En el Instituto Nacional de Salud del Niño San Borja, la recuperación de un niño con una enfermedad compleja no depende únicamente de tratamientos y procedimientos médicos. Detrás de cada historia también están los profesionales de Enfermería, quienes acompañan, contienen, alivian el dolor y brindan tranquilidad a los pequeños pacientes y a sus familias.
Son 683 profesionales de Enfermería (50 de ellos varones), quienes, desde los diferentes servicios del INSN San Borja, entregan diariamente sus conocimientos, experiencia y, sobre todo, su vocación para cuidar a los niños que enfrentan enfermedades complejas.
Bajo el lema “Corazón turquesa”, la directora general del INSN San Borja, doctora Zulema Tomás, destacó la entrega de estos profesionales y reconoció el papel fundamental que cumplen en la recuperación de los pacientes pediátricos.
“Ustedes son ángeles y luz para nuestros niños. Sus manos brindan atención especializada y su corazón se refleja en cada atención”, resaltó.
En el marco del Día de la Enfermería, que se conmemora este 30 de agosto, el INSN San Borja reconoce a quienes han hecho de esta profesión una forma de acompañar historias de vida. Porque detrás de cada uniforme hay una persona que sostiene una mano, calma un miedo, acompaña a una familia y celebra, muchas veces en silencio, cada pequeño avance de un niño.
Una medalla que se lleva en el alma
En la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) Pediátrica, donde cada jornada puede estar marcada por la incertidumbre, el enfermero Alejandro Vásquez Cárdenas ha aprendido que acompañar la recuperación de un niño es una de las mayores recompensas de su profesión.
Lleva 18 años ejerciendo la Enfermería, 13 de ellos en el INSN San Borja. Además, es docente de Enfermería Pediátrica, una labor que le permite compartir con las nuevas generaciones no solo conocimientos, sino también los valores que considera esenciales para cuidar.
El enfermero Alejandro Vásquez vive su vocación con entusiasmo. (Foto: ANDINA / Difusión)
“Cuando ayudas a recuperar a un niño en UCI es como recibir una medalla que te la colocan en el alma. Es una medalla que solo tú sientes”, afirma.
Entre las experiencias que guarda con especial cariño está la de una pequeña paciente que logró superar la ventilación mecánica. Durante su recuperación, la niña llamaba “papá” a Alejandro y a sus colegas varones. Para ellos, aquel gesto significó mucho más que una palabra.
En otra oportunidad, una niña despertó de la sedación y pidió que le pusieran música. A pesar de que todavía tenía el tubo endotraqueal, comenzó a bailar en su cama.
“Fue algo que nos arrancó lágrimas. Verla así, después de todo lo que había pasado, fue una satisfacción enorme”, recuerda.
Para Alejandro, ver nuevamente sonreír a un niño después de atravesar una situación crítica es una recompensa que no se puede medir.
Pero su vocación no termina en la UCI. Desde las aulas, como docente, busca formar a los futuros profesionales de Enfermería con la convicción de que el conocimiento debe ir acompañado de empatía y sensibilidad.
“Como enfermeros ingresamos al hospital dejando nuestros problemas atrás para ayudar a salvaguardar la salud y la vida de nuestros pacientes. Y la docencia me ha permitido transmitir conocimiento, pero también empatía, paciencia y humanización”, señala.
Una vocación que nació al ver cuidar a otros
Para Yolanda Zulay Munayco Llanos, la Enfermería comenzó mucho antes de vestir un uniforme. Cuando era niña, vio de cerca cómo el personal de salud llegaba a su casa para atender a su tío, quien había sufrido un accidente cerebrovascular (ACV). Ver su esfuerzo y acompañar su recuperación despertó en ella una profunda vocación de servicio.
“Siempre sentí el deseo de cuidar a los demás y estar ahí para quien más lo necesite. Cuando era niña, mi tío sufrió un ACV y ver cómo el personal de salud iba a mi casa para hacer sus terapias y participar en su recuperación me motivó a elegir esta carrera”, recuerda.
La enfermera Yolanda Munayco disfruta ayudando a pacientes en su recuperación. (Foto: ANDINA/ Difusión)
Hoy, a sus 38 años, Yolanda lleva 16 años ejerciendo la Enfermería, diez de ellos en el INSN San Borja, donde encontró en la atención de los pequeños pacientes una de las mayores satisfacciones de su profesión.
Como enfermera de Hospitalización de Neurocirugía, acompaña de cerca la recuperación de los niños y sus familias. Para ella, cuidar no se limita a atender una enfermedad, sino también a construir un vínculo que les permita sentirse seguros durante un momento difícil.
“En hospitalización no solo tratas la parte médica, sino que creas un vínculo con el niño y su familia”, explica.
Por eso, cada alta tiene un significado especial. Ver a un pequeño recuperado, listo para volver a casa, le confirma que cada esfuerzo valió la pena. “Ver su recuperación me da mucha alegría y gratitud. Cuando un pequeño sale de alta, siento la satisfacción de saber que todo el esfuerzo no fue en vano”, sostiene.
Y son precisamente esos pequeños gestos los que Yolanda guarda con especial cariño como una sonrisa, un “gracias”, un dibujo o una fotografía antes de que el niño regrese a casa.
“Estas cosas especiales te llenan el alma. Recuerdo siempre cuando nos hacen dibujos o nos tomamos fotos cuando se van de alta”, cuenta emocionada.
Ser enfermera y, al mismo tiempo, mamá también representa un desafío. Conciliar los turnos con la vida familiar requiere organización, pero Yolanda reconoce que no está sola, cuenta con el apoyo de su esposo, también enfermero y de su familia.
“Sigamos trabajando con la misma entrega, paciencia y corazón de siempre por la salud de nuestros niños”, afirma.
La música, una inesperada aliada
Para un niño, ingresar a una sala de operaciones significa separarse de sus padres, llegar a un lugar desconocido y enfrentar el miedo. Por eso, para Elizabeth Pantoja Penadillo, enfermera del Centro Quirúrgico, cada detalle cuenta para devolverles la tranquilidad.
En sus 15 años de profesión, diez de ellos en el INSN San Borja, ha vivido innumerables experiencias. Una que recuerda especialmente ocurrió con una pequeña paciente con quemaduras que llegó al quirófano muy nerviosa. Antes de ingresar, pidió escuchar su canción favorita: “Criminal”, un tema de reguetón que Elizabeth no conocía.
La música comenzó a sonar. La niña empezó a cantar, poco a poco se relajó y finalmente se quedó dormida mientras recibía la anestesia.
La enfermera Elizabeth Pantoja comparte su experiencia en el INSN San Borja. (Foto: ANDINA/ Difusión)
“Me causó gracia el desarrollo musical de mi paciente, porque yo ni sabía que existía esta canción”, recuerda entre risas.
Detrás de aquella anécdota, Elizabeth reconoce la importancia de humanizar la atención. “Ingresar a sala de operaciones para un niño significa separarse de sus padres, entrar a un lugar desconocido y enfrentarse a personas que no conoce”, explica.
Por eso, recibe a sus pequeños pacientes con una sonrisa, los llama por su nombre, les explica lo que sucederá y, cuando es necesario, recurre al juego, a la conversación o a la música para disminuir su miedo y la ansiedad de sus padres.
Su vocación también la llevó a crear JAMPIY, emprendimiento cuyo nombre proviene del quechua y significa “curar”, con el que busca crear productos útiles para las enfermeras y fortalecer su identidad profesional.
“Ser enfermera es estar cuando alguien tiene miedo, sostener su mano, escuchar y brindar tranquilidad cuando todo parece incierto”, sostiene.
Combinar ambos roles no ha sido fácil, pero reconoce que la Enfermería le ha brindado herramientas como organización, capacidad para resolver problemas, trabajo bajo presión, amor, humanización y, que hoy aplica como emprendedora.
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(FIN) NDP/ RAI
Publicado: 28/8/2026