativa? 
– Lo cierto es que de un 100% de personas que entran a una maestría, solamente 3% o 4% son los que logran publicar y hacer libros. El 95% a veces se decepciona en el camino, no le funcionan las fórmulas que le han dado o se dedican a otra cosa. Son muy pocos los que terminan como “escritores”. Es muy raro. A mí siempre me interesó más el espacio de una maestría para compartir lecturas, para leer junto a otros, para conversar, para entenderme con otras personas que están apasionadas por lo mismo que yo.

Imagino que les sirve también como para tomar confianza… 
–Para tomar confianza, pero también sirve para hacer contactos, para hacer networking con escritores de diferentes partes del mundo, con jóvenes escritores de Argentina, de Colombia, de Chile, de México, de Europa mismo, de diferentes partes de España; incluso de otras lenguas europeas. Entonces, vas conociendo diferentes literaturas, diferentes modos de ver la literatura, diferentes funcionamientos del espacio editorial de cada país y te vas nutriendo, vas aprendiendo ese tipo de cosas. Estar frente a otras tradiciones ayuda a entender mejor cuál es la situación literaria de tu país; cuál es tu punto de enunciación como “escritor/peruano”. Te vas abriendo un panorama distinto al que se puede tener si no se ha salido nunca. 

Ahora, ¿es necesario salir del país para para conocer eso? 
–No, pero ayuda más.

Pero, por ejemplo, a un escritor peruano, ¿crees que le funcionaría ir a Argentina y escribir las temáticas y, no sé, las tradiciones de ese país? 
–Todo puede funcionar si lo que se hace se hace bien. No interesa la intención ni la temática ni la política primigenia de un escritor. Solo importa el resultado. O escribes mal o bien, no importa lo demás. 

De aquel premio Narrador Joven en el 2015 al J. J. Maldonado de hoy, en 2026, ¿qué cambió principalmente?
–Creo que cambió en algo la forma de escribir o de abordar la escritura. Pero también cambió mi nivel de pretensión.

¿Pretensión?
–La pretensión verbal –sobrecargada, hiperbólica, efectista, torrencial, descontrolada, barroca si quieres– que yo tenía antes ha sido controlada al máximo por el escritor que soy ahora. Creo que a mis veinte años tenía una pretensión verbal por el deseo de querer mostrar mucho de lo que era capaz de hacer, de como podía manejar el lenguaje y pasearme en él, de demostrar que podía manejar la técnica, que podía dominar los recursos. A veces me salía bien; otras, tenía caídas espantosas.

¿Por qué te pasaba? 
–Supongo que porque deseaba impresionar. Tal vez era la desconfianza en mí mismo y, por eso, quería mostrar todo lo que yo sabía. Felizmente, me di cuenta de eso y lo pulí a tiempo. Sin embargo, ese caos verbal me ha servido. Porque todavía tengo el lenguaje a la mano, conozco la técnica, manejo los recursos, pero ya los pongo al servicio mío, y no me vuelvo yo su ‘seguro servidor’. Creo que el periodismo también me ayudó a controlar ese desborde. 

Vienes del periodismo y justamente me parece que se presenta una situación contradictoria: el periodismo te pide mucha sencillez. En tu caso, ¿cómo dialogan esas dos posibilidades?
–En efecto, fue muy contradictorio para mí. Pero por una sencilla razón: yo busqué esa contradicción en un primer momento. El lenguaje periodístico no me bastaba y lo creía muy limitado. Entonces, atentando contra eso, en la ficción me despachaba a gusto con el torrente verbal. Luego me di cuenta de que estaba en un error. Aprendí que en el periodismo el lenguaje, la técnica y la forma son secundarias, tienen que estar por debajo del punto de vista y de la historia que se quiere contar. En Barcelona, Leila Guerriero nos enseñó que el lenguaje debía estar al servicio del periodismo, no al revés.  

Esa exacerbación era intencional, entonces. 
–Sí, era como una respuesta al periodismo, pero también, en parte, por lucirme, por demostrar que tenía los recursos verbales y que podía dominarlos. 

Lo primero que conseguiste fue dominar la pretensión verbal… 
– Sí, a aprendí a dominar la técnica, a controlar que no se salga de su cauce. 

¿Qué más? 
–Seguramente muchas cosas. Quizá obtener una visión no tan localista de lo que es la literatura. Antes leía mucho a los autores locales, solo a los locales, a lo que se producía cada temporada en Lima. Con el tiempo mis intereses cambiaron y, creo, para mejor. 


¿Qué opinas del campo editorial peruano?
–Que es muy pequeño y eso hace que, a partir de esa pequeñez, ocurra algo muy parecido a lo que ocurre en nuestra política nacional: las contiendas tontas y los compadrazgos llenos de obviedad. El campo literario peruano puede ser un reflejo de la política peruana, en muchos sentidos. 

¿Hay élites todavía?
–Siempre ha habido élites. Yo creo que las élites culturales siempre están en constante vigencia y reinvención.  

¿Argollas?
–No sé si hay argollas. Supongo que sí. Pero si las hay, son tan insignificantes fuera de Lima que casi ni hacen daño. Una argolla limeña solo sobrevive a manotazos en Perú. Desde otros países, nadie los conoce y no afectan en nada. Por eso, creo que a veces es mejor mirarlos con cierto desdén por su insignificancia y no estar tan preocupados en ellos o su grupo. Que sigan sintiéndose importantes en el Tanta o el Puku Puku de Miraflores. 

¿Los escritores están a la espera de que algo extraordinario ocurra en su día a día para ir y acometer el libro, como dices en tu cuento sobre Alejandro Zambra?
– No, no necesariamente. Hay autores como John Williams, por ejemplo, que escribió Stoner, novela que trata sobre un aburrido profesor universitario al que aparentemente no le pasa nada, que no tiene una vida extraordinaria, cuya vida es, a primera vista, un plomazo. Solo es la vida de un profesor que va y dicta clases de literatura en una universidad gringa...

Un perdedor a lo Ribeyro. 
–Sí, una vida anodina que sirve de insumo para que el genio de Williams haga con ella una gran novela. Sin embargo, ha habido muchos escritores que han generado la idea de que para escribir una gran novela se necesita tener grandes experiencias vitales: Hemingway y compañía. Y, a veces, cuando se empieza a escribir, uno se tropieza con ese enormísimo lugar común. Pues bien, yo quería aprovechar ese lugar común para darle algo de phatos a mi personaje del relato “El otro Zambra”. 

¿A ti, particularmente, qué tradición te interesa más?
– Me gusta mucho la literatura estadounidense, creo que es una de las más potentes. De los autores últimos, por ejemplo, me gusta mucho Jonathan Lethem con La fortaleza de la soledad; B. R. Yeager con su Amigdalatrópolis. También me gusta Bret Easton Ellis con su Menos que cero, Los destrozos y su Luna park. En las últimas semanas estoy leyendo a dos escritoras que me han alucinado: Bárbara Kingsolver con su Demon Copperhead y Jane Smiley con Heredarás la tierra. Pero no solo me interesa la literatura, también soy un consumidor nato de mucho cine, animes, manga, cómic, basura de internet, foros, creepypastas o videojuegos. Pero, eso sí, todo lo consumo con la intención de que me sirva para escribir.

Vives para la literatura...
–Bueno, eso me ha llevado a tener muchos problemas. Problemas con relaciones de pareja, problemas económicos, de estado de ánimo, con amigos, problemas familiares. En fin, problemas con el mundo entero. Pero, qué se hace… 

¿Cuántas horas al día le dedicas a escribir o a hacer cosas relacionadas con la escritura? 
–Intento robarle el máximo de tiempo al tiempo. Me las arreglo como puedo para escribir todos los días, aunque sea un poquito. 

¿Eres de los escritores que no muestra su texto hasta que esté terminado? 
–No, soy de los que está jodiendo todo el rato para que lean lo que ha escrito y terminado. 

¿Se es escritor solo cuando se publica? 
–Yo creo que, para ser escritor, primero hay que dejar de ser escritor. Es decir, alejarse de la “figura” del escritor, de todo lo que ese nombre conlleva: reuniones, presentaciones, fiestitas, juntas con alcohol, charlas inservibles, poses por redes sociales, etcétera, para, solo así, poder escribir. Un escritor solo es escritor cuando escribe; no cuando sale en una foto en el periódico. 

Los escritores que aparecen en tus historias –bueno, algunos ya están muertos y no hay manera–, ¿qué te han dicho?
–A la mayoría le ha gustado mucho los cuentos en su homenaje. Rodrigo Fresán me dijo que lo leyó riendo y temblando al mismo tiempo. Enrique Vila-Matas también leyó una primera versión del relato “¿A quién mira Enrique Vila-Matas?” y le gustó y compartió el texto en sus redes sociales y su página web. También me mandó una estupenda carta donde responde la pregunta que da título al cuento y me dejó como aprendizaje un lema que usa su familia: Je responderay, que en francés significa “Yo responderé”, lo cual quiere decir que uno debe responder por sus actos y sus dichos y su escritura. Es decir, uno tiene que ser responsable de su paso por este mundo.

¿Pudiste hablar con Fernanda Melchor?
–No, no he podido hablar con Fernanda Melchor. Seguramente cuando se reedite el libro en México habrá oportunidad y espero que se ría mucho porque también el relato en su homenaje es muy gracioso a pesar de que el narrador, que es un sicario que se vuelve escritor, tiene como misión “sicariarla” en nombre de Los Zetas. 

El tema del humor, ¿cómo lo manejas? 
–El humor para mí es un artefacto político y utilizarlo dentro de mi ficción me ayuda a generar disputas contra ciertos discursos literarios muy arraigados en la tradición peruana. Pero, desde el lado amable, lo uso solo para que el lector se mate de risa y no se aburra o distraiga tan rápido. 

¿Y quién es tu referente? 
–Franz Kafka, sin duda. Creo que Kafka –junto a John Kennedy Toole y Cervantes– es el escritor más gracioso de toda la literatura universal.

(FIN) CCH
JRA


Más en Andina:




Publicado: 6/3/2026