Conoce la ‘Selva Escondida’, un paraíso verde en San Juan de Lurigancho

Recibe cada semana a tiktokers, creadores de contenido y visitantes atraídos por este oasis en medio del desierto.

La Selva Escondida es el testimonio vivo de cómo el amor por las plantas puede transformar el desierto en vida.ANDINA/Jhonel Rodríguez Robles

La Selva Escondida es el testimonio vivo de cómo el amor por las plantas puede transformar el desierto en vida.ANDINA/Jhonel Rodríguez Robles

13:30 | Lima, ene. 1.

Por Jhonel Rodríguez

En medio del árido paisaje de San Juan de Lurigancho, donde las laderas secas de los cerros dominan el horizonte, existe un lugar que desafía toda lógica geográfica. Se trata de “La Selva Escondida”, un espacio verde que floreció gracias a la perseverancia y el trabajo de una mujer ayacuchana que nunca renunció a sus raíces. Vea aquí la galería fotográfica



La historia comienza en 1984, cuando Esther Rodríguez Huamán, hoy de 85 años, llegó a Lima desde Huanta, Ayacucho, huyendo del terrorismo. Como miles de familias desplazadas en aquellos años, buscaba un lugar seguro donde volver a empezar. El entonces alcalde del distrito, Óscar Venegas, le donó un terreno en lo que hoy es el Asentamiento Humano Huanta.


Los primeros años no fueron fáciles. No contaban con agua potable y dependían únicamente de camiones cisterna. Aun así, Esther y su esposo decidieron salir adelante criando animales y sembrando plantas que ella misma trajo desde su tierra natal. Parte del agua destinada al consumo diario era utilizada para regar sus plantas. Con paciencia y constancia, ese pequeño esfuerzo inicial empezó a dar frutos.

Desde mangos hasta pecanas 

Las primeras especies que sembró fueron mango, plátano y naranja. Con el paso del tiempo, el terreno se fue transformando hasta convertirse en un verdadero bosque urbano. Hoy, la Selva Escondida alberga árboles y cultivos de durazno, manzana, chirimoya, pera, caña de azúcar, ciruela, coco, café, pecana, limón, entre otros frutos. Lo que alguna vez fue un cerro seco, ahora se luce como un ecosistema vivo.



El lugar no solo alberga vegetación. También conviven diversos animales como chivos, gallinas, gallos, conejos, tortugas, loros y peces. En algún momento tuvieron monos, pero el Serfor se los llevó por tratarse de especies protegidas. Cada rincón del espacio refleja un equilibrio entre naturaleza y cuidado responsable.




No todo ha sido crecimiento y reconocimiento. En varias ocasiones, invasores de terrenos intentaron apropiarse del espacio levantando chozas dentro de la propiedad. Esther y su familia defendieron el terreno incluso en situaciones de violencia; en una ocasión, ella fue agredida con una piedra en la pierna, lo que la obligó a acudir a la fiscalía para presentar una denuncia.


El punto de quiebre llegó de manera inesperada. Un día, un youtuber visitó el lugar, grabó un recorrido y publicó el video en internet. La difusión fue inmediata. Poco después, un canal de televisión realizó un reportaje y la Selva Escondida se hizo conocida. 

A raíz de ello, Esther y sus hijos decidieron mejorar la experiencia del visitante: invirtieron en senderos de piedra, construyeron un puente colgante, un mirador, un restaurante con vista panorámica, una casa en un árbol e incluso habilitaron hospedaje para quienes desean pasar la noche y despertar rodeados de naturaleza.


Un bosque abierto de lunes a domingo

Aunque nunca fue su intención hacer de la selva un negocio, mantener este paraíso de cuatro mil metros cuadrados implica gastos constantes. Por ello, la familia decidió cobrar una entrada simbólica para cubrir el mantenimiento y pagar al personal que colabora con el cuidado del espacio.


Hoy, la Selva Escondida recibe cada semana a tiktokers, creadores de contenido y visitantes atraídos por este oasis en medio del desierto. Los domingos y feriados llegan en promedio unas 40 personas, convirtiéndose en los días de mayor afluencia.


La gastronomía también se adaptó a los visitantes. Al inicio ofrecían platos típicos ayacuchanos como puca picante y mondongo, pero no tuvieron buena acogida. Muchos visitantes, especialmente de la selva, pedían comida amazónica. Fue entonces cuando un joven cocinero les enseñó a preparar juane, tacacho con cecina y otros platos selváticos que hoy forman parte de su oferta culinaria.


Este bello espacio se ubica en la Mz. A, lote 18, Asentamiento Humano Huanta, en San Juan de Lurigancho. Atiende de lunes a domingo, de 9:00 a.m. a 5:30 p.m., y la entrada general cuesta 6 soles.


Más que un atractivo turístico, la Selva Escondida es el testimonio vivo de cómo el amor por las plantas puede transformar el desierto en vida. Un oasis construido con esfuerzo y esperanza.

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(FIN) JRR/KGR


Publicado: 1/1/2026