Suplemento “Variedades”: los faites no lloran, crónica en homenaje a Cronwell Jara

El narrador piurano fue rimense por adopción; maestro indiscutible del cuento, tallerista y premio FIL Lima 2023.

Cronwell Jara ganó los premios literarios más importantes del país y dictó innumerables talleres en todo el Perú en los cuales enseñó cómo escribir ficción. Foto: Andina

Cronwell Jara ganó los premios literarios más importantes del país y dictó innumerables talleres en todo el Perú en los cuales enseñó cómo escribir ficción. Foto: Andina

11:26 | Lima, jul. 24.

Escribe: Roberto Ramírez Aguilar

1. 
“¿Te interesa Vallejo?”, me preguntó un señor de lentes que vio el ejemplar de El hombre más triste, de Daniel Titinger, en mis manos. El estand de la librería del Fondo de Cultura Económica estaba repleto. Había que formar una fila para llegar a la caja y pagar. “Claro que me interesa. Vallejo es inabarcable”, contesté y me fijé, de manera recíproca, en lo que él iba a comprar. No recuerdo el título; era un libro sobre técnicas de escritura. “Es un autor mexicano”, comentó. “Pero usted ya sabe escribir”, le dije. “¿Y tú cómo sabes que sé escribir?”. “Es que usted es Cronwell Jara”. 

Esa fue la primera vez que lo vi. Había leído Montacerdos, Las huellas del puma, Agnus Dei y Faite. “¿Líder? Faite nunca busca eso. Las circunstancias lo obligan. Él no sale a retar a nadie. A él lo retan, y responde”. El protagonista de esta novela es un hombre valiente que pasa sus días rasurándose”. (“Faite”, en jerga, es un tipo duro, que no llora, pendenciero, respetado.) 

2. 
Cronwell Jara (1949-2026), el narrador perfil bajo, el de los lentes y la gorra, vivía en la urbanización El Bosque, en el Rímac, muy cerca del cerro Mariscal Ramón Castilla. A dicha barriada llegó desde su natal Piura en 1955. El autor tenía cinco años cuando su familia vino a la capital en bus. Ahí –entre casas de esteras– nace Montacerdos, la novela corta, el cuento largo; con Yococo cabalgando al cerdo Celedunio. Hay barro, sordidez y ratas. Nadie se lo contó. Cronwell lo vio, vivió y luego, simplemente, escribió.

3. 
La segunda vez que lo vi fue en una cevichería que atendía a puerta cerrada. Tocabas el timbre y Gallito, el dueño, asomaba la cabeza por la ventana; si te conocía te aventaba las llaves desde el tercer piso. A veces iban jugadores y viejas glorias del Sporting Cristal. Es el mejor ceviche que he probado hasta ahora. Un domingo, en una de las mesas, acompañado de dos personas, un sudado y una jalea, estaba Cronwell. Contaba –al parecer– anécdotas; sus acompañantes, un hombre y una mujer, reían. Desde una prudente distancia, me pedí un ceviche, también una cerveza. Él escribió “Hueso duro”, un cuento genial, me dijo Gallito mientras me traía chifles y canchita en un plato. 

La tercera vez lo vi solo, en una mesa; me acerqué. Gallito hizo las presentaciones y nos pedimos algo para tomar y picar. Le recordé el encuentro en la Feria Internacional del Libro (FIL Lima). La vida, sin querer, nos había acercado en diferentes etapas. De niño habré pasado por años, sin saberlo, cerca de su casa. A unos metros quedaba mi colegio de la primaria. Cuando estuve en la universidad, se me dio por corregir los cuentos y relatos que en la adolescencia había escrito. Solo se los mostraba a una amiga, que, sin mi conocimiento, envió uno de ellos a un concurso organizado por la revista El Ñandú Desplumado y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Obtuve una mención honrosa. Cronwell Jara fue parte del jurado; también Oswaldo Reynoso y Luis Vargas Chirinos. “Aún conservo mi diploma”, le confesé. “Qué increíble”, respondió y chocamos nuestros vasos. 

A mi hija, que en ese tiempo tenía cinco años, le contó un cuento hermoso, porque Cronwell también escribía historias para niños. En otra oportunidad, en su casa, hablamos de su novela Faite y del libro que había escrito sobre César Vallejo (Film Vallejo). En ese momento pasó por mi cabeza hacer un documental sobre su obra. “¿Sabes quién es Faite?”, me preguntó. “Ni idea”. “Faite es Alejandro”. “¿Alejandro? ¿Gallito?”. “Sí”. 

Lo de hacer el documental siempre estuvo rondando por mi cabeza, pero el trabajo y la vida misma lo fueron postergando. Tanto se aplazó que la muerte, siempre impertinente, se interpuso el domingo 11 de julio. El velorio se realizó en el hall principal de la Biblioteca Nacional del Perú, en la avenida de la Poesía, al lado del busto de César Vallejo, que, cruzado de brazos, no dejaba de mirar, incrédulo, hacia el ataúd. En el camino se quedó la segunda novela sobre Vallejo que Cronwell estaba escribiendo.

4. 
Antes de ir al velorio, fui a la cevichería de Gallito. Él y no César Vallejo, era, en ese momento, el hombre más triste. Se fue, dijo. Hace unos meses lo operaron del corazón. Uno quisiera que los amigos no se mueran, susurró Gallito; un nudo en la garganta, los ojos vidriosos. Pudo ser la cebolla que, poco antes, estaba picando; no lo sé. Eso te golpea, dijo e hizo un doloroso silencio. Estuvo a punto, pero no lloró. Tal vez no lo hizo porque Gallito sabe que los faites no lloran.

Dato:
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(FIN) RRA/JVV


Publicado: 24/7/2026