Escribe: Luis Salinas / Fotos: Luis Salinas y Eddy Ramos
¡Ash, vida! Allí donde los valles florecen, la música no es simple entretenimiento, es la memoria viva de un pueblo, el hilo invisible que conecta generaciones.
A Jauja, primera capital de Perú, los españoles llegaron en 1534 no solo con la cruz y la espada; también trajeron sus instrumentos musicales: vihuelas, órganos, arpas y violines, los que pronto encontraron un hogar en las iglesias andinas.
Algunos, como el arpa y el violín, a fines del siglo XIX, sellaron una alianza definitiva y se colaron en el alma campesina. Comenzaron a conformar lo que décadas después se conocería como la “orquesta típica del valle del Mantaro”.

Creación mestiza
El musicólogo Raúl R. Romero, en su tesis doctoral de la Universidad de Harvard (1999), desmonta cualquier idea sobre la “ancestralidad” de esta formación musical.
No se trata, advierte, de una tradición estática e inmemorial, sino de una creación mestiza sofisticada, impulsada por una emergente clase media mestiza de Jauja, la cual buscaba un sonido capaz de interpretar huainos, tunantadas y mulizas con igual dignidad.
“Los cordófonos actuaron como un puente”, explica Romero, “le dieron versatilidad a la orquesta y le permitieron sobrevivir en la ciudad, adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su identidad”.

¡Llegó el saxofón!
El punto de quiebre que sacudió los cimientos de la música tradicional se dio en la década de 1930. Llegó gracias a don Teodoro Rojas Chucas. Este minero y músico del distrito de Acolla, Jauja, obtuvo el primer saxofón de un funcionario estadounidense de las minas de Cerro de Pasco Cooper Corporation. Nadie sabe con certeza si fue un regalo o un pago. Lo que sí está documentado es el impacto: el instrumento cayó como un meteorito en la placidez musical de Jauja.
La resistencia fue inmediata y feroz. “El saxofón era visto como un invasor”, comentó en 1978 Rubén Valenzuela, estudioso de la música popular andina: “Romper con la pureza del arpa, el violín y la guitarra era, para muchos, romper con la identidad misma”.

Conquista silenciosa
Sin embargo, hacia 1946 las nuevas generaciones de músicos empezaron a abrazar el instrumento foráneo. Las orquestas más audaces incorporaron hasta tres tipos de saxofones (alto, tenor y barítono) para complementar el sonido tradicional, dándole una presencia que el valle reclamaba para sus fiestas patronales, cada vez más concurridas y ruidosas.
Fue entonces cuando surgió la agrupación que marcaría un antes y un después: el Centro Musical Jauja. Dirigido por Feliciano Mucha Dávila, fue la primera orquesta en atreverse a utilizar la combinación completa de los tres saxos, creando ese sonido característico que los entendidos llaman “llorón”, vibrante, profundamente conmovedor.
De 1946 a 1948, el Centro Musical Jauja viajó a Lima para registrar su música en las salas de grabación. Los primeros discos, aquellos frágiles de 78 revoluciones por minuto (RPM), fueron producidos por el sello Odeón y, en menor medida, por el sello Smith.
Entre las piezas que formaron parte de ese primer repertorio grabado se encuentran la muliza “Acuarela jaujina”, el huaino clásico “Jauja”, y “Tunantada”, cuyo registro temprano ayudó a estandarizar la música que acompaña esta danza hoy muy popular.

Tiburcio Mallaupoma
Detrás de las partituras y los discos, hubo nombres importantes como el de don Tiburcio Mallaupoma Cuyubamba (1907-1988): “El Lírico de Jauja” fue un violinista y compositor excepcional. Inició su carrera en el Centro Musical Jauja y luego fundó sus propias agrupaciones, Los Líricos de Jauja y Lira Jaujina.
Su obra, que incluye decenas de composiciones, fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación el 2007. A él se le atribuye la consolidación de la tunantada y la muliza en el formato de orquesta típica que hoy conocemos, comprendiendo las posibilidades expresivas nuevas que le daba el saxofón a la tradición.

“Metal” en el alma
Para la década de 1970, el saxofón ya se había masificado. Y en muchas agrupaciones comenzó a opacar a los instrumentos tradicionales. Investigadores y puristas levantaron la voz: su “estruendo metálico” impedía percibir el trino de los clarinetes, el vibrato agudo de los violines o el arpegio delicado del arpa.
¿Cuál es, entonces, el punto de equilibrio? Los entendidos sugieren que una orquesta típica no debería tener más de quince músicos: un arpa, dos violines, cuatro clarinetes, y el resto distribuido entre saxofones soprano, alto, tenor y barítono. En esta configuración, los violines y el arpa se convierten en el alma armónica de lo tradicional, complementados por los clarinetes. Solo así, explican, se logra esa mezcla armónica y equilibrada que hace vibrar el alma sin romper la tradición.

Resistencia y legado
Cabe mencionar que subsiste una resistencia al saxo en el distrito de Huaripampa, en Jauja. Allá, las agrupaciones locales mantienen “el sonido de nuestros abuelos”, la formación clásica con arpa, violines y clarinetes, y solo cuatro saxofones.
Hoy, las orquestas típicas del valle del Mantaro son un fenómeno reconocido más allá de nuestras fronteras. Y el saxofón, aquel intruso metálico, es ya parte inseparable de su conformación. ¡Ash, vida!
Datos:
• La Asociación de Saxofonistas Jauja y Sinfonía Musical Jauja se consideran herederas de la técnica y el rigor musical impuestos por los fundadores del Centro Musical Jauja. Guardan sus partituras, imitan su estilo y veneran su memoria.
• Tunantadas, huainos, mulizas, carnavales, santiagos y huaylarshs han sabido transformarse sin olvidarse de la tradición.
• Lea aquí la edición completa del suplemento Variedades, del Diario Oficial El Peruano, del viernes 10 de abril de 2026.
(FIN) LS/JVV
JRA
Publicado: 15/4/2026