Homenaje a Lucho González: el adiós a una forma de interpretar la guitarra

Fue compositor, arreglista e instrumentista. Dejó un trabajo vital para la música contemporánea en Latinoamérica.

Lucho Gonzáles, arreglista, instrumentista, compositor y productor. Su trabajo permitió poner en valor los ritmos peruanos y siguió el legado de Chabuca Granda.

Lucho Gonzáles, arreglista, instrumentista, compositor y productor. Su trabajo permitió poner en valor los ritmos peruanos y siguió el legado de Chabuca Granda.

11:40 | Lima, mar. 31.

Escribe: José Vadillo Vila

Fue uno de los guitarristas peruanos más famosos en el territorio hispanoamericano. Lucho González Cárpena (1946-2026) dejó su excelente factura en múltiples trabajos, en colaboraciones con diversos artistas.

Embajador silencioso de la cultura y la música del Perú, su extensa obra como instrumentista, compositor, arreglista y productor, permitió promover el repertorio y los ritmos peruanos, fuera de las fronteras. De esta manera, y siguiendo a su maestra Chabuca Granda, la marinera, el vals, el landó, verbigracia, siempre estuvieron en sus propuestas sonoras, en las huellas de su creatividad. Sobre todo, Lucho González unió puentes musicales entre el Perú y la Argentina. 

La especialidad del guitarrista limeño fueron los géneros latinoamericanos, que ya es hablar de un océano. Lo recuerdo al final de la última entrevista, hace unos años, en su departamento en Miraflores, mirando al mar, explicándome las bondades sonoras de la guitarra La Alpujarra (no recuerdo la serie, dispénsenme). Él, que había probado cientos de guitarras, me explicaba que dicho instrumento era ideal para el folclor hecho en esta parte del mundo. Siguiendo su consejo, hoy varios guitarristas peruanos de música costeña y andina utilizan esta marca de guitarras.

Huella y presencia de Chabuca 
Y, claro, Lucho González tenía un doctorado en la música de la cantautora Chabuca Granda (1920-1983), quien descubrió su talento para armonizar y arreglar canciones cuando era aún un joven veinteañero: cursaba el cuarto año de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú, cuando Chabuca le invitó a una gira por Argentina y él decidió dejar su futuro entre juzgados y normas legales, por la música. 

En una cadena al cuello, Lucho González llevaba colgados sus dos creencias: una cruz y una clave sol. Y su beata musical, decíamos, fue Chabuca. 

“Mi amor por la música de Chabuca es tan grande como la deuda externa de los países latinoamericanos”, me sintetizó allá, en 2009, cuando retornó a Lima para presentar su álbum Chabuca de cámara. Lucho González, una finura, que elaboró junto a un pequeño grupo de cámara. Era el disco que materializaba después de tantos años tenerlo en mente. La prensa especializada en Argentina fue muy elogiosa con el álbum.

El guitarrista tenía una cábala: en sus trabajos siempre trataba que “aparezca”, se incluya una canción de Chabuca o, simplemente, sobre el entarimado, la mencionaba. Así, Chabuca Granda era “la persona” que lo acompañaba por todos los escenarios del mundo. 

Aunque trabajó a su lado entre 1968 y 1981, jamás la tuteó. Al veinteañero la compositora lo respetaba y lo llamada “don Lucho”; así lo presentaba en las giras que realizaron. 

Fue la maestra quien le recomendó no jugar el fútbol porque podría malograrse las manos. González no lo hizo tan mal en el balompié, porque un tiempo jugó por Universitario, contaría. Ella lo introdujo a su círculo de amigos, artistas, empresarios, políticos. Él dejó el rugby, los partidos de fútbol, para dedicarse de lleno a su carrera. La última vez que tocó con ella fue la ciudad de La Plata, la noche del 8 de setiembre de 1981.


Búsquedas sonoras 
Después de trabajar con Chabuca, se fue a España, donde se unió al grupo de Víctor Manuel y Ana Belén, en las giras por el Viejo Mundo. 

Luego, a mediados de los años setenta, se sumó al equipo de Mercedes Sosa, impregnando ese sonido que sabía a Perú (en Youtube se puede apreciar la versión de ambos de “El puente de los suspiros”, “María Landó”, que hicieron junto a Pedro Aznar). 

Con la colosal cantante hicieron giras por Europa y el norte de África. En 1976, Lucho González participó en la grabación que hicieron en Brasil Mercedes Sosa y Milton Nascimento, una delicada versión de “Volver a los 17”, de Violeta Parra. 

El guitarrista tenía un pie en el Perú y otro, en Argentina. Eran los difíciles años ochenta en nuestro país y en Lima trabajó con músicos creativos de su generación -Coco Salazar, Raúl Pereyra, Miguel “Chino” Figueroa, Andrés Soto-, en la fusión del rock con nuestros géneros criollos y afroperuanos. 

Fusiones, pedagogía musical 
Por esos años, empezó a desarrollar también su vena como compositor. En Buenos Aires, en 1985, participó del emblemático trío Vitale-Baraj-González, junto con el pianista Lito Vitale y el saxofonista Bernardo Baray, con una energía y rítmica impresionante. Ahí, si uno escucho con detalle, incluyó esos acentos que llevaban a las aguas de lo peruano. A la par, empezó a desarrollar su labor de docente, volcando sus conocimientos de la música académica, que había estudiado en la capital bonaerense. 

Dos años después, en 1989, formó parte de otro proyecto: Nebbia-Baraj-González, música en otra clave, otras búsquedas sonoras, alrededor de la voz de Litto Nebbia: Musiqueros es otro disco histórico en la Argentina.

Por todo ello, a la noticia de su muerte el Instituto Nacional de la Música de Argentina (Inamu) lamentó la partida del guitarrista, compositor y productor argentino-peruano, destacando “su gran aporte a la música”, en el cual articuló “elementos del folclore peruano, argentino y brasileño”. Subrayaba el Inamu, entre sus aportes, el método de enseñanza “Siembra musical”, que desarrolló, primero, en la Universidad Nacional de Villa María y, después, en otros países de América Latina. Y el trabajo como capacitador en armonía estructural, en este prestigioso instituto. 


Los Hijos del Sol
En el Perú se le conoce sobre todo por el supergrupo que creó: Los Hijos del Sol. En ese ensamble único, figuraban músicos ya de renombre en el extranjero como Alex Acuña en la percusión y los hermanos Oscar y Ramón Stagnaro, junto a ellos estaba Chino Figueroa y Roxana Valdivieso, entre otros. 

El grupo grabó un álbum en Los Ángeles (Estados Unidos), al cual se sumarían músicos de primerísimo nivel como los vientistas Paquito D’Rivera, Ernie Watts y Wayne Shorter. Ofrecieron conciertos en Brasil, Argentina, Chile y el Perú. 

De esta manera, la música peruana, con sonidos contemporáneos, y en una grabación de alta calidad técnica, llegaba a otros mercados. Fue otra de sus apuestas de Lucho González. En el Perú, se popularizó en las radios su versión de “El tamalito”, composición de Andrés Soto, en la voz de Eva Ayllón. Lo tomarían como ejemplo nuevos artistas para desarrollar otros caminos con la música criolla. Seguramente, ese trabajo le hubiera encantando a Chabuca Granda.   

El maestro de la armonía tenía una hipótesis “si algo no evoluciona, muere”. Buscaba nuevos sonidos y lo aplicó a la música que más amaba desde la cuna: la música peruana. Como escribió la conductora de televisión y melómana Mabela Martínez: “Ha partido ‘Lucho’. Su guitarra marcó varias generaciones; anduvo al lado de Chabuca y de tantos en busca de un nuevo sonido. Atrevido e innovador, pero siempre peruano. Todo guitarrista siempre recurrirá a su discografía y colaboraciones”.

Entre gigantes
Estaba habituado a vivir entre gigantes y siempre mantuvo un perfil bajo, una humildad que Chabuca le dijo era de los grandes. Lucho González también grabó discos y participó en giras de figuras mexicanas, argentina y españolas como José José, Marco Antonio Muñiz, Fito Páez, Alejandro Lerner, Libertad Lamarque, Joan Manuel Serrat, Diego Torres, Vicentico, La Sole y Tania Libertad, entre muchos otros. Con otro grande de las seis cuerdas, Luis Salinas, desarrolló el espectáculo “El Guitarrazo”. 

“Fue uno de los amores de mi vida. Una persona entrañable, artista apasionado y maestro del bien dotado con el don de la música. Fue uno de mis referentes totales y un faro de luz dentro de la música peruana. Hijo pródigo de Chabuca Granda y gran conocedor de todas las materias musicales”, sintetizó Fito Páez al enterarse de su partida.

Con Fito, por ejemplo, colaboraría en varios proyectos. Sus arreglos, le daría esos acentos que permitieron hilvanar con naturalidad marinera y chacarera en la famosa canción del rosarino, “Detrás del muro de los lamentos”. 


Sonidos de casa
Con una periodicidad que le permitían sus actividades, siempre retornaba a Lima, cada vez que su agenda se lo permitía, para realizar presentaciones, para escuchar a los nuevos talentos, y reconocerse en esos sonidos que seguían vivos en peñas, casas de familia y la bohemia. 

¿Dónde había nacido este amor por la música? Venía de prosapia. Su padre fue Javier González, vocalista de Los Trovadores del Perú, conjunto que cosechó éxitos en el Perú y Argentina. A casa llegaban artistas de renombre del cancionero nacional como Los Embajadores Criollos o Jesús Vásquez, en un largo etcétera. 

A los 7 años de edad, Lucho ya tenía resuelto ser guitarrista, pero su padre se lo prohibió: conocía de primera mano esa vida bohemia y las largas ausencias familiares que provoca la música. De nada sirvió, porque a espaldas de don Javier, sus propios guitarristas enseñaron al pequeño Lucho los primeros acordes. A los 10 años sorprendió a su papá tocando un vals como regalo de cumpleaños. Entonces, le regalaron su primera guitarra y comprendió que la música sería su religión. 

Había nacido en el Perú, pero a los tres meses ya estaba en la Argentina. Cuando cumplió los 16 su familia retornó a Lima, estudió en el colegio militar Leoncio Prado y cursando los estudios de Derecho fue cuando Chabuca Granda lo escucha y le lanza esa oferta que decidió su vida: los estudios universitarios o la música. Optó por lo segundo. 

La calidad de la música andina peruana 
En 2015 volvimos a conversar y me comentó que le conmovía la música de la andina. “Escuchar a Raúl García Zárate o a Manuelcha Prado, ¡oh, Dios mío!, es de una calidad universal y de una identidad que en otros lugares no se tiene.”

“La identidad que tenemos –continuó el músico–, la verdadera identidad está en nuestra Sierra, porque en otros lados, como nuestra Costa, es producto de muchas mezclas.” A esa definición había llegado después de tanto conocer, escuchar y peregrinar con la música. “Uno aprecia los valores del origen de uno y mi origen es peruano por todos lados.”

Colofón 
A Lucho González no le interesaba ser el centro de atención, su camino musical lo marcaban otros rumbos. Por ello, recién a los 55 años de edad, en el año 2001, se animó a publicar el primero de sus dos álbumes en solitario, donde además de tocar esa guitarra llena de armonías interesantes, cantaba con su voz de barítono.

El 20 de marzo, días antes de fallecer, el artista de 79 años, a través de su cuenta en la red social Facebook, presentaba su más reciente trabajo “Ni siquiera es canción”, una canción que compuso al alimón con Lidia Barroso, con aires de jazz (con la cantante cordobesa había trabajado por más de una década en diversos proyectos musicales). Tal parece que desde fines del año pasado, González ya estaba mal de salud, y sus cercanos pasaban la voz para donar sangre en un sanatorio bonaerense.  

Después de su fallecimiento, no hubo tiempo para el silencio, sus compañeros del arte, entre ellos muchos famosos, dejaban sus muestras de tristeza. Había disfrutado y aprendido de su buen gusto musical, de su creatividad y su talante humano. 

(FIN) JVV /JVV


Publicado: 31/3/2026