Testimonio de un migrante: lecciones para resistir a una ciudad

Este es el relato de resiliencia de Alfredo Huayllasco, quien llegó de Huanta a Lima. (*)

El relato de resiliencia de Alfredo Huayllasco, quien llegó de Huanta a Lima, resume la historia de miles de migrantes andinos que llegaron a la capital. Foto: ANDINA/Difusión

El relato de resiliencia de Alfredo Huayllasco, quien llegó de Huanta a Lima, resume la historia de miles de migrantes andinos que llegaron a la capital. Foto: ANDINA/Difusión

11:52 | Lima, oct. 15.

Alumna: Lizeth Huayllasco Cáceres 
Centro de estudios: Universidad de San Martín de Porres

Mientras el Perú aún arrastraba las consecuencias del terrorismo, Lima crecía en silencio, alimentada por historias que casi nadie contaba; relatos de personas que llegaban con una maleta pequeña y una vida entera a cuestas. Mi padre fue uno de ellos.

Salió de Huanta, Ayacucho, cuando la violencia dejó de ser un rumor y empezó a instalarse en la vida cotidiana. No hacía falta entender todo lo que pasaba; bastaba con saber que quedarse era un riesgo. 

“Había que irse nomás”, dice Alfredo, mi padre, con esa forma tan suya de resumir lo difícil sin dramatizarlo. Pero “irse” no significaba empezar de nuevo: era iniciarse sin nada en los bolsillos.

Aprender a sobrevivir
La capital no lo esperaba; él tampoco sabía qué esperar de ella. Las calles eran largas, rápidas, ajenas. Nadie se detenía. Nadie preguntaba. Con ese ritmo tuvo que aprender a sobrevivir.

Vendía zapatos donde podía, caminando entre la gente, ofreciendo lo poco que tenía. “A veces no salía nada”, recuerda, “pero igual tenía que seguir”.

Había días sin venta y noches sin lugar fijo, durmiendo en las bancas de un hospital. El frío, la inseguridad y el cansancio formaban parte de una rutina que no dejaba espacio para pensar.

Le tomó tiempo entender la ciudad no porque esta se volviera más fácil, sino porque él se hizo más fuerte. Aprendió a hacer de todo –electricidad, construcción, reparaciones– hasta conseguir un trabajo fijo en mantenimiento de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Para entonces ya había logrado algo más: un lugar propio en el barrio de Cinco Esquinas. Por fin pudo dejar de mirar al suelo como cama improvisada. “Ya estaba tranquilo”, recuerda.

En esa tranquilidad empezó otra vida. Conoció a mi madre, formaron una familia, llegaron los hijos. Incluso en sus días más ajustados, ayudaba en el restaurante de su hermana: trabajar no era solo una necesidad, también su forma de sostenerlo todo.


Perder y volver a empezar
En los años noventa, el país cambiaba: reformas económicas, decisiones políticas, palabras lejanas que no se entendían del todo pero empezaban a sentirse en los bolsillos.

Fue en diciembre, al recoger la canasta navideña en la universidad, cuando la gente empezó a gritar: “¡Salió una lista de despedidos!”. Se acercó por curiosidad y, al revisar los papeles, vio su nombre. “Sentí que el mundo se me caía encima”, recuerda.

De un día para otro se quedó sin trabajo. Ya no era aquel joven que había llegado a Lima sin nada. Ahora tenía una familia y una responsabilidad que iba más allá de sí mismo. La incertidumbre lo invadió. “¿Y ahora qué hago?”, se preguntó.

Volvió a hacer lo de siempre: moverse.

Ayudaba donde podía. Hacía arreglos, buscaba trabajos, resolvía como fuera. No había garantía de ningún puesto, pero sí una urgencia que no permitía detenerse, pero esta vez no estaba solo.

Hermes, un amigo del trabajo, se quedó trabajando en la universidad. Sin que mi padre lo supiera, insistió, presentó solicitudes y movió lo que pudo desde adentro. No por obligación sino amistad. Un año después, mi padre pudo volver a su centro de labores.

Desde entonces, Hermes dejó de ser solo un amigo; se volvió alguien más cercano a un hermano; porque en una ciudad que muchas veces obliga a arreglárselas solo, encontrar a alguien que no se olvida de uno también es una forma de resistencia.

Hombre de silencios 
Mi padre nunca ha sido un hombre de grandes palabras. No habla de su historia como algo extraordinario: la cuenta simple, como si todo hubiera sido parte natural de la vida, pero no lo es. Su vida está hecha de silencios, noches difíciles, trabajos que aparecen y desaparecen; de aprender a hacer de todo porque no había otra opción. No se podía dar el lujo de parar porque detenerse podría costarle demasiado. Y también está hecha de volver: después de caer, después de perder, incluso sin la certeza de que valga la pena.

Al final, su historia no trata solo de haber llegado a Lima ni de haber perdido un trabajo. Trata de algo más simple y difícil: no rendirse, sostenerse, incluso cuando todo parece derrumbarse. Trata de entender que, a veces, la vida no se construye avanzando sino resistiendo, y que seguir, aún en silencio, también es una forma de quedarse.

Dato: 
- Descargue en este enlace el número 22 del suplemento La Crónica Universitaria. 

(*) El suplemento La Crónica Universitaria es una apuesta del Diario Oficial El Peruano y la Agencia de Noticias Andina para poner en valor los textos de periodismo narrativo elaborados por estudiantes de las diferentes universidades de todo el país.

(FIN) LHC/JVV


Publicado: 15/10/2026