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Miguel Giusti: Nos falta entender que estamos viviendo un duelo en medio de la pandemia

Filósofo y exdirector del Centro de Estudios Filosóficos de la PUCP analiza las consecuencias de la crisis mundial

Filósofo Miguel Giusti.

Filósofo Miguel Giusti.

06:00 | Lima, abr. 29.

El filósofo y catedrático Miguel Giusti, especialista en ética contemporánea, filosofía política, tolerancia y libertad, analiza en la siguiente entrevista las consecuencias directas e indirectas de una pandemia que ha colocado a la humanidad en una crisis sin precedentes: desde la relación entre el modelo industrial capitalista y la naturaleza, hasta el impacto del confinamiento en las concepciones sobre solidaridad, libertad, democracia y globalización.

“Me parecería razonable que tuviéramos más respeto por la incertidumbre, que no nos dejáramos seducir por los cantos de sirena de la sociedad del espectáculo y que pudiéramos guardar silencio. Lo que más falta nos hace es entender que estamos viviendo un duelo, aprender a respetar el duelo”, afirma.


En estas semanas de cuarentena, circulan fotografías de playas y ríos limpios como una “consecuencia positiva” del confinamiento del ser humano. Esas imágenes llevan a decir que “el problema del planeta es el hombre”. ¿Qué piensa usted de esa afirmación?

–A decir verdad, hay un exceso de oráculos y profecías en las redes sociales sobre lo que viene ocurriendo en el planeta debido a la crisis de la pandemia y, especialmente, sobre lo que nos deparará el futuro. En algún momento de esta entrevista me gustaría comentar con algo más de detalle esta llamativa sobrerreacción mediática, tan poco acorde con la gravedad del problema. Pero es verdad lo que usted dice: que se están difundiendo imágenes de playas y ríos despejados y paisajes limpios con abundancia de aves u otros animales. No cabe ninguna duda de que el confinamiento de gran parte de la población mundial ha tenido como consecuencia inmediata la disminución de la polución y el cese de la actividad económica frenética. La civilización capitalista es tremendamente depredadora, y eso se percibe ahora de forma indirecta a través de las imágenes que nos recuerdan cómo podría ser o apreciarse una relación más razonable entre la tecnología y la naturaleza. 

Si vamos un paso más en esta dirección, podríamos decir que una lección de esta tragedia es lo que algunos intelectuales, e incluso el Papa, han llamado “una respuesta de la naturaleza a la humanidad”. A lo que aluden es a que la humanidad ha emprendido desde la modernidad, en particular a través de la industrialización capitalista, una conquista y un saqueo de la naturaleza que han terminado por alterar por completo su equilibrio y por someterla a una racionalidad instrumental y destructiva que es contraproducente para la supervivencia misma de la humanidad. Hay muchas señales de esa destrucción del equilibrio ecológico, que bien pueden ser consideradas, metafóricamente, como formas de “respuesta” de la naturaleza ante lo que ha hecho de ella la humanidad, es decir, como secuelas indeseadas de la intervención desmesurada del hombre sobre su entorno.




Esta pandemia, con millones de personas aisladas por necesidad y con temor de acercarse al otro, ¿acentuará o debilitará nuestra idea de solidaridad? 

–Su pregunta es difícil de responder, porque las relaciones entre el aislamiento y la solidaridad pueden verse desde diferentes perspectivas. Para empezar, la pandemia ha puesto al descubierto, como dice Camus, al mismo tiempo lo peor y lo mejor de los seres humanos. El egoísmo desatado en las tiendas tratando de acaparar productos exageradamente, a sabiendas de que eso perjudicará a los demás, la actitud hostil frente a las personas sospechosas de infección, incluyendo a los médicos y el personal sanitario, a quienes se estigmatiza en sus viviendas. Y, de otro lado, la solidaridad con esas mismas personas, el aplauso concertado de agradecimiento, el brote de voluntarios que se ofrecen a ayudar en sus compras o sus quehaceres a las personas que están en primera fila y con la mayor exposición. Todo eso, así de contradictorio, se ha visto y percibido claramente en muchos países. 

De otro lado, para “combatir” la pandemia se ha apelado en todos los países a la idea de que debemos expresar nuestra solidaridad por medio del aislamiento. Se destaca el valor positivo, solidario, de aislarnos y de guardar distancia. “Quédate en casa” y así “salvarás vidas”. Es una paradójica, aunque comprensible, forma de expresar y de pedir la solidaridad. 

Pero es también una forma muy dura de hacerlo, o de vivirlo. Hay muchas familias divididas, muchas personas que están viviendo solas. La distancia de los seres queridos es una experiencia dolorosa que está dejando huellas en todos los involucrados. Si a eso se suma el aislamiento de las personas infectadas y, peor aún, el de las fallecidas, que no pueden siquiera ser veladas o acompañadas en su partida, el dolor es aun mucho mayor. 

En fin, a todos nos asalta ahora además el miedo. El miedo del otro. El otro es un portador del contagio, una amenaza. Eso se percibe y se vive hasta entre personas muy cercanas, que prefieren discretamente no visitarse o no aceptar las visitas. La enfermedad está imprimiendo una honda desconfianza en nuestra experiencia de la cercanía y, con ella también, de la solidaridad.

Los países han tenido respuestas distintas frente a la pandemia: desde las cuarentenas de facto hasta los intentos por reabrir cuanto antes la actividad industrial. Analizando solo las medidas de aislamiento, la evidencia indicaría que reglas estrictas son posibles solo en “gobiernos fuertes”, capaces de imponer la norma por sobre la libertad de las personas. ¿Cómo ‘lee’ usted este abanico de respuestas? 

–Lo primero que habría que decir es que en la reacción inicial de casi todos los gobiernos se puso de manifiesto que nadie se imaginaba la gravedad ni la magnitud de la epidemia que se avecinaba. Hay algunos casos peores que otros, entre ellos los más patéticos de Trump y Bolsonaro, pero al comienzo hubo mucha negligencia y poca celeridad. Enseguida recurrieron, sin embargo, casi todos los gobiernos a medidas de emergencia, recortando libertades en función naturalmente del bien común, como el confinamiento, el distanciamiento físico, los recortes de la libertad de movimiento o de reunión. La justificación es clara, pero hay también un peligro de violentar las reglas de la democracia y de normalizar el estado de excepción.

Otro problema en este contexto es de la justa distribución de las cargas del costo de la crisis. No siempre se respeta la proporcionalidad en la participación de los costos; el caso de la ‘suspensión perfecta’ de labores es manifiestamente injusto.

De otro lado, no cabe duda de que muchos gobernantes, en todo el mundo, han intentado sacar un provecho político de la crisis y de la declaración del estado de emergencia. Algunos de ellos estaban días o semanas antes del estallido de la pandemia afrontando revueltas sociales graves debido precisamente a sus políticas neoliberales de privatización de los servicios, entre ellos incluso de los servicios sanitarios, y pendiendo de un hilo en su estabilidad política. Pero de pronto se han convertido en defensores de la salud como bien público de primera necesidad.

En el caso del Perú, no nos olvidemos que hasta en los días anteriores a la aparición del virus, el tema público más importante era la corrupción, entre otros casos, de las asociaciones de empresarios peruanos que habían donado decenas de millones de soles a campañas políticas que favorecían el modelo económico neoliberal. El asunto ya se ha ventilado en público. Es un escándalo que esas asociaciones no hayan contribuido, aunque no fuese sino por vergüenza propia, por arrepentimiento moral o por limpiar su imagen, a atender a las necesidades de la población. En estados de emergencia, o de excepción, el Estado debería poder recurrir a impuestos, a nacionalizar servicios, etcétera, en favor de la salud de la población, y algo de eso estamos viendo hoy en muchos lugares del mundo.




En el reciente cierre de fronteras, en las prohibiciones de viajes y en las restricciones del comercio internacional por efecto de la pandemia, hay quienes encuentran las primeras señales de un próximo ocaso del proceso globalizador. ¿Está la globalización en crisis?

–El asunto es interesante porque, como en otros casos, puede haber más de una perspectiva de análisis. Convendría en esta situación recordar el consejo de Wittgenstein, tan simple, pero tan oportuno, de procurar siempre “ver aspectos”. Hace pocos días, el filósofo John Gray publicó un artículo titulado “Adiós a la globalización”, casi al mismo tiempo en que el historiador Yuval Harari publicaba otro en el que defendía una tesis contraria. Gray piensa, no sin cierta razón, que la crisis va a conducir a muchos países a reforzar su nacionalismo, a recuperar procesos de producción que habían sido deslocalizados, a tratar de depender menos de la globalización y de sus arbitrariedades, de las que se ha padecido en la pandemia. Harari, en cambio, subraya el hecho de que hoy más que nunca se ha comprobado la necesidad de eliminar las fronteras de la cooperación científica y de la solidaridad internacional, porque solo así se podrá estar en condiciones de enfrentar nuevas amenazas sanitarias globales. Son “aspectos” de la crisis, que conviene tener en cuenta. 

Es muy difícil de imaginar que la globalización, en muchos de sus sentidos, sea un proceso reversible. Aunque también es bueno recordar que aun antes de que surgiera la pandemia nos estábamos enfrentando, en muchas partes del mundo, al resurgimiento de los nacionalismos y de viejas formas de fascismo y xenofobia. Ese peligro se ha incrementado en las condiciones actuales. 

Hablando de ‘cultura del narcicismo’, las familias de mayores ingresos han hecho de esta cuarentena una oportunidad para mostrar “lo bien que la pasan”. ¿Qué dice de nuestra sociedad esta suerte de exhibicionismo del confinamiento?

–Ese término, “exhibicionismo”, me parece muy apropiado para caracterizar otro aspecto de la situación que estamos viviendo. Usted lo aplica, con toda razón, a ese grupo de personalidades públicas o de familias ricas que hacen alarde de lo bien que lo pasan durante el confinamiento, dado que tienen grandes mansiones o vistas maravillosas en su entorno. El asunto es grotesco si se contrasta con la situación de precariedad en que viven muchas familias peruanas, o muchas familias pobres en tantos países. 

Esto me lleva a comentar algo que suele decirse en relación con el virus: que este es “igualitario” o que no conoce razas, ni clases sociales, lo que es obviamente una media verdad. Algo de cierto tiene, porque sabemos que ha atacado a personas de todo rango, incluyendo a miembros de la realeza o a actores y millonarios conocidos. Pero la otra media verdad es que el virus, como cualquier otra desgracia supuestamente natural, no hace sino poner al descubierto la tremenda situación de inequidad estructural en que vive la población mundial, situación que condiciona fuertemente el modo en que esta puede reaccionar y defenderse de sus ataques. 

Pero ya que menciono una desgracia natural, convendría que aclarásemos si el virus es una de ellas, es decir, si es una fatalidad, o si es más bien un problema que conlleva algún tipo de responsabilidad humana. Este punto tiene, en la ética, una importancia decisiva: las fatalidades no son responsabilidad de nadie y, por lo tanto, no poseen un carácter ético en sentido estricto. Solo cuando hay alguna responsabilidad, podemos decir que el problema es ético y que debía o debería tomarse medidas en función de dichas responsabilidades. Por lo que sabemos del virus, lo menos que puede decirse es que su aparición está directamente vinculada con el modelo desenfrenado de crecimiento económico, de explotación tecnológica de la naturaleza y de globalización de los procesos productivos. Y también que el estado catastrófico en que la pandemia ha encontrado la situación sanitaria de muchos países es otra parte de esa responsabilidad por la que habría que pedir cuentas a alguien.

Pero, antes de dejar la cuestión del exhibicionismo, no quisiera dejar de mencionar que también frente a la expansión de la pandemia, pareciera haber existido una reacción muy fuerte de exhibicionismo de muchos predicadores, intelectuales o profetas, que se han lanzado a toda carrera a hacer declaraciones o a publicar comentarios agoreros, como si se hubiera querido aprovechar del espectáculo que ofrecía la tragedia. Me ha parecido vergonzosa esta forma de retroalimentación de la sociedad del espectáculo.  

A juzgar por lo visto en televisión, acá la cuarentena se ha cumplido a medias por razones que tienen que ver con la informalidad del país y las necesidades concretas de un amplio sector que vive “al día”. Más allá de la cuarentena oficial, cuando tengamos que convivir con el virus y no haya todavía una vacuna, ¿necesitaremos una nueva ética ciudadana; será el turno de una “ética de la solidaridad y de la participación ciudadana”?

–Bueno, he mencionado ya el problema de la desigualdad o la inequidad con que han sido recibidos los efectos de la pandemia en el mundo, así como el problema de la injusta distribución de los costos de su enfrentamiento. Por eso mismo, se habla ahora, con toda razón, no solo en el Perú, de la conveniencia ética de que se imponga un impuesto de solidaridad proporcional a los ingresos de los ciudadanos, de modo tal que se puedan compensar así las desigualdades estructurales de las que hablábamos, o también de la conveniencia de otorgar un bono o una renta básica universal que ayude a paliar los efectos inmediatos de la pandemia. 

Pero hay una cuestión más de fondo que nos ha revelado esta crisis, y es que el mal llamado “orden” mundial y el orden social están fundados en una jerarquía de valores profundamente inmoral. De acuerdo con esa jerarquía, se ha ido abandonando con el tiempo la salud pública, los servicios de vivienda y seguridad y la inversión en ciencia e investigación, y en países como el nuestro, además, se ha abandonado casi del todo la educación pública y tolerado la precariedad de la gran mayoría de los servicios a la población. Ese orden es un tremendo desorden. Esa “normalidad” es el principal problema ético, pese a que nos hemos acostumbrado a aceptarla y convivir con ella. Eso ha quedado palmariamente demostrado con el modo en que el virus cogió por sorpresa al mundo entero. Por eso, lo que más falta nos hace es un cambio radical de esa jerarquía de valores, de manera que se vuelva a colocar, o se coloque por primera vez, la necesidad de asegurar la salud, la educación, la vivienda y la investigación en ciencia como los valores más fundamentales de un nuevo contrato social.




¿Qué impacto tiene esta pandemia en la educación, en tanto proceso de formación de nuevos ciudadanos y ciudadanas?

Acabo de mencionar que la educación pública debería ser uno de los valores fundamentales de un nuevo contrato social. A este respecto, el caso del Perú es verdaderamente extraño y no puedo sino lamentar que nos hayamos vuelto tan insensibles o ciegos con el pasar del tiempo. Este es uno de los efectos más lamentables de las reformas del fujimorismo. Me refiero al abandono de la educación pública. Basta echar una mirada a los países de nuestra región, por no hablar de los países europeos, para darnos cuenta de que las mejores universidades y los mejores colegios de México, Argentina, Colombia o Brasil son públicos, mientras que en el Perú el Estado se ha desinteresado por completo de la educación, dando paso además a un empobrecimiento ostensible de la educación privada por su vinculación con el afán lucrativo. De esa manera, se ha renunciado a uno de los mecanismos más importantes de compensación y corrección de las injusticias del que disponen las sociedades del planeta, que es precisamente la garantía de una buena educación para todos. 

¿Qué es lo que más le preocupa del futuro inmediato? ¿Cuál sería su balance sobre la situación en que nos encontramos?

–Lo que más me preocupa, en realidad, es lo poco que sabemos sobre el futuro inmediato y sobre el mediato, no solo sobre la cuestión estrictamente sanitaria, sino también sobre la de la economía mundial. Pese a lo que dicen con insólita certeza tantos oráculos, hay muchísima incertidumbre sobre lo que vendrá. Quizás por eso decía el filósofo alemán Jürgen Habermas hace pocos días, con mucha ironía, que “nunca hemos sabido tanto sobre lo que no sabemos”. Si esto será un golpe fatal al capitalismo, o si no habrá vuelta a la normalidad, si nada volverá a ser como antes o si, en cambio, el capitalismo volverá a acostumbrarnos lentamente a su rutina consumística y globalizada. Sorprende mucho, por cierto, que la ciencia contemporánea, tan avanzada como parece, no sea capaz de encontrar con más rapidez un remedio contra el virus. Y es de temer sobre todo que, en esas condiciones, la pandemia no llegue a convertirse en una hecatombe en países como el nuestro.

Yo esperaría, como lo he dicho ya, que la sociedad fuese capaz de hacer un cambio radical de la jerarquía de valores que la sostiene o de fundar un nuevo pacto social en el que se dé prioridad a la atención de la salud, a la educación pública, a las condiciones de vivienda digna y a la investigación científica. Para que esto no sea solo un buen deseo, debería organizarse un movimiento social potente que surgiera de los escombros que ha regado esta crisis. Pero también me parecería razonable que tuviéramos más respeto por la incertidumbre, que no nos dejáramos seducir por los cantos de sirena de la sociedad del espectáculo y que pudiéramos guardar silencio. No tenemos idea todavía de la magnitud de lo que nos espera, y tenemos en cambio mucha idea de las tragedias personales y sociales que la crisis está dejando tras de sí. Lo que más falta nos hace es entender que estamos viviendo un duelo; aprender a respetar el duelo. 




(FIN) CCH


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Publicado: 29/4/2020
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