El inconfundible silbato retumbando entre los cañones del río Mantaro no anunciaba únicamente el paso del progreso. Hace exactamente un siglo, el arribo del primer ferrocarril a la Villa Rica de Oropesa, como se conoce también a Huancavelica, transformó la dinámica del centro del país.
De la voz quechua "Machu" al afecto popular
La denominación de este transporte guarda una raíz profundamente andina. En aquella época, la gran mayoría de los usuarios y viajeros habituales del tren eran pobladores quechuahablantes. Al observar el funcionamiento de las primeras locomotoras a vapor, notaban cómo la máquina resoplaba y humeaba con fuerza, recordando el fatigoso pero potente resoplido de un anciano. Por ello, en su lengua materna comenzaron a llamarlo entrañablemente "Tren Machu" (machu: viejo o antiguo), para referirse al "tren viejo".
Con el paso de los años, el término fue derivando popularmente en español como "
Tren Macho", una denominación que terminó consolidándose con la célebre frase: "sale cuando quiere y llega cuando puede", en tributo a esa terca resistencia para coronar su destino a más de 3,600 metros sobre el nivel del mar a pesar de las constantes fallas mecánicas.

Esa relación afectiva marcó a enteras generaciones de huancavelicanos. Así lo atestigua el maestro Albino Benito Suaznabar, de origen acoriano, quien rememora haber viajado en el Tren Macho desde el vientre de su madre. Con viva emoción, él recuerda el cariño entrañable que el pueblo profesaba hacia la locomotora, a la que no veían como un simple medio de transporte, sino como un integrante más de la gran familia andina.
Esta parsimonia dio pie a infaltables anécdotas en la ruta. En el distrito de Yauli se popularizó la historia del campesino a quien el maquinista ofreció llevar mientras cargaba un pesado haz de leña; el hombre, agradeciendo la intención, le respondió entre risas: “No se preocupe, papay... yo tengo prisa, voy a llegar antes que el tren”.
El riel de la fiesta y la tradición
Más allá del impacto económico, el ferrocarril fue el corazón de la vida cultural y festiva. En la histórica estación del barrio de Santa Ana, los mayordomos y devotos esperaban con impaciencia la llegada de las bandas de músicos que llegaban del Valle del Mantaro. Al divisar la columna de humo a lo lejos, el estruendo de los cohetes anunciaba el inicio de celebraciones emblemáticas como los Negritos en enero, la Bajada de Reyes en febrero y la Fiesta grande de las Cruces. Entre potajes y bebidas tradicionales, la llegada de los músicos marcaba el rompefilas festivo, un rito que hasta hoy se representa de manera simbólica.

Un festín en cada parada y su eco musical
En el trayecto desde la estación de Chilca (Huancayo) hasta Huancavelica, pasando por Izcuchaca, Mariscal Cáceres, Acoria y Yauli, cada parada se convertía en una auténtica feria gastronómica. Apenas la locomotora frenaba, las vivanderas abordaban los vagones ofreciendo chicharrones, lechón, papas y choclo con queso fresco, tunas, blanquillos, chicha de moye, yucas con huevo, frutas de la zona y dulces tradicionales a los viajeros.
Toda esta vivencia sobre rieles floreció en la música popular, inmortalizándose en el huaino "Trencito Macho Huancavelicano", obra del recordado profesor y compositor pampino Claudio Paulino Torres Torres (fallecido en julio de 2023), que entre penas y alegrías los recuerdos quedan en la añoranza de que alguna vez vuelva a la vida, con una moderna locomotora.

A 100 años de aquel primer recorrido, el Tren Macho permanece grabado en el corazón huancavelicano como el símbolo de una región que, ante cualquier reto, siempre sabe llegar a su destino.
Publicado: 23/10/2026