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Cáncer de mama: dos testimonios que demuestran que la prevención sí salva vidas

Dos mujeres superaron la enfermedad, crecieron como personas y aprendieron a valorar su salud

Carmen Rosa recibió a inicios de diciembre de 1999 la noticia de que tenía cáncer en la mama izquierda. Su esposo la apoyó en todo momento. Foto: ANDINA/Renato Pajuelo.

Carmen Rosa recibió a inicios de diciembre de 1999 la noticia de que tenía cáncer en la mama izquierda. Su esposo la apoyó en todo momento. Foto: ANDINA/Renato Pajuelo.

11:48 | Lima, oct. 24.

Por Susana Mendoza

Cada año se detectan en el Perú 7 mil nuevos casos de cáncer de mama. Algunas víctimas fallecen y otras ganan la batalla. ¿Qué hace la diferencia? Un chequeo médico a tiempo, antes de que la neoplasia avance a una etapa en la que no hay vuelta atrás.

Ese diagnóstico temprano permitió que Carmen Rosa Lescano Barrueto y Carla Bonifaz del Pozo, ambas madres de familia, sigan viviendo, pese a que la enfermedad les dejó sufrimientos difíciles de borrar pero también muchas enseñanzas, pues "no hay éxito sin lágrimas".

UNO


Carmen Rosa recibió a inicios de diciembre de 1999 la noticia de que tenía cáncer en la mama izquierda. Mientras todo el mundo celebraba la llegada del segundo milenio, ella se sentía la mujer más triste. 

Tres meses antes había notado que una herida en el pezón no cicatrizaba, a pesar de que se aplicaba una crema contra infecciones recomendada por su mamá. En ese momento daba de lactar al menor de sus tres hijos, de solo tres meses de nacido.

Una noche, viendo un programa dominical que presentó los casos de varones afectados por cáncer de mama, llamó su atención algunas señales de alarma que se parecían a la herida que tenía en el seno izquierdo. No obstante, pensaba que su herida había sido provocada por amamantar a su pequeño.


Al día siguiente, un lunes, fue a la Maternidad de Lima, donde se hacía sus chequeos; quería curar de una vez la lesión en el pezón. Grande fue su sorpresa al ver la expresión del médico cuando, al finalizar el examen, le dijo que regresara para hacerle una biopsia.

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Del miedo al coraje


Tras la biopsia acudió nuevamente a la consulta, sola. “Usted tiene un tumor maligno, poco frecuente, y es necesario operarla”, le manifestó el doctor. Recuerda que escuchó el diagnóstico tranquila. Pero al salir de la Maternidad de Lima todo empezó a darle vueltas, no podía caminar y buscó sentarse en una banca de la plaza Italia, cerca del lugar. “Empecé a llorar desconsoladamente”, evoca.

Le habían detectado cáncer de Paget, un problema oncológico poco común que afecta la piel del pezón. Le reclamó a Dios. "Por qué a mí si ya había sufrido para concebir a mis hijos debido a los fibromas que me impidieron culminar una gestación. Por qué a mí si era una mujer sana, alegre y buena". 

Su esposo, su madre, la familia y amigos más cercanos quedaron sorprendidos con la revelación. 

En el año 2000, hablar de cáncer era hablar de una muerte segura. No había tanta tecnología como ahora ni reconstrucción mamaria y el tratamiento no era integral. Por eso, cuando le conté a mi familia, todos se negaron a que me hiciera una mastectomía (extracción de la mama). Mi mamá fue la primera. No te operes porque dicen que le entra aire a la mujer y se muere, me dijo”.

Pero el dolor de no ver más a sus hijos le hizo superar el miedo a la muerte. Así es como decidió “quemar el último cartucho”, someterse a la extirpación de su seno y de todos los ganglios de su axila izquierda. En marzo del nuevo milenio, la operaron en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, (INEN).

Carmen Rosa superó la enfermedad, creció como persona y aprendió a valorar su salud


Un camino difícil 


La intervención quirúrgica fue un éxito, pero su drama no terminó allí. Los momentos que siguieron fueron aún más difíciles. Cuando se bañó y pasó su mano por el pecho sintió el vacío. Su benjamín, que algunas noches dormía con ella, le reclamaba por su seno cada vez que la buscaba. Ella le contaba que, por su herida, la había dejado con el doctor para que la cure. Recuerda que él sonreía a pesar de no entender nada. Han transcurrido 21 años y esos instantes aún no se borran.

Fue muy difícil aceptar que había perdido una parte importante de su cuerpo. Tenía vergüenza de desnudarse frente a su esposo y quizá inconscientemente por ello hizo lo imposible para que éste viaje a Estados Unidos en busca de un mejor trabajo en tanto ella se quedaba en el país a cargo de sus tres hijos.

“Tuve mucho dolor físico, pero sobre todo del alma. Quería evitar la intimidad, que no me tocara. Me volví muy espiritual, solo le rezaba a Dios y le pedía que me devolviera mi pecho”. Se le quiebra la voz. Dos años después de la mastectomía, en el 2002, le avisaron que había un nuevo tratamiento para reconstruir la mama. 

El procedimiento incluyó el otro seno y en la actualidad Carmen Rosa se siente orgullosa de ellos; los ve hermosos y comenta, risueña, que “no hay mal que por bien no venga”.

Prevenir para vivir


Si tiene una lección aprendida de esta experiencia, reconoce, es el haber logrado perder el miedo y convertirse en una mujer atrevida. A sus 65 años, conduce su salón de belleza, sabe defenderse, se valora, es más tolerante con los demás.

Dios ha querido que viva para compartir mi historia, para que las jóvenes sepan que tienen que chequearse, prevenir, que el cáncer de mama se controla si se detecta a tiempo, y si lo tienen, es necesario perder el miedo porque el tratamiento no es sencillo. No hay éxito sin lágrimas”.



DOS

Cuando el médico ginecólogo le confirmó, en setiembre del 2010, que tenía cáncer en la mama derecha, Carla Bonifaz fingía seguir escuchándolo. Ya no oía la explicación de qué tipo de neoplasia era. En su mente solo estaba la imagen de sus dos hijas. 

“Me quedé helada. Me decía a mí misma que no puedo dejarlas, que su papá no podrá quedarse con ellas, ni hablar no vas a morir", pensaba. Cuenta que regresó a la realidad en el momento en que el médico le decía que debía someterse a una biopsia para conocer la gravedad del tumor.

Un mes antes, en agosto, había regresado de Estados Unidos, donde se reencontró con sus hermanas. El viaje estuvo pleno de alegrías y satisfacciones familiares. Pero el primer fin de semana de setiembre, mientras se bañaba, se topó con un bultito en su seno derecho.

Se sorprendió porque en días anteriores no había tocado nada raro en esa parte de su cuerpo. Por precaución llamó al especialista para reservar una cita, y en la mañana del martes ya estaba en su consultorio. Pensaba que solo despejaría dudas. "Total, los bultitos están asociados con grasitas y no representan riesgo alguno", pensaba. Pero se equivocó.

Los exámenes mostraron que tenía un tumor maligno de dos centímetros. Luego de indicarle el resultado el doctor le anunció, con prudencia, que debía hacerse una mastectomía, es decir, le aclaró, tenían que extirparle el seno. En su juventud, su madre también había sufrido de cáncer de mama.


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Emociones alteradas


Si antes de la cirugía, la sombra de la tristeza acompañaba a Carla por imaginar que perdería una parte de su atractivo, de su identidad como madre y mujer, las emociones que la embargaron después de la operación fueron de toda índole y una sorpresa para ella.

Me veía incompleta, trataba de hacerme la fuerte, pero sentía ansiedad y me quebraba muchas veces. El dolor físico era insoportable, los medicamentos no lo calmaban, y hasta recurrí a hojas de llantén que colocaba alrededor de la cicatriz para aliviarlo. Algunos días amanecía muy sensible, otros llena de amargura”. Nunca se había sentido tan vulnerable, confiesa.

Pero después de la operación, le informó el médico, viene la segunda fase: la aplicación de quimioterapias y radioterapias. Otra vez sintió que el mundo se le venía encima. "Me decía cómo era posible, comienzo a ver una luz al final del túnel y me comunican que el tratamiento continúa".

Y mientras va contando este episodio de su vida se agita su respiración. Simplemente ya no podía tolerar más los cambios que su cuerpo iba a enfrentar. Carla tenía 44 años, y por comentarios entre las amigas o a través de las películas, sabía que los efectos de la “quimio” eran devastadores. 

Un solo pensamiento le apretó el corazón: entonces ya no seré la misma nunca más. Y por poco cree que sí. No podía evitar que mechones de su cabello amanecieran cubriendo su almohada. Tampoco tenía posibilidad de controlar la debilidad de sus movimientos ni el desgano de su ánimo.

“Las quimioterapias son terroríficas, son espantosas porque dejan secuela. Me veía en el espejo y solo lloraba y lloraba. Muchas veces grité, le reclamé a Dios por qué a mí, me enfrenté a una situación que desconocía y todos mis sentimientos estallaron”.


"Mariano y mis hijas son el gran motor de mi vida", comenta Carla Bonifaz.

Apoyo psicológico y familiar


Los médicos le recomendaron que recibiera apoyo psicológico porque era parte del tratamiento. Pero ella lo rechazó, dijo que no tenía que contarle a ningún desconocido lo que sentía. Once años después se arrepiente de haber tomado esa decisión porque un acompañamiento especializado hubiera sido positivo.

La familia fue la más afectada con esta descarga emocional, explica. Sus hijas, su esposo y el entorno más cercano no sabían cómo actuar ante su desesperación. Y aunque ha pasado un buen tiempo, admite que aún no ha cerrado esa etapa crítica de su vida "porque a veces teme que aparezca otro bultito".

Ahora es consciente de que el despistaje oportuno puede cambiar el destino de una persona: el 95% termina con buen pronóstico. Si bien Carla enfrentó el tratamiento entre el miedo, la rabia y el amor por su familia, su historia hubiera tenido otro final si no se hacía ese examen en el seno allá en el año 2010.

“Es mejor prevenir, operarse de ser necesario. Pero también es importante que las mujeres sepan que, a pesar de los miedos, es mejor darse una oportunidad para vivir. Ahora cumplo con mis chequeos anuales y le agradezco infinitamente a mis hijas y esposo que me hayan podido aguantar tanto”. Carla tiene una sonrisa de oreja a oreja.  

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(FIN) SMS/RRC
JRA

Publicado: 24/10/2021
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