Su historia comenzó en casa, junto a dos hermanos con síndrome de Down. Allí nació una vocación que la llevó a dedicar 39 años a la educación especial, acompañando con paciencia, respeto y compromiso el aprendizaje de niños y jóvenes con discapacidad, siempre convencida de que todos tienen la aptitud de aprender.
Hay recuerdos que nunca se borran. Katy Luna guarda uno desde que era niña. Ella reunía a sus hermanos para jugar a la escuelita. Siempre quería ser la maestra. Sin darse cuenta, ese juego infantil marcaría el rumbo de su vida.
Hoy, después de 44 años de carrera, recuerda su trayectoria con gratitud. "Si volviera a nacer, volvería a ser profesora", afirma sin dudar, convencida de que la educación especial no solo marcó su vida profesional, sino también su forma de entender el mundo.

Recuerda una conversación con su madre que marcó su vida. Un día le preguntó por qué su hermano Samuel no sabía leer ni escribir si era mayor que ella. La respuesta fue sencilla, pero inolvidable: "Él sabe hacer muchas cosas que tú no sabes y tú sabes otras que él todavía no puede hacer", respondió su progenitora. Esa frase cambió para siempre su manera de mirar el mundo.
Aunque comenzó su carrera como profesora de educación inicial, sintió que su lugar estaba en la educación especial. Se especializó y, en 1987, llegó al CEBE 08 Perú Holanda. Nunca más quiso irse.
Durante casi cuatro décadas, ha comprobado que enseñar va mucho más allá de explicar una lección.
"Muchas veces significa descubrir cómo comunicarse con un estudiante que no habla, interpretar una mirada, una sonrisa o un pequeño gesto", refiere. Con ese propósito, aprendió lengua de señas y mantuvo una formación permanente a lo largo de su carrera.
"Cada niño ha sido un reto diferente", cuenta. Pero también reconoce que cada uno le ha regalado una enseñanza sobre la paciencia, la perseverancia y la esperanza. Su trabajo no termina cuando suenan las campanas del colegio.
Reunirse con las familias, coordinar con médicos, terapeutas y especialistas forma parte de una tarea que tiene un solo propósito: que sus estudiantes sean cada día más autónomos y felices.
Ese compromiso hoy se refleja en los talleres de tránsito a la vida adulta. En quinto y sexto grado, los estudiantes elaboran kekes, los venden en ferias y aprenden a administrar el dinero que obtienen. Son pequeños pasos que les permitirán desenvolverse cuando dejen la escuela.
La historia que más orgullo le produce es la de Eduardo, uno de sus exalumnos.
Gracias a lo aprendido en el taller de pastelería, hoy trabaja vendiendo los productos que elabora en la cafetería de una universidad. "Verlos salir adelante es el mejor premio que puede recibir un maestro", afirma.
Huellas imborrables
Hace unos meses vivió uno de los momentos más emotivos de su carrera. Un hombre se acercó y la saludó en lengua de señas. Era uno de los primeros alumnos que tuvo cuando llegó al colegio, en 1987. Hoy está casado, tiene dos hijos y trabaja en una panadería. Ella lo abrazó sin poder contener las lágrimas.
Aquel reencuentro le recordó que el verdadero legado de un maestro se refleja en la vida que construyen sus estudiantes.
Además de su experiencia en las aulas, Katy Luna obtuvo una maestría en Administración y un doctorado en Gestión Pública. Aunque este año se jubilará, no piensa alejarse de la educación. Su propósito es seguir trabajando para fortalecer la educación especial desde otros espacios.
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Publicado: 6/7/2026