Cuando cumplió 16 años, Carlos Pérez Lozano viajó de Ucayali a Lima con la ilusión de encontrar un empleo que lo motive a levantarse con los primeros rayos del sol y se convierta en el principal ingreso para sacar adelante a su familia.
Se instaló en la ciudad y probó suerte como carpintero y mecánico, pero en el proceso se sintió extraño, vacío, sin ese impulso que soñó tener en su vida para continuar hasta que la piel se le arrugara.

Preocupado por su futuro y la presión de su familia para que sea parte del taller mecánico que tenía uno de sus hermanos, comenzó a caminar por las calles del centro de Lima, en una época donde la mayoría de peruanos vestía de saco y corbata.
“Fue en ese momento que me sentí atraído por la elegancia de aquellos años, era la década de 1960. Llegué a mi casa y para mi sorpresa, una de mis cuñadas había comprado una máquina recta, con pedal, esas que pesaban más de 10 kilos y los niños luego lo usaban para hacer casitas”, contó sumergido en la nostalgia. En ese instante, habló con su cuñada para que le enseñe y pueda aportar en sus jornadas.

Al principio, todos lo apoyaron, aunque hubo cierta resistencia porque insistían que sea parte del taller. “Contra viento y marea”, Carlos decidió seguir y, a sus 17 años, comenzó a ir a los mercados de diferentes distritos limeños para buscar los stands de sastrería o confección, con la finalidad de aprender todo lo que podía de los confeccionistas más experimentados.
Después de un par de años, con un objetivo más claro, se llenó de valentía para hablar con su familia. “Necesito conocer otros lugares, viajar, para aprender a hacer camisas, vestidos, sacos, y luego, confeccionar trajes elegantes en mi país”, enfatizó en aquel momento, lleno de entusiasmo, como si por sus venas corrieran llamas además de sangre.

“Es probable que no creyeran en mi porque era muy joven, pero solo seguí lo que tenía en mente, convertirme en el mejor sastre”, agregó.
Llegó el amor a su vida
Luego de recorrer diferentes departamentos del país, regresó a su natural Manantay, uno de los siete distritos que conforman la provincia de Coronel Portillo (Ucayali), para iniciar su taller de sastrería y confección.

Un día, cuando estaba por cerrar su negocio y empezar con algunas labores pendientes, una señorita llegó para hacerle un pedido y su hermosura llamó su atención. Carlos solo escuchó sus palabras y se perdió en su mirada. Totalmente inspirado, logró hacer esa prenda en menos de 24 horas. Al día siguiente, fue a la dirección que le había dejado y la sorprendió con su obra de arte. Desde ese momento, ambos iniciaron una hermosa relación, unidos por el amor y la elegancia al vestir.
“Hay que ver los detalles”
Carlos Pérez Lozano, quien está cerca de cumplir 78 años, continúa con el trabajo que le permitió conocer diferentes partes del Perú y deslumbrar a sus clientes con sus prendas de vestir. “Me gusta hacer camisas y sacos, siempre con calma y viendo que cada detalle esté bonito”, comentó. Aunque por la edad, su vista ya no lo ayuda como antes, sigue refaccionando pantalones, vestidos y otros pedidos, con apoyo de su amada esposa.
(FIN) NDP/LZD