En el piso 14 de un edificio en Pueblo Libre, Lima, alrededor de una mesa con bebidas, un grupo de personas conversa, se ríe y se cuenta historias. Hay varios ingenieros, una abogada, una psicóloga. Lucen vestidos y sacos, y también jeans y polos. Hay gente desde 18 hasta 40 años. Hay alguien que ha pasado por seis universidades buscando su vocación y hay quien tiene un largo currículum de logros académicos y profesionales. La diversidad es tal que la complicidad del grupo resulta casi desconcertante.
Ellos aseguran que no en cualquier lugar pueden sentirse tan cómodos como ahí. Pueden hablar de astronomía, de literatura, de física o de algún tema que les interese y sentir que sus pares los siguen o aprenden rápido. Y es que un rasgo que comparten es el tener intereses múltiples y aburrirse muy rápido.
Otra característica que comparten es la que los reunió siendo tan diversos: todas son personas superdotadas, con un
cociente intelectual superior al del 98% del resto de individuos. Ellos y ellas forman parte de
Mensa, una organización internacional de superdotados.
Una asociación peculiar en Perú
Para pertenecer a
Mensa es necesario superar una puntuación de 130 en la prueba de inteligencia de
Weschler (el promedio es 100) o su equivalente en una prueba de la misma organización, y tener más de 15 años. Mensa fue fundada en Inglaterra en 1946 y tiene cientos de miles de miembros en 50 países, pero no fue sino hasta el 2017 que llegó a Perú impulsada por
Pierrick Labbe, un francés que vive en Perú desde hace once años.
Labbe cuenta a la Agencia Andina que sufrió una depresión fuerte en sus treinta y le costó hallar la causa. “Empecé una terapia con el psiquiatra que después de dos meses me dijo: contigo no puedo hacer nada, tienes demasiada resistencia”. El francés fue derivado entonces con un psicólogo y luego con otro, que finalmente le pidió una prueba de inteligencia. “Cuando regresé por mis resultados tenía en mi reporte, escrito en grande, 148”. Era su cociente intelectual, que desde 130 en adelante ya se considera como superdotación intelectual.
La noticia lo llevó por diferentes etapas: la negación de su naturaleza, la ira contra el sistema educativo que no lo ayudó, la depresión por no haberlo visto antes, los recuerdos de fracasos, relaciones difíciles, problemas de socialización en el colegio. Finalmente aceptó que era diferente y que eso era algo que debía aprovechar. Un grupo de superdotados en Francia le brindó un importante soporte durante un tiempo. Años después, en Perú, buscó contacto con Mensa internacional, pues sabía que había peruanos con superdotación.
El primer grupo de superdotados se organizó a fines de 2016 y en marzo de 2017 nació, oficialmente, Mensa Perú. “Pensé, a ti te han ayudado cuando te detectaron (la superdotación), ahora te toca ayudar y hacer algo en Perú”.
Más que inteligencia
Al contrario de lo que pueda suponerse, las personas con sobredotación intelectual pueden tener dificultades de adaptación de diferente índole, desde no socializar con facilidad con sus pares, cambiar de trabajo frecuentemente o, incluso, sentirse inferiores que el resto en algún sentido, lo que conlleva a que no exploten su enorme potencial y, además, que no lleven una vida plena, en mayor o menor grado.
Al final de esta nota podrás conocer más sobre Mensa y cómo ingresar si sospechas que tú o alguien que conoces tiene sobredotación intelectual. Pero, primero, conoce algunas de las historias de sus miembros:
Socialización esforzada
Hans Brugman, 24, administrador
Alto y joven, no parece ser alguien que ha tenido problemas con las personas. “Yo siento que toda mi vida yo era el distinto y me he sentido siempre mal por eso”, comienza Hans, quien es un de los más jóvenes subgerentes adjuntos en una financiera. “Sentía inferioridad comparado con los demás. Me preguntaba: ¿qué me pasa? ¿por qué no puedo socializar con los demás?”
Hans creció en un entorno de dificultades económicas y fue un alumno promedio en el colegio, pero en la universidad comenzó a destacar y a coleccionar logros. Para él, Mensa es un espacio social muy positivo pues, aunque siempre pudo relacionarse finalmente y con mucho esfuerzo con los demás, le costó forjar relaciones en las que se sintiera a gusto. “Legué aquí y comencé a conocer personas con las que podía hablar de temas que me gustaban, con las que aprendía, con las que podía ser yo mismo (…) Podía sentir que tengo amigos”.
Luis Holguín, 37, ingeniero ambiental
Luis tiene dos maestrías y actualmente cursa un doctorado. Usa lentes y habla con mucha educación. Dice que su vida siempre ha estado llena de proyectos, aunque no siempre los completó. Pero sus principales dificultades fueron a nivel social. En el colegio, cuenta, sacaba buenas notas, hablaba poco y era tratado como un extraño. En la universidad la situación mejoró, pero luego le tomó tres años conseguir trabajo, presume que por su introversión. “Veía que mis compañeros conseguían buenos trabajos muy rápido. Y yo, que estaba entre los mejores, no conseguía”.
Él quiso ser parte de Mensa desde antes que llegara al Perú. Cuando la organización se constituyó y le fue posible, rindió la prueba. “Hay gente (en Mensa) que te entiende. Sobre todo, porque hay intereses comunes”, dice.
Pasión por aprender
Gregory Galicio, 35, ingeniero de higiene y seguridad industrial
Con un saco elegante, peinado hacia atrás y una sonrisa, Gregory no se considera tímido o introvertido. Con dos maestrías, el también profesor universitario recuerda que su familia no contaba con los recursos económicos para poder explotar tu capacidad intelectual de pequeño. Pero lo que faltó en el colegio, lo aprendió de forma autodidacta. “La salvación que tuve es que mi padre tenía una librería”, explica.
Gregory notó que era diferente cuando, de niño, podía recordar con precisión momentos ocurridos cuando tenía un año y medio.
“La forma que tengo de aprender es diferente. Lo peor (de ser superdotado) fue en la época escolar, no siempre hay comprensión. Lo mejor es que pues aprender las cosas muy rápido, puedes aprender lo que quieras”. Por años, no tuvo muchas personas con quieres conversar de temas muy complejos. Hasta que entró a Mensa. “Todo cambia. Ya tengo la respuesta, por ejemplo, de por qué a mis hijos les ocurre lo mismo que a mí, y no van a seguir el mismo camino que yo. Voy a tratar de darles más herramientas”.
Ofelia Yazmin Gutiérrez Sánchez, 29, abogada y soprano lírica
Ofelia es extrovertida y segura. Sin embargo, la superdotación ha incrementado su impacienciay ansiedad desde muy pequeña. “Siempre de chiquita me sentí rara. Los demás eran muy lentos para mí y yo me desesperaba. ¿Qué hacía? Me ponía al costado de cada chiquito y le ayudaba a hacer la tarea. Porque yo quería seguir aprendiendo y era una pérdida de tiempo sentarme cuando yo había terminado”.
Ávida por aprender desde niña, recurrió a su familia, llena de maestros. Cuando no fue suficiente aprendió algunas cosas por su cuenta, como tocar piano viendo partituras y tutoriales. Recuerda que había ciertas resistencias en el colegio, donde a veces era relegada por, precisamente, hacer las cosas demasiado bien. De adulta, los problemas fueron otros. Terminó la universidad y siguió estudiando, llevando incluso dos diplomados a la vez, unos detrás de otros, mientras cambiaba de trabajo con frecuencia por su necesidad de moverse cada vez que sentía que ya no podía aprender más y comenzaba a aburrirse.
Llegó a Mensa luego de una crisis de frustración cuando, tras postular a puestos en el Estado, fue rechaza por estar sobrecalificada. “Entré en una frustración… Me dije, ¿para qué estudio tanto, si no voy a poder hacer lo que yo quiero? En otros trabajos no entendían mi forma de desenvolverme”. Su mamá, preocupada, la llevó a Mensa. Fue a regañadientes, pero ahora dice que se siente mejor y más estable emocionalmente. Esto sucedió “porque encontré gente que me apoyo y en mis peores momentos estuvo ahí, apoyándome en todo sentido. Y en los grupos, las salidas sociales, las conversaciones, es diferente".

Nada es imposible
Evelyn Ruiz, 40, administradora y marketera
Segura y dueña de sí, Evelyn es miembro de Mensa desde noviembre del año pasado y dice que fue un alivio encontrar más personas como ella. “Siempre he llevado bien con todo el mundo, siempre me he adaptado a diferentes grupos, pero siempre tuve la sensación de que algo faltaba”.
Siempre ha sido alegre y su máxima, heredada de padres que enfrentaron muchas dificultades, es que nada es imposible. “Nunca me consideré muy inteligente sino bastante rebelde. Si yo iba a una clase y me decían: las cosas son así, yo cuestionaba. Eso a veces no le gustaba a algunos profesores o compañeros. No (era) tanto por fastidiar sino por aprender”, explica. Si no hace cosas, se aburre. Orientó sus habilidades en sus trabajos a impulsar proyectos y ahora en la empresa que dirige.
Conoció a Pierrick en un proyecto laboral y se informó más sobre la superdotación intelectual. “Cuando escuché todo me reconocí”, dice. Entonces dio el examen. “Ahora me siento en casa. Todos (los demás miembros) son distintos, pero es como estar en casa”.
En búsqueda de la estabilidad
Luis Espinoza, 34, ingeniero industrial
Su alto cociente intelectual fue detectado en la adolescencia, pero nunca le explicaron bien qué implicaba. Solo recuerda que estaba siempre entre los mejores alumnos del colegio y que asumía que sus compañeros simplemente no se esforzaban lo suficiente. “No me sentía especial”, dice. En la universidad se aficionó por jugar Poker y Black Jack. Ganó dinero usando estrategias basadas en probabilidades. “Siempre he sido amiguero. Siempre he estado rodeado de personas que no iban tan rápido como yo pero hice el esfuerzo de llevarme bien con todo el mundo”, admite.
Álvaro Ramos, 28, trabaja como ingeniero de software.
La vida de Álvaro está marcada por los cambios y conflictos internos sobre lo que quería hacer con su vida. A los seis años aprendió el nombre de 206 huesos del cuerpo y quiso ser médico. A los once estuvo en el Conservatorio Nacional de Música. A los 12 compuso un arreglo para un cuarteto de cuerdas y entonces pensó en dedicarse a hacer música para películas. Cuando tuvo problemas en un colegio, aprendió francés y fue cambiado a un colegio donde se hablaba ese idioma. Al finalizar el colegio quería dedicarse a la ingeniería de sonido.
Mientras tanto, tenía problemas de conducta en el colegio. “Tenía 07 en conducta, me han querido expulsar varias veces. Era un poco paradójico, salía en primer puesto”. Pasó por seis universidades, dentro y fuera del Perú, sin terminar ninguna y tuvo muchos conflictos en sus trabajos. También aprendió a ser soldador y controlador de tráfico aéreo con unos cursos. Habla cuatro idiomas y hoy se dedica a la ingeniería de software, algo que aprendió de forma autodidacta estudiante y viendo videos durante diez o doce horas diarias. Cree que al fin encontró su pasión y eso lo motiva a seguir adelante. “Realmente nunca entendí la educación tradicional”, lamenta.
En Mensa se siente como uno más. Hans, quien abre estos testimonios es su mejor amigo. “Antes, creo que nunca había tenido amigos”, dice Álvaro.
Luis Puma Espinoza, 19, estudiante de Ingeniería de Sofwtare
Está seguro de haber heredado la inteligencia de su madre, quien no tiene estudios completos, pero es muy hábil para resolver problemas. “Me aburría mucho”, dice sobre su época del colegio. La inercia lo estancó, cree, en términos de aprendizaje. Tenía problemas para conectar con otras personas, algo que ha ido mejorando con los años.
Solo buscaba validar su inteligencia cuando llegó a Mensa Perú en abril del 2019. “Pero entré y encontré gente increíble. Me di cuenta de que tengo potencial, que puedo desarrollarme más. Tal vez es momento de hacer (más cosas)”.
Patrones e información
Catalina Florez Fuentes, psicóloga
Catalina tiene la mirada fuerte y una voz firme. Además de ser miembro de la asociación, es psicóloga y realiza evaluaciones adicionales al test de ingreso para otros miembros que lo deseen.
“En el perfil de las altas capacidades hay particularidades”, explica. “Particularidades que tienen que ver con la sobre excitabilidad sensorial, que tiene que ver con la forma en la se percibe el mundo”. Ella tiene una sobre excitabilidad muy marcada. “Veo patrones todo el tiempo. Pero en psicología me ayuda muchísimo porque percibo cosas muy particulares de los rostros de las personas. Los cambios en los timbres de voz a veces me chocan, pero también me brindan información, el caminar de las personas, la forma en que se asienta mayor peso en uno de los pies, la forma en que se mueven… hay un bombardeo de información”.