Urnas: mi primer voto... hasta el amanecer (crónica)

A días de las Elecciones Regionales y Municipales 2026, el cronista recuerda su debut como miembro de mesa.(*)

El joven cronista cuenta su experiencia como titular en una mesa de votación, en Trujillo, durante las elecciones de abril. Foto: Robert Flores/generado con IA

El joven cronista cuenta su experiencia como titular en una mesa de votación, en Trujillo, durante las elecciones de abril. Foto: Robert Flores/generado con IA

10:29 | Lima, oct. 1.

Alumno: Robert Flores
Centro de estudios: Universidad Privada del Norte

Se supone que la primera vez que uno sufraga debería ser una tarea sencilla: esperar el turno, recibir la cédula y marcar. Sin embargo, nadie te advierte que podría convertirse en una jornada de casi 24 horas metido en el salón de un colegio.   

El 29 de enero, varios amigos celebraban en las redes sociales porque no eran miembros de mesa. Entré al sistema de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) esperando el mismo resultado, hasta que vi mi nombre junto a un cargo: presidente de mesa.  

La noticia tuvo un sabor agridulce. Por un lado, estaba la emoción de mi primer voto; por otro, la molestia de asumir un rol que no quería por la mala experiencia de mi hermano en la elección anterior. 

Asistí a las dos capacitaciones que dio la ONPE. Creí que en la primera entendería todo, pero salí más confundido: el proceso de escrutinio resultaba más enredado de lo que parecía.  Esta confusión no era casual. A las Elecciones Generales 2026 postularon 36 candidatos a la presidencia. Otra novedad fue el retorno de la bicameralidad. Todo ello terminó haciendo el proceso electoral más largo y complejo. En la segunda capacitación, se aclararon las cosas, aunque no para todos.  

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Por suerte, el colegio donde me tocaba votar estaba a solo cuatro cuadras de mi casa. Llegué a las 6:02 a.  m. Los policías vigilaban la entrada; el personal de la ONPE y del JNE estaban dentro del local. Lo que faltaban eran miembros de mesa. Una señorita de la ONPE me preguntó si yo era uno. “Presidente de mesa”, respondí. “¡Llegó mi presidente de mesa!”, exclamó con entusiasmo. 

En el aula asignada ya se encontraban el primer y segundo suplente. El tercer miembro titular apareció con un certificado médico, y fue reemplazado por el primer suplente. Finalmente, la mesa se completó con la llegada de la secretaria. 

Trajeron el material electoral en una caja. Al abrirla, comenzó el primer reto: firmar las 300 cédulas antes de la 7 a. m. Terminamos más de media hora después. 

A las 7:26 a. m., fui a la cabina de votación. Marqué el símbolo de mi candidato y deposité la cédula en el ánfora. Luego votaron mis compañeros y los suplentes, quienes ya se iban retirando. 

Al final, quedamos tres en el salón. Yo estaba sentado en el centro; a mi izquierda, la secretaria, una madre soltera de 42 años; a mi derecha, el tercer miembro, un oficial retirado que había trabajado 33 de sus 67 años en la Policía. 


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Los votantes empezaron a llegar en grupos pequeños, por intervalos. La emoción se fue diluyendo y aparecieron ciertos problemas.  

El primero, la cédula de votación. Una hoja de 44 cm que la gente recibía y no sabía cómo llenar. Nos preguntaban cómo sufragar. Eran los suficientes para darse cuenta de que algo se hizo mal. 

Cerca de las 11 a. m., nos indicaron que las votaciones se alargarían una hora más. El tiempo se tornaba cada vez más pesado. Para combatir las horas muertas, el tercer miembro se soltó a cantar. Era como tener una radio dentro del salón. 

***
Cuando el reloj marcó las 6 p. m., se cerraron las puertas de la institución educativa y empezó el proceso más complicado: el escrutinio. Apareció otra realidad: muchos votos en blanco y votos nulos. La cédula extensa y la falta de orientación habían hecho su efecto. 

Terminamos el conteo presidencial alrededor de las nueve de la noche, pero aún faltaba llenar actas, cuatro por cada elección, sin margen de error: un dato mal escrito significaba comenzar de nuevo. Y así pasó varias veces. El agotamiento se reflejaba en números equivocados o palabras fuera de lugar. Además, se debía esperar la validación del personal de la ONPE, que podía tomar una hora. Debíamos repetir el mismo proceso para las actas de presidenciales, de diputados, senadores y representantes del Parlamento Andino. 

Cerca de la 1 a. m., la secretaria se quedó dormida tras preguntar muchas veces si ya podía retirarse. La respuesta siempre fue la misma: no. Le preocupaba su hijo, pues tenía que llevarlo al colegio al día siguiente. 

El tercer miembro y yo resistimos hasta el final. A las 2:30 a. m., iniciamos el último conteo. Incluso la única personera presente cabeceaba mientras vigilaba el proceso. 

A las 5 a. m. terminamos; la secretaria despertó para ayudarnos a ordenar los documentos. En total, llenamos 40 actas para que solo 16 quedaran como oficiales. Media hora después, dejamos todo en orden y salimos del aula. 
En el primer piso, otras mesas seguían contando votos mientras que en el patio algunos representantes de la ONPE y del JNE dormían en el suelo, vencidos por la jornada. 

Salí del colegio casi a la misma hora en la que me había levantado el día anterior. Nunca imaginé que sería un día tan largo como esa cédula que muchos durante el día llamaron “sábana”.

Dato: 
- Descargue en este enlace el número 21 del suplemento La Crónica Universitaria. 

(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.


(FIN) RF/JVV


Publicado: 1/10/2026