Escribe: José Vadillo Vila“El cromatismo es mi lenguaje, mi manera de expresarme, el medio que me sirve para poder concretizar mi mundo irreal”, definió su arte en una entrevista el pintor Rodolfo Quiroz, quien se consideró siempre “un rebelde conceptual” y falleció el 5 de abril, a los 84 años, en Francia.
Para elaborar sus obras en formato grande –una de las cuales en 1972 fue seleccionada para exhibirse en el Museo de Arte Moderno de París y otra, de su colección Oco Pacha, fue adquirida por el Gobierno francés– trabajaba a detalle en su taller en la transparencia, en la superposición de colores, buscando la mayor riqueza de las tonalidades.
“Transparencia” nos lleva a pensar en el cielo de Arequipa, urbe donde nació, en 1942. A los 8 años, Rodolfo Quiroz se iniciaba en las acuarelas, que él mismo aprendió a fabricar. La oralidad también dejaba sus semillas en el futuro artista plástico: los cuentos y leyendas que le contaba su madre serían un arcabuz para su imaginación.
Mitos personales
Fue natural su paso adolescente por las caricaturas y, luego, por la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de Lima (1963-1968). Las clases del profesor Juan Manuel Ugarte Eléspuru y del arqueólogo Julio Espejo serían cardinales para convertir en abstracciones los mitos andinos. Esos aprendizajes académicos se entrelazaban con las historias contadas por su madre.
El artista –quien se dedicó por más de cinco décadas a capturar sobre el lienzo “la materia cromática y la luz vibrante”– explicaba que no dejaba nada al azar. Siempre hay una inspiración, en la leyenda, en el mito, explicaba Quiroz, quien concebía las series de sus cuadros como “mundos diferentes”.
Pienso en su Yawar fiesta (2005): no necesita de lo figurativo, esas manchas rojizas se corporizan con naturalidad en un danzante de tijeras ejecutando su arte, una luz cenital lo enmarca entre las tinieblas azuladas. Este Quiroz es andino, arguediano y es universal.
París, un gran caballete
En 1968 recibió el primer premio y la medalla de oro de su promoción en Bellas Artes. Tres años después, el zagal artista llegaba a París gracias una beca del Gobierno francés. La Ciudad Luz, el encuentro directo con obras originales del Renacimiento y del arte gótico y los viajes por Europa, fueron definitorios: marcarían un nuevo derrotero en su carrera.
Este arequipeño talentoso, integrante de la generación peruana del 60-70, participaría en importantes exposiciones de la vanguardia internacional de esos años parisinos y también realizaría exhibiciones individuales, donde la fuerza y delicadeza de su pincel llamarían la atención a la crítica especializada.
“Como todo peruano que toma conciencia de su pasado, nuestro amigo Quiroz se siente atraído, casi dominado, por esta fabulosa herencia transmitida a través de la memoria colectiva y las leyendas populares. (…) Afortunadamente, en este intento de rehabilitación, evita cualquier reconstrucción figurativa o incluso cualquier préstamo, como suele ocurrir, de una fórmula de personajes y símbolos”, escribió el crítico de arte francés Gaston Diehl, quien siguió su arte desde su arribo a París, en 1971, hasta fines de los noventa.
Otro momento vital: entre junio y julio del 2005 la retrospectiva “Quiroz: 34 años en Francia”, conformada por 130 obras, entre pinturas y esculturas, todas bañadas por su mundo misterioso y de raíces andinas, fue visitada por más de 20 mil personas en los jardines de Luxemburgo, bajo el auspicio del Senado francés, con lo cual se resumía el aprecio del público y la crítica del país galo a este artista de carácter abstracto.
“He visitado con asombro y admiración la obra de Rodolfo Quiroz y en mi recorrido en cierta forma del espacio y del fondo de los océanos. He navegado pues con mis ojos y con mi imaginación. Y al terminar mi fascinante viaje leí un poema que lo explicó todo: el pintor también es un poeta que vive de sueños”, escribiría el embajador Javier Pérez de Cuéllar.
Un tercer momento de palmarias se daría en el Salon de la Nationale des Beaux Arts 2010, donde el peruano presentó su exposición “Paysage Cosmique”. El hijo pródigo tendría una apoteósica presentación en el Museo de Arte Italiano de Lima en 1982.

Tres constantes
En el libro bilingüe Quiroz. Misterio de un universo onírico y poético, editado por Unesco en 2017, el embajador Manuel Rodríguez Cuadros, quien visitó muchas veces al artista en su casa en Le Perreux-sur-Marne, identificaba tres constantes en la obra de Quiroz: 1) la convicción de que su pintura no responda solo a su época, con una rebeldía a cánones y tendencias; 2) su concepción del color “como instrumento para crear luz” (su obra se define como simbiosis del color y la luz); 3) la búsqueda formal “de mundos cósmicos de luz y color con elementos figurativos inspirados en el mundo cultural del Perú andino y rural”.
Desde París, su viuda, Claudine Bouillot, envía unas palabras sobre el artista y su legado: “Quiroz siempre quiso crear una obra que celebrara la cultura peruana y la hiciera accesible a todas las clases sociales. Soñaba con fundar una organización dedicada a preservar y difundir toda su obra, así como a apoyar a niños que, como él, habían crecido en la pobreza. Estaba trabajando en su libro, una colección de poemas y reflexiones inspiradas en su infancia en el corazón de los Andes. Hoy, su familia sigue plenamente comprometida con garantizar que se respeten sus deseos y que su obra perdure.”
Datos:
En 2017 presentó en Unesco (París, Francia) la exposición “Lumière dans l’ombre”. Y se le otorgó la condecoración de la orden Al Mérito del Servicio Diplomático del Perú José Gregorio Paz Soldán, en el grado de Gran Cruz.
Entre sus diferentes periodos artísticos destacan: una primera etapa denominada “Supay” (1971-1975), una segunda “Los Pachamancus” (1976-1982), y una tercera “Sueños cósmicos” (1983-1996).
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(FIN) JVV/JVV
JRA
Publicado: 25/5/2026