sino que funcionan como una "máquina del tiempo" para medir el impacto real del cambio climático y el retroceso de los glaciares en el polo sur, un fenómeno cuyas consecuencias afectarán directamente a las costas de nuestra región.
Las muestras y datos recolectados en esos viajes, tras análisis en laboratorio, arrojan descubrimientos significativos sobre la
biodiversidad marina antártica y su respuesta a los cambios ambientales.
"Estos hallazgos son el resultado de un trabajo sostenido y riguroso de nuestros investigadores en uno de los lugares más extremos del planeta. Cada especie identificada, cada dato recolectado, nos acerca más a comprender cómo el cambio climático está transformando los ecosistemas antárticos y, con ello, el equilibrio global de nuestro planeta", señala Marie Anne Gálvez, decana de la carrera de Biología Marina de la Universidad Científica del Sur.
Entre los hallazgos más relevantes de estos años de expediciones se encuentran los siguientes, que en conjunto revelan la biodiversidad oculta del continente antártico y su vínculo con el
cambio climático:
1. Esponjas antárticas: hallan 12 especies sin registro previo en la Bahía Almirantazgo. Durante las expediciones científicas ANTAR XXVI y XXVII (en 2019 y 2020), un equipo de investigadores a bordo del buque BAP Carrasco extrajo muestras de sedimento del fondo marino (llamados núcleos o testigos de sedimento) en la Bahía Almirantazgo, ubicada en la Isla Rey Jorge.
Al estudiar estas muestras, los científicos analizaron las espículas, que son los microesqueletos fosilizados de las esponjas marinas. Gracias a estos diminutos restos, identificaron 27 grupos distintos de esponjas en la zona. Sin embargo, se llevaron una sorpresa: solo 7 de ellos ya estaban registrados en la Bahía Almirantazgo.
De los restantes, 8 pertenecían a zonas cercanas, pero 12 especies resultaron ser completamente nuevas para esta localidad y sus alrededores.
El análisis de estos microesqueletos fosilizados funciona como una "máquina del tiempo" que permite a los científicos reconstruir cómo han cambiado las poblaciones de esponjas a lo largo de los años. Además, ayuda a comprender cómo impactan en la vida marina fenómenos como el choque de icebergs, los fuertes vientos y oleajes, la falta de oxígeno en el agua, el calentamiento del mar o la contaminación local.
2. Briozoarios antárticos: 36 especies registradas en Ensenada Mackellar, Antártida
En la Ensenada Mackellar, a pocos metros de la Estación Científica Antártica Machu Picchu (ECAMP), se identificaron 36 especies de briozoarios, organismos marinos que viven fijos en el fondo del océano y se alimentan filtrando el agua.
Aunque microscópicos, construyen estructuras que sirven de refugio para decenas de otras especies, comportándose como arquitectos del ecosistema marino. Las muestras fueron recolectadas en cuatro expediciones peruanas entre 2017 y 2023.
Hasta este estudio, no se sabía qué especies de briozoarios habitaban las aguas cercanas a la única estación científica del Perú en la Antártida.
Este descubrimiento llena ese vacío y le da al país algo fundamental: una línea base, es decir, un punto de partida documentado que permite comparar en el futuro si la biodiversidad de esa zona aumenta, disminuye o cambia de composición. Sin esa referencia, es imposible medir el impacto del cambio climático en el entorno antártico.
Además, los briozoarios cumplen un rol silencioso pero crítico en la lucha contra el calentamiento global: absorben dióxido de carbono del agua y lo almacenan en sus estructuras en el fondo marino, un proceso conocido como secuestro de carbono azul (la capacidad del océano de capturar y retener carbono).
Lee también:
Investigadoras peruanas viajan a la Antártida para investigar el cambio climáticoEn un contexto donde los glaciares antárticos retroceden a un ritmo sin precedentes, comprender quiénes habitan ese fondo marino y cómo responden a esos cambios es clave para anticipar el futuro de uno de los ecosistemas más vulnerables del planeta.
3. Clorofila-a en aguas antárticas: primera medición peruana en la expedición de circunnavegación costera más grande del continente blanco
Durante el verano austral 2024-2025, investigadores peruanos participaron en la Expedición Internacional de Circunnavegación Costera Antártica (ICCE) efectuada a bordo del rompehielos ruso RV Akademik Tryoshnikov, logrando medir por primera vez alrededor del continente la concentración de clorofila-a, un pigmento que permite estimar indirectamente el fitoplancton, aquellas algas microscópicas que forman la base de toda la cadena alimentaria marina.
Los niveles más altos, entre 2.5 y 3.5 mg m?³, se detectaron en las zonas costeras y la plataforma continental, posiblemente asociados al deshielo que fluye hacia el mar, el cual introduce nutrientes clave en el ecosistema costero.
Estos niveles no son estables: el fitoplancton antártico es muy sensible a la cantidad de hielo marino, la luz disponible y la velocidad del viento, factores que el cambio climático está alterando aceleradamente.
Su importancia va más allá de la cadena alimentaria, estas microalgas absorben grandes cantidades de dióxido de carbono del océano, como lo hacen los bosques en tierra. Si sus poblaciones disminuyen o se desplazan, la capacidad del océano para capturar carbono se reducirá, acelerando el calentamiento global; al mismo tiempo, las especies que dependen de ellas, desde el krill hasta las grandes ballenas, perderán su principal fuente de alimento.
En consecuencia, esta medición establece una línea de base indispensable para evaluar, en futuras expediciones, si este proceso ya está en marcha.
"Estos hallazgos demuestran que aún hay mucho por descubrir en la Antártida. Entender la biodiversidad de estos ecosistemas y cómo ha variado en el tiempo es esencial para
predecir los impactos futuros del cambio climático, no solo en el continente blanco sino en todo el planeta", afirma Marie Anne Gálvez, decana de la carrera de Biología Marina de la Universidad Científica del Sur.
Estos hallazgos fueron compartidos oficialmente en el Seminario Internacional "La Antártida como centinela del cambio climático", coorganizado por la Dirección de Asuntos Antárticos del Ministerio de Relaciones Exteriores y la carrera de Biología Marina de la Universidad Científica del Sur, con el respaldo de la International Association of Cryospheric Sciences (IACS).