Alumno: Selesthe Campos Sáenz /
Centro de estudios: Universidad Privada del Norte
Con una mochila y las sesiones impresas bajo el brazo, Diana Kusy Álvarez Minaya, docente de primaria con más de tres décadas de experiencia, viaja cada día en una combi desde Huaraz hasta Caraz para enseñar a sus treinta estudiantes.
Son dos horas de camino por el Callejón de Huaylas, entre quebradas y niebla, para llegar al Colegio Nacional 2 de Mayo, institución educativa con más de 150 años de historia y más de 900 alumnos en el nivel primario.
“Trabajo en la ciudad, pero igual me levanto a las cinco de la mañana para llegar a tiempo. No es una zona rural, pero tampoco hay condiciones ideales”, cuenta.
El colegio, ubicado en la capital de la provincia de Huaylas, carece de mobiliario, los salones están saturados y no tiene un solo patio techado: los niños deben hacer Educación Física bajo el sol. “La radiación en el Callejón de Huaylas es alta, y los niños están expuestos. No tenemos sombra suficiente”, denuncia.

Dinámicas y observación
Kusy, como todos la llaman, enseña el segundo grado de primaria. Su rutina empieza en la dirección, donde revisa y sella sus sesiones del día, planificadas con antelación. “Cada uno arma sus estrategias, aunque trabajamos en equipo con otros colegas. Somos cinco docentes en segundo grado”, explica.
Después de pasar lista y organizar a los niños, comienzan con la oración. “No es un rezo aprendido, es algo que nace de ellos, de lo que sienten”. Luego, la jornada se llena de dinámicas, trabajo por grupos, evaluaciones y, sobre todo, mucha observación.
“Con treinta niños, no todos aprenden igual. A veces se nos hace corto el tiempo. Y justo los que más necesitan apoyo son los que menos lo tienen en casa”, dice. Muchos de sus alumnos viven solo con sus madres o están al cuidado de abuelos. “Hay niños que llegan sin desayuno, otros muy solos. Eso nos obliga a estar con las antenas siempre prendidas”.
En el aula, los materiales no sobran. El Ministerio de Educación entrega cuadernillos de comunicación y matemática, nada más. “Son pequeños, no libros. Lo demás lo ponemos nosotros, con apoyo de los padres, o de nuestro bolsillo”, admite. El comité de aula recolecta cuotas mínimas para copias o papelógrafos, pero la carga sigue recayendo en los docentes.
“La educación pública no es gratuita para el maestro”, dice Kusy con resignación. Y eso se agrava cuando las normas y las exigencias llegan desde Lima, sin haber pisado un solo salón en Caraz: “Todo lo deciden desde un escritorio, pero acá los profes también son psicólogos, asistentes sociales, mediadores”.

De la tiza al Zoom
La pandemia fue un gran desafío para la profesora Kusy. “Pasamos de la tiza al Zoom sin preparación. Yo me adapté porque venía de un grupo scout, pero mis colegas no sabían ni encender una cámara”, recuerda. Las clases virtuales fueron un desafío inmenso. “Al inicio se conectaban todos. Luego veinte. Después, quince. Al final, casi ninguno. Pero todos pasaban de grado”.
A pesar del golpe, Kusy valora los cambios: hoy los docentes registran notas en línea, reciben capacitaciones por la plataforma Perueduca y usan proyectores y pantallas. Pero la brecha digital persiste: “Los niños ahora tienen acceso a muchas cosas, pero también muchos peligros. Hay que estar atentos, y los padres no siempre pueden acompañarlos”.
Lo que la mantiene en pie es la vocación. “Si no tienes vocación, esto se vuelve una rutina pesada, sin sentido. Cada grupo es distinto, cada niño es un universo”, afirma. Kusy ha enseñado a cientos de niños. Algunos ya son padres. Incluso, sus exalumnos celebran bodas de plata como promociones. “Ya estoy enseñando a los hijos de mis alumnos”, dice entre risas.
Una de sus historias más conmovedoras es la de una exalumna que tuvo muchas dificultades. “Vivía con su papá, no tenía mamá. Le costó aprender. Pero hace poco la vi orgullosa, con su hijito, que ganó un concurso escolar. Me abrazó y me alegré tanto... porque ella está dándole a sus hijos lo que no tuvo”.
Lecciones de cada día
Kusy regresa a Huaraz cada tarde cargando en la mochila no solo sus materiales, sino también las historias, las angustias y lospequeños triunfos de sus alumnos. En casa, la espera la planificación del día siguiente. “Nuestra jornada no termina cuando salimos del aula”, dice.
A los docentes jóvenes les recomienda paciencia, empatía y ganas: “Los niños no solo traen cuadernos; traen también sus miedos, sus carencias, sus afectos rotos. Y ahí estamos nosotros para sostenerlos”.
Pide al Estado mirar a las escuelas con más realismo. “Falta infraestructura, aulas, apoyo psicológico, formación continua. Y, sobre todo, dejar de cargarlo todo al maestro. No somos superhéroes, pero seguimos acá”.
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(FIN) SCS/JVV
Publicado: 16/7/2026