Andina

Eloy Jáuregui: El cronista que respira bajo el agua [Podcast]

Después de una década, el periodista reedita su libro ‘Pa’ bravo yo’, crónicas sobre la salsa.

Cortesía

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09:57 | Lima, oct. 4.

José Vadillo Vila

1. Eloy Jáuregui nació con un único propósito: quitarle el rigor mortis a la pirámide invertida de las escuelas de periodismo. Es el cronista que respira bajo el agua (utilícese también el plural, “aguas”) y en su torrente sanguíneo corretean los glóbulos negros, que le hacen buscar sones con tesón.

Ya lo había definido Hugo Neira lustros atrás: Jáuregui desafía “las leyes de la gravedad académica” que separan “la fealdad del achoramiento y el giro lingüístico”.

Anfibio, practica el periodismo narrativo y la poesía mientras toma por la cintura a la cultura popular destos reinos. Acróbata del verbo, escribe en polifonía y con oído afinado a la calle sobre Gamarra y el boom gastronómico; vedetismo y sincretismo; y así en largo etcétera.

Con la reedición, reencaunchada y mejorada de Pa’ bravo yo. Historias de la salsa en el Perú (Lima, Mesa Redonda, 2020), el escriba, que tiene el Récord Guinness de haber paseado su pluma por todos los diarios de la capital, confirma que es la resistencia croniquera del Perú. Y punto.

2.
Como todo limeño clasemediero, Eloy ha mutado de pieles distritales, espacios todos equidistantes del centro de Lima y del bar Queirolo.

En Surquillo tuvo una niñez con “vista al mal”, donde creció creyéndose cubano porque en el barrio escuchaban solo a Machito, la orquesta Riverside, Benny Moré, la Sonora Matancera y celebraban la revolución de Fidel y sus barbudos como propia. En el colegio tuvo que aprender a la mala el Himno Nacional y que la rojiblanca era su bandera. Luego pasó a San Felipe. Y ahora escribe desde un edificio “inteligente”, en Santa Beatriz, histórica urbanización de la limeñidad.

Los médicos le prescribieron una larga estadía en cama, tras el patadón que le propinó hace dos meses y medio el covid-19, que casi se lo lleva. Y él, como Justo Betancourt, encaró al bicho gritándole, “pa’ bravo yo”. Nada de caldos de cuy ni dosis de dióxido de cloro ni ocho cuartos. Afirma que, en su caso, la rehabilitación y la simbiosis de “escribir para vivir y vivir para escribir” lo han devuelto a la vida.


3.
Eloy arropa verbo y soledad entre elepés de jazz y salsa que hace girar en su tocadiscos Chubi Chubi. Como un heredero de Víctor Humareda, él también hermosea sus paredes con fotos de la Monroe y paisajes con los que sus amigos fotorreporteros le recuerdan las coordenadas callejeras del periodismo. Y los chefs lo engríen –por delivery– con pallares de Ica, leches de tigre vírgenes y cebiches de pejerreyes sicalípticos. ¡Tamaña suerte!

Entre las pausas de los talleres virtuales que dicta como acólito de la crónica, se da tiempo para escribir columnas, seguir tendencias del Netflix, navegar en internet y responder a esta entrevista.

A fines de agosto, mientras las fuerzas le volvían, el celebérrimo cronista dio las últimas puntadas a Pa’ bravo yo, conjunto de textos en los que diserta sobre la materia sonora que más excita su pluma: la salsa, música mecanografiada por la creatividad de los músicos bendecidos por el sabor.

Si hurgamos por definiciones, Eloy cuenta que inoculó al Tánatos del covid con el goce de la música “afro-latina-caribeño-americana”, tal como definía a la salsa, digamos, su amigo, el desaparecido Saravá (Luis Delgado Aparicio-Porta) a quien, por cierto, dedica el ramillete de textos.

4.
Jáuregui le sumó a la primera edición de Pa’ bravo yo –que vio la luz el 18 de marzo del 2011, un día antes de que la Fania All Stars (“ese tren del sabor y el ritmo”) desplegara su talento sonoro en el estadio de San Marcos– textos que produjo los últimos años, tras vivir y trabajar en Cuba, donde entrevistó a muchos especialistas. Porque allá, cuenta, no hay racismo y se trata a los géneros musicales con el mismo respeto que merecen ciencia y religión.

Para la portada del libro, el ilustrador alucinado dibujó a Jáuregui con traje de salsero de la Fania Records; de esos que hicieron subir el termostato a las señoritas en el Cheetah de Nueva York, hace 49 años, 6 meses y 8 días. El fondo es rosado, como la celebérrima pared de Atahualpa, el barrio salsero por antonomasia del Callao, ergo, el Perú.

En Pa’ bravo yo, el autor (des)escribe sus vivencias con banda sonora y reflexiona sobre el género. Lanza también algunas hipótesis que levantarán luchas fratricidas.

Por ejemplo, sostiene que los primeros discos de salsa en el Perú no llegaron al Callao sino a Surquillo porque ese sonido bestial arribó a tierras del indómito inca, primero, a través del aeropuerto de Limatambo. Y en ese lugar aterrizaron las primeras estrellas del género sabroso. Coincide con Agustín Pérez Aldave –otro periodista de la primera línea del sabor– que se dio un desarrollo de orquestas de salsa no solo en el Callao, sino también en todos los puertos del país: Ilo, Paita, Chimbote, etcétera abrazaron el género, tomaron timbales, claves, trompetas y lo reinterpretaron con el talento de sus músicos locales.

Niega como Pedro que seamos un país salsero. “Nos gusta este tipo de sello que le han puesto los productores de discos, pero el Perú vivió del cine, la radio y el mundo de los discos, de las industrias culturales”. El país empezó a llenar su imaginario con voces e instrumentos, justamente, con la llegada del cine sonoro, allá en los años treinta. Luego, arribaron rocanrol, jazz, ranchera. Si aprendimos a bailar mambo, sugiere, fue por cintas de Tin Tan, Resortes, Cantinflas.

Y Luis Abanto Morales, me recuerda Eloy, puso la primera piedra de la fusión cuando puso a bailar a medio país, a fines de los cincuenta, con el “Mambo de Machaguay”. Luego, lo tropical andino, la cumbia andina y la chicha son solo consecuencias de esa osadía sonora del cajacho y, claro, la improvisación de las orquestas folclóricas que llegaban de los Andes para alegrar las penas en el desaparecido Coliseo Nacional de La Victoria.

Pide tomar notar de 1957, año en que Lima se destapó cuando llegaron una constelación de artistas con glóbulos negros: Dámaso Pérez Prado, Benny Moré, la Sonora Matancera. Lima había descubierto para qué servía la pelvis.

Luego, en los sesenta y setenta, entre Lima y el Callao se procrearon más de 70 centros nocturnos. A esos night clubs se iba a mover las caderas y honrar la música “afro-latina-caribeño-americana”. Cada uno tenía orquestas y Jáuregui calcula que dieron trabajo a casi 2,000 personas. No solo ello, la calidad y versatilidad de nuestros artistas hace que figuras como el guitarrista Rufino Ortiz y, más recientemente, los timbales de Tony Succar o el piano de Yeissonn Villamar fulguren en la Gran Manzana. Más cátedra de sabor en Pa’ bravo yo.

El dato

Escuche aquí la entrevista a Eloy Jáuregui, en el primer episodio de "¡Magníficamente, Peruanos!", a través de

32 crónicas periodísticas y un dossier fotográfico incluye el libro.

Publicado: 4/10/2020
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