Escribe: José Vadillo VilaLa historia es sencilla: el curador Almerindo Ojeda compró en un mercado anticuario de Lima un álbum que podía dar luces sobre cómo trabajaban los pintores en un periodo poco estudiado: entre fines del virreinato e inicios de la república.
El portafolio llevaba en la contratapa la rúbrica del primer dueño: Fermín Cueba, un pintor decorativo limeño, activo en ese periodo. La rúbrica coincidía con la de un recibo de 1800, en el cual un carpintero subcontrató a Cueba por 16 pesos.
Ojeda indagó en fuentes bibliográficas como Artífices en el Virreinato del Perú (1945), del arquitecto Emilio Harth Terré, en el que se cuenta la historia sobre la reconstrucción del cabildo capitalino, y se cita entre los trabajadores a Cueba. El investigador descubrió, además, que el pintor fue hermano de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. Con el dato se corroboró su identidad.
Muestrario
Las reproducciones del álbum original, página por página, suman más de 150 grabados y dibujos antiguos que se exhiben en cajas de luz en la muestra El Álbum Cueba. El repertorio visual de un pintor limeño del crepúsculo colonial.
Pero ¿cuál es su importancia? El álbum compendia grabados que llegaban a Lima desde centros artísticos de Europa y servían como muestrario de los trabajos que podía hacer el pintor a sus clientes. Los artistas encuadernaban estos álbumes para protegerlos.
Se trata de un único ejemplar de su tipo: en América Latina no se encuentra álbumes similares enteros porque a los anticuarios les sale más rentable venderlos por páginas. Inclusive en Europa solo se conserva completo un grupo reducido, entre ellos el que perteneció al italiano Salvator Rosa, del siglo XVII.
Técnicas y estilos
Copiar grabados de pinturas fue una costumbre que se mantuvo por siglos. Las manchas de pintura permiten corroborar el uso dado a los grabados.
Los artistas utilizaban una técnica de “calco dorsal”: ponían el grabado contra la pared, contra la ventana y calcaban por el dorso el contorno la silueta. Esta técnica, dice Ojeda, “facilitaba” la “transferencia” a un lienzo. Se trabajaba el sombreado con cuadrículas: mayor número de rayas significaba mayor densidad, ergo, mayor oscuridad… Todo ello daba la ilusión de tridimensionalidad en las obras.
Algunos incluían su propia impronta. Por ejemplo, pintores de la Escuela Cusqueña, como Diego Quispe, reproducían los grabados europeos y planteaban elementos propios sobre el lienzo.
Religioso y profano
Las piezas de grabador que coleccionaba Fermín Cueba son en 90 % obras de arte religioso y en el menor porcentaje, profanas.
Cueba pintaba en el Cabildo de Lima en 1800, y sabía del levantamiento de Túpac Amaru II y otros movimientos. A partir de 1821 decae la demanda por el arte religioso y el cuidado de las iglesias limeñas. Desaparecen así los principales clientes para los pintores: la nobleza y la Iglesia. Surge una nueva clase social: los comerciantes, y el gusto por lo profano avanza.
A la muerte del propietario original, el álbum cambió de dueño. No aparece su nombre. No le daba la importancia artística que sí le otorgó Cueba. Según el curador, se puede deducir que le dio otro uso, más de coleccionista de figuritas.
Datos:
El Álbum Cueba. El repertorio visual de un pintor limeño del crepúsculo colonial va en el Museo de Grabado Icpna (Av. Javier Prado Este 4625), Hasta el 12 de septiembre, De martes a sábado, de 10 a. m. a 7 p. m. Ingreso libre.
Descargue en este enlace y lea la edición completa del suplemento Variedades.
Publicado: 23/7/2026