La intensidad de una celebración puede medirse en los rostros y los movimientos de sus danzantes e invitados. El hatum tupanakuy, la fiesta grande del carnaval ayacuchano, encarna el terco empeño de un pueblo por perdurar en sus costumbres.
Domingo, dos de la tarde en Ayacucho, este "rincón de los muertos" que bufa en el intento por quitarse de encima el lastre del terror y el olvido. Mucho tiempo, tanto dolor. Y en medio de ese trance, emerge intacto el carnaval, la celebración y el reencuentro con la Pachamama.
Medio centenar de comparsas –unas más, algunas menos– han llegado desde las comunidades rurales que salpican el mapa de las once provincias ayacuchanas. Las convoca la Madre Tierra para el hatun tupanakuy, la fiesta grande del carnaval que comienza en enero y se interna hasta bien avanzado febrero. Percibo en este cónclave alborotado un empeño por perdurar en la costumbre.
Los danzantes llegan ataviados a la usanza del ande: colores encendidos, sombreros de paño, serpentinas, pantalones de bayeta, ojotas, pellejos de animales en señal del triunfo del hombre sobre la tierra. Los carnavales ayacuchanos tienen algo de desborde, de alud, de huaico, de movimiento telúrico.
La ceremonia comienza con el ancestral pago a la tierra, tal como los invitados aprendieron de sus padres. La cadena de transmisión de saberes de una generación a otra no va a romperse nunca en Ayacucho. Aquí hay gente de Vinchos, Pichari, Víctor Fajardo, Concepción, Chiara, Tambillo, Paccha.
A los costados de la cancha principal del barrio de Canaan Bajo, las comparsas ensayan sus coreografías y desplazamientos. Niños, adultos y ancianos entonan cánticos en quechua, cada cual más sonoro y sentido.
Nadie se niega a posar para la foto, todos te regalan una sonrisa. Y, entonces, los dientes de oro con incrustaciones en forma de corazón y estrella saltan a la vista. La vida fluye con energía en el territorio de Ayacucho (Textos y fotos Carlos Lezama).
(FIN) DOP/RES
Publicado: 22/1/2016